Domingo VI del Tiempo ordinario: Obrar desde el interior.

Si 15,16-21: A nadie obligó a ser impío Sal 118,1-2.4-5.17-18.33-34: Dichoso el que camina en la ley del Señor. 1Co 2,6-10: Dios predestinó la sabiduría antes de los siglos para nuestra gloria. Aleluya Cf. Mt 11,25: Aleluya, aleluya, aleluya. Mt 5,17-37: Así se dijo a los antiguos; pero yo os digo.

Por Rafael Mediavilla, agustino recoleto. Valladolid, España.

“Dios y el hombre están unidos en un diálogo compuesto por palabras y obras, enseñanza y escucha, verdad y vida” (Juan Pablo II, Audiencia General, 14 de noviembre de 2001).

 

“La misericordia que brota del corazón de la Trinidad puede llegar a mover nuestras vidas y generar compasión y obras de misericordia en favor de nuestros hermanos y hermanas que se encuentran necesitados” (Francisco, I Jornada mundial de los pobres, 19 de noviembre de 2017).

Leer y meditar el evangelio, compartir la reflexión, animarse para vivir la Palabra escuchada es experiencia común de los discípulos de Jesús a lo largo de la historia. Lo hicieron las primeras comunidades que recordaban las obras y palabras de Jesús y lo siguen haciendo hoy grupos y comunidades esparcidas por todo el mundo.

Mateo, evangelista, recogió las historias relatadas en las reuniones de aquellas primeras comunidades en las que él vivía su fe, las narradas por los que vivieron con Jesús, como el apóstol Pedro, las que él mismo recordaba. Con todo ello elaboró su evangelio. Así hicieron también los otros evangelistas y cada uno imprimió su sello y su pedagogía.

Nosotros comprenderemos mejor el escrito de Mateo a partir de detalles y claves que él tuvo en cuenta, que consideró importantes para descubrir lo auténtico de Jesús.

Para entender mejor el Sermón del monte, del que forma parte el texto del evangelio de este sexto domingo del tiempo ordinario, Mateo nos da una clave.

“Hacer”: una clave de lectura del evangelio de Mateo

Lugares privilegiados para encontrar claves de lectura de los evangelios son el comienzo y el final. El evangelio de Mateose concluye con el envío de Jesús a los “once” para hacer discípulos a todos “enseñándoles a observar todo lo que yo os he mandado» (Mt 28,20). El verbo en griego empleado por el evangelista tenía relación, en el mundo judío, con la ley: observar la ley, cumplir los preceptos, poner en práctica lo que manda Dios, etc. Forma parte de un lenguaje que entendían muy bien los lectores del evangelista o los oyentes de las comunidades en las que se formó su evangelio: muchos eran de procedencia judía o convertidos previamente al judaísmo.

Lo dicho para el conjunto del evangelio se cumple también frecuentemente en sus partes o capítulos. En el caso de Mateo en los discursos. El discurso del monte, que es el primero, concluye con varias frases, entre otras, que refuerzan la misma clave: «Todo cuanto queráis que os hagan los hombres, hacédselo también vosotros a ellos; porque ésta es la ley y los profetas» (7,12), “No todo el que diga… el que cumpla la voluntad” (7,21), «Todo el que oiga estas palabras mías y las ponga en práctica» (Mt 7,24).

Observar, guardar, hacer, cumplir, poner en práctica. Son términos emparentados que subrayan el interés del evangelista en el obrar, en el hacer. Aparecerá también cuando quiera expresar la opción fundamental del que quiera formar parte de los discípulos o de las comunidades cristianas: es la pregunta del convertido: «Maestro, ¿qué he de hacer de bueno para conseguir vida eterna?» (Mt 19,16), es lo que define su vida y decide su destino: «Cuanto hicisteis a unos de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis» (Mt 25,40).

El «hacer» del corazón

En el discurso o sermón de la montaña Mateo presenta a Jesús definiendo la peculiaridad, lo que define el “hacer” cristiano, que inevitablemente se distingue y contrapone con el “hacer” en el judaísmo. Van a describir una forma de vivir, de “hacer” en línea con las bienaventuranzas, con las que comenzó el discurso.

En el texto que leeremos en este domingo se presentan cuatro antítesis entre lo propuesto por la ley antigua y lo que Jesús propone. No es lo fundamental el hecho de que lo propuesto por Jesús sea radicalmente más exigente. En todo obrar humano hay una acción externa y una actitud, disposición, obrar interno. Jesús, según el evangelista, atiende a ambas y destaca el “hacer” interno: lo que sucede en el interior del hombre cuando es arrastrado por agresividad, como el sentimiento de cólera, cuando es atraído por el deseo de la otra persona, cuando anida en su corazón el sentimiento de rechazo, cuando el pensamiento interior es incoherente con lo que se dice.

El «hacer» por el que se juzga al cristiano es, ante todo, un hacer del corazón, una actitud profundamente nueva, signo y fruto del reino de Dios, de la proclamación del reino, de la filiación del Padre revelada en Jesús. Este «hacer» es ya el reino.

En esa misma orientación seguirá después el discurso de Jesús:

Los tres ejemplos de la limosna en secreto, de la oración en secreto y del ayuno en secreto. Se realizan en el interior, donde Dios ve. Dar limosna, rezar y ayunar ante el Padre (Mt 6,1-18).

El «hacer» del que busca el reino como valor supremo, como único criterio de la elección. Este «hacer» del que busca el reino es todo lo opuesto al activismo exasperado, afanoso y preocupado: es un «hacer» que se sostiene en la confianza en Dios, porque no se devora a sí mismo, no se corroe, en la certeza de que si se busca el reino todo lo demás será dado por añadidura (Mt. 6,19-34).