Domingo VII del tiempo ordinario: ¿Solo amas a quienes son como tú?

«El evangelio nos advierte que llevarse bien solamente con los amigos carece de mérito, que lo que tenemos que conseguir es llevarnos bien, aceptar y amar a aquellos con quienes chocamos, los que sacan nuestra peor cara; aquellos en quienes proyectamos todas las cosas que no nos gustan de nosotros; a quienes tenemos envidia, y no muy santa; quienes nos queman la sangre y nos consumen la paciencia a cucharadas… Esa es la verdadera prueba de fuego que mide la profundidad de nuestra fe, el grado de dureza de nuestro corazón y la maleabilidad de nuestra aceptación de los demás».

Por fray Roberto Sayalero, OAR. Zaragoza, España.

No me resulta fácil hoy formular una pregunta que resuma en pocas palabras la densidad para la vida cristiana del mensaje de este domingo. ¿Solo amas a quienes son como tú? Como nos pasaba el domingo pasado, lo más probable es que en primer lugar lo neguemos y creamos convencidos que eso no va con nosotros, pero al pensarlo más lentamente, pues… amar, sin condiciones, a quien no nos cae muy bien es bastante complicado. Sería estupendo poder borrar de un plumazo unas cuantas cosas de esas que estorban: las comeduras de coco, los chismorreos, los rencores, el miedo a los juicios de los presuntuosos o de los que se creen perfectos… Puestos a soltar lastre, fuera el orgullo, la soberbia, la desconfianza y el asqueroso egocentrismo que nos hace creernos la última Coca Cola de la fiesta incapaces de agradecer que otros nos sostengan.

El evangelio nos advierte que llevarse bien solamente con los amigos carece de mérito, que lo que tenemos que conseguir es llevarnos bien, aceptar y amar a aquellos con quienes chocamos, los que sacan nuestra peor cara; aquellos en quienes proyectamos todas las cosas que no nos gustan de nosotros; a quienes tenemos envidia, y no muy santa; quienes nos queman la sangre y nos consumen la paciencia a cucharadas… Esa es la verdadera prueba de fuego que mide la profundidad de nuestra fe, el grado de dureza de nuestro corazón y la maleabilidad de nuestra aceptación de los demás. Saber perdonar, saber entender, comprender, aceptar, amar, en una palabra. Quizá lo principal es que nos atrevamos a pedir perdón. Jamás debemos ahorrarnos ese paso si estamos convencidos de que este mundo, desde nuestra parcelita, puede ser más justo y habitable. Sin soberbia ni dramas. Sin grandes propósitos, pero construyéndolo en los pequeños detalles del día a día.

A la vez, tenemos que tener en cuenta que tampoco nosotros le caemos bien a todo el mundo. También otros nos aceptan, muchas veces con bastante más educación que nosotros. Por tanto, tenemos que crecer en humildad y sencillez para saber reconciliarnos, de verdad, sin condiciones y, sobre todo, sin rencores.. Lo mismo sucede cuando las cosas no salen bien y hay que esforzarse por salir adelante sin buscar el atajo o la excusa para pagarlo con quien menos culpa tiene.

Quizá la siguiente pregunta que podía plantearse es: ¿Te crees perfecto? ¿Aceptas tus limitaciones, tus defectos? ¿Y los de los demás? La aceptación que tenemos hacia los demás está relacionada con la que tenemos a nosotros mismos. Como decía antes, a veces proyectamos sobre los demás nuestras propias insatisfacciones. Si despreciamos lo que somos o cómo somos, poco podemos ofrecer a los demás.

Queremos seguir a Jesús. No nos queda más remedio que aceptarnos y aceptar, comprendernos y comprender, perdonarnos y perdonar, amarnos y amar. Esa mirada limpia, exenta de rencores y cuentas pendientes con los demás o con nosotros mismos, es la única que nos muestra la verdad de nuestra vida. Solo desde esta perspectiva, pondremos nuestro granito de arena para que este mundo cuente con algo más de ternura, de cariño, de comprensión. El verdadero mérito es amar a todos, sean quienes sean sin límites ni condiciones. Casi nada.

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