Domingo VII del Tiempo ordinario: La cumbre del monte.

Lv 19,1-2.17-18: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. Sal 102,1-2.3-4.8.10.12-13: El Señor es compasivo y misericordioso. 1Co 3,16-23: Todo es vuestro, vosotros de Cristo, y Cristo de Dios. Aleluya 1Jn 2,5: Aleluya, aleluya, aleluya. Mt 5,38-48: Amad a vuestros enemigos.

Por Rafael Mediavilla, agustino recoleto. Valladolid, España.

«Si quieres ver los valles, escala a lo alto de la montaña» (Khalil Gibran).

– «Anciana señora -dijo el posadero a la peregrina que se alojaba por una noche mientras se dirigía hacia el santuario-o Usted no será́ capaz de subir aquella montaña con estos monzones».

– «Oh, Señor -respondió́ la anciana-, no tendré ningún problema. Mire, mi corazón ha estado allí́ toda mi vida. Ahora solo es cuestión de llevar allá́ también mi cuerpo».

Las bienaventuranzas proclamadas por Jesús en el sermón del monte son un desafío para el pensar habitual de sus oyentes, de sus discípulos y también para el pensar del hombre de hoy y de todos los tiempos. Lo son también las antítesis que se concluyen con la lectura del evangelio de este domingo: “se dijo… pero yo os digo”. Una clave más para acercarse al verdadero sentido de esas propuestas de Jesús está en la conclusión de esa segunda parte del sermón: “sed perfectos como vuestro padre celestial es perfecto” (Mt 5, 48).

Podemos comentar o intentar una interpretación inteligible de cada una de las radicales propuestas de Jesús, hasta la última que establece para los discípulos un mandato de rezar y amar al enemigo. Pero no llegaremos a su hondo sentido si antes no hemos entendido la frase conclusiva de “sed perfectos”.

Quizás entendemos mejor la invitación de Jesús si traducimos por “sed plenos” o “alcanzad la plenitud”. El término griego tiene en su raíz el significado de alcanzar el fin. Además de ese matiz lingüístico el hecho de que se trata de una imitación de Dios. Dicho de otro modo: el Padre celestial ha llegado a la cumbre de su ser haciendo que su bondad llegue a todos: buenos y malos, justos e injustos.

La propuesta de Jesús no es sin más contrastar su doctrina con la anterior en el pueblo de Israel, recogida en algunos textos del Antiguo Testamento. La invitación de Jesús es a llegar a la plenitud del propio ser: “si quieres serlo todo, si quieres llegar a la plenitud de tu propio ser…”

Muchos judíos vivían su religión y su vida cotidiana exigiéndose cada día fidelidad en el cumplimiento de la ley. Uno de ellos quería más y se acercó Jesús, que le propuso, según el mismo evangelio de Mateo: “«Si quieres ser perfecto, ve, vende cuanto tienes, dalo a los pobres, y tendrás un tesoro en el cielo; y ven y sígueme» (Mt. 19:21). En línea con nuestra interpretación: “si quieres llegar a la plenitud, a la cumbre de tu ser…”

Lo sorprendente es que Jesús les dice a sus discípulos que pueden llegar a ser plenos en su ser como lo es Dios. Esto se convertirá en el quicio, en lo sustancial del mensaje de Jesús y de lo vivido por los cristianos, que escuchando a los apóstoles se convierten, se hacen discípulos. El mismo término será usado por Pablo al dirigirse a las comunidades: “transformaos mediante la renovación de vuestra mente, de forma que podáis distinguir cuál es la voluntad de Dios: lo bueno, lo agradable, lo perfecto” (Rm.12, 2). Una aspiración y un logro que produce bienestar, satisfacción, alegría: “hermanos, alegraos; sed perfectos; animaos” (2 Co 13, 11). Es el camino que estimula la vida de fe del discípulo de Jesús: “hasta que lleguemos todos a la unidad de la fe y del conocimiento pleno del Hijo de Dios, al estado de hombre perfecto, a la madurez de la plenitud de Cristo” (Ef 4,13). Este vínculo de la plenitud a la que estamos llamados y la plenitud del mismo Jesús aún ayuda más a comprender los textos del Sermón de la montaña. El fin de Jesús, la cumbre de su ser también se realiza en la montaña, cuando Él muere elevado en el monte pidiendo al Padre el perdón para aquellos que le matan y que no saben lo que hacen. Es la plenitud del amor al enemigo propia también de los mártires cristianos, desde Esteban, que repite la frase de Jesús, hasta los más recientes que siguen pidiendo a Dios el perdón para quienes les aniquilan.

Es el objetivo de toda la labor realizada por el apóstol: “a fin de presentarlos a todos perfectos en Cristo” (Col 1,28). “así el hombre de Dios se encuentra perfecto y preparado para toda obra buena” (2 Tm 3,17).

El nuevo nacimiento por el Espíritu, hace posible la exigencia de la perfección en Cristo. Es un proceso de maduración, entrega y obediencia. El Espíritu Santo que ha sido dado a los creyentes (Ro. 5:5), dinamiza ese proceso con su presencia en los corazones, produciendo dones y frutos que reflejan el carácter de Cristo (cf. Gal. 5:16–17).

El nuevo hombre creado en Cristo Jesús para buenas obras (Ef. 2:10) también está sometido a las leyes naturales de crecimiento y desarrollo. En este contexto, la perfección cristiana conlleva un proceso de madurez por el que se va dejando atrás lo que pertenece a la infancia y llegando a la edad adulta en Cristo (cf. 1 Cor. 3:1–2; 13:11; Gal. 4:1–4; Heb. 5:11–14).

Jesús fue «perfeccionado» como «autor de la salvación» (Heb. 2:10). Aunque era Hijo, con todo aprendió obediencia por lo que padeció; y habiendo sido «perfeccionado» después de haber llevado a cabo la obra de la redención, vino a ser autor de salvación eterna para todos los que le obedecen (Heb. 5:9); este puede ser el significado de las palabras «y al tercer día soy perfeccionado» (Lc. 13:32), siendo su muerte la culminación de sucesivas etapas de perfección. En él, los espíritus de los justos son hechos perfectos (Heb. 12:23).

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