Domingo V del tiempo ordinario: ¿Para qué sirve mi fe?

«El evangelio contiene una doble definición para los seguidores de Jesús: «sois la sal de la tierra y la luz del mundo». No se admiten medias tintas, la definición es directa: ser la sal y ser la luz. El artículo no deja lugar a dudas que permita mirar para otro lado. No existe otra sal y otra luz».

Por Roberto Sayalero, agustino recoleto. Zaragoza, España.

¿Para que sirve mi fe? ¿Soy un seguidor útil o un piadosillo un poco comodón? Con estas dos preguntas, quizá demasiado directas, me gustaría orientar la reflexión a la luz de las lecturas de este domingo. Como tantas veces ocurre, antes de que nos decidamos por una posible respuesta, aparece la tentación de zambullirnos en el estanque donde flotan las excusas para que no abandonemos el mullido día a día que ellas nos garantizan. Pero no es el momento de medias tintas. Pensemos, honestamente, qué hacemos por los demás.

Las lecturas de este domingo pueden ayudarnos siempre y cuando nos tomemos en serio su enseñanza y estemos dispuestos a ponernos manos a la obra, como nos advierte Isaías en la primera lectura: «Parte tu pan con el hambriento, hospeda a los pobres sin techo, viste al que ves desnudo, y no te cierres a tu propia carne». Es decir que si quieres que tu situación mejore, que brille tu luz en las tinieblas, que rompa tu luz como la aurora, comprométete con el que pasa hambre, tiene sed, está desnudo y sin techo.

El evangelio contiene una doble definición para los seguidores de Jesús: «sois la sal de la tierra y la luz del mundo». No se admiten medias tintas, la definición es directa: ser la sal y ser la luz. El artículo no deja lugar a dudas que permita mirar para otro lado. No existe otra sal y otra luz. Si pensamos en estos dos elementos, sal y luz, ambos tienen formas diferentes de actuar. La sal actúa de forma invisible. Su tarea de resaltar el sabor o de conservar los alimentos es inapreciable a simple vista. En cambio la luz es por naturaleza visible. Jesús les advierte seriamente sobre la fidelidad a su misión o el fracaso: volverse sosos y esconderse.

¿Soy sal en medio de las vidas monótonas, o aplanadas por culpa del sufrimiento en cualquiera de sus múltiples formas? ¿Soy luz que bañe con una gota de esperanza el oscuro día a día de quien se cansa de caminar a tientas? Es importante que pensemos en lo que se nos está encomendando. La misión no es algo externo como salar e iluminar, sino ser sal y luz. El matiz tiene su importancia. La tarea fundamental está en el interior, no fuera. Si somos la sal, todo lo que toquemos quedará sazonado. Si somos la luz, todo quedará bañado de claridad a nuestro alrededor. La única manera eficaz para trasmitir el mensaje, para que nuestro seguimiento sea útil, y no una figurita de escayola, son las obras. Evangelizar no es proponer, como papagayos, una doctrina muy elaborada y convincente, abarrotada de sesudos razonamientos y verdades incuestionables, sino mostrar con nuestra vida que se puede ser feliz luchando porque los demás también lo sean.

Escribía Gloria Fuertes, «Resulta que la angustia, el aburrimiento, la mala leche y la tristeza, se contagian tanto como la lepra. Y en vista de que llevo más de medio siglo, destristeando a este hospital de locos que andan sueltos, con fecha de hoy he solicitado el cese, -por prescripción facultativa-, al aparecer en mí ciertos síntomas de contagio». No deja de ser una buena reflexión no muy alejada de los tiempos en que vivimos donde no es una tarea fácil evitar el contagio y mucho más difícil aún resulta encontrar el tratamiento adecuado para “destristearnos”, que diría Gloria Fuertes.

Para ser un seguidor útil siendo sal y luz, toca ponerse manos a la obra, con ahínco, en la tarea de sembrar esperanza haciendo que para todos los que viven con nosotros la vida tenga sabor, no sea algo insípido y monótono; y brille con todo su colorido, dejando encadenado para siempre el frío y acartonado blanco y negro.

Hacer a todo el mundo feliz no puede confundirse con la risa insensata de los necios. Tampoco con la risa frívola del que pasa por la vida sin jamás hacerse una pregunta; ni es la risa fracasada de quien transita por la calle de la amargura, ni tampoco la risa cruel del que solamente es feliz con el mal ajeno. La nuestra, la que pretendemos conseguir, puede ser la risa alegre de quien ama y es amado; la risa sincera de quien es capaz de reírse se sus limitaciones y lucha por vencerlas; la risa honesta de quien va con la verdad por delante, sin atropellar a los que no han llegado a ella; la risa divertida de quien sabe soñar con los pies en el suelo; la risa ligera de quien sabe conformarse y no hace dramas ni teatros; la risa agradecida de quien sabe reconocer que no todo se consigue por las propias fuerzas, que gracias a los otros y a Dios uno es lo que es; la risa inteligente que sabe marcharse para volver en otro momento.

Ardua tarea la que tenemos por delante en nuestro ser sal y luz que dé verdadero contenido y sentido a nuestra fe, y “destristee” nuestro entorno evitando el fácil contagio.

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