Domingo V del tiempo ordinario: ¿Cuánto de cristiano tiene tu día a día?

«Jesús no se refiere a lo que no hacemos sino a lo que tenemos que hacer para que de verdad todo lo que hagamos salga de nuestro corazón y no solamente con el fin de cumplir lo que está mandado. Llegaremos a tirar por la borda las normas cuando lleguemos a conocernos de verdad y nos convenzamos de que no nos piden nada más allá de lo que verdaderamente nos hace felices a nosotros y a los demás».

Por Roberto Sayalero, agustino recoleto. Zaragoza, España.

La pregunta que planteo este domingo es: ¿Cuánto de cristiano tiene tu día a día? Los dos domingos anteriores hemos reflexionado sobre nuestra confianza en Dios y la utilidad de nuestra fe. Hoy, aterrizamos, por decirlo así, en la vida del día a día; en el sucesivo lunes a domingo que para unos será una vorágine impredecible y para otros, una lenta y monótona sucesión en la que apenas hay variaciones o sorpresas. Sean como sean nuestras circunstancias, los seguidores de Jesús tenemos que intentar que nuestro estilo de vida se parezca lo más posible al suyo.

En el evangelio continuamos en el sermón del monte. Hoy una palabra centra nuestra atención: plenitud. Quizá la propuesta de Jesús pueda parecer petulante. ¿Acaso la ley no tenía ya un sentido? ¿Era imperfecta? ¿No conducía a la felicidad? Estas y otras preguntas pueden surgir, pero aquí no se trata de ser mejor o peor sino de marcar muy bien el objetivo. Jesús dijo que no venía a abolir la ley, sino a darle plenitud. No fueron pocos los que le acusaron de tomarse la ley a la ligera. Él no fue en contra de la ley sino que dio un paso más con el fin de que el acento se pusiese en lo fundamental y no en lo accesorio. Descubrir su verdadero sentido está a años luz del cumplimiento al pie de la letra. Jesús intenta hacernos ver que la ley no es más que un medio, un camino para llegar a la meta que no es otra que el encuentro con Dios. La clave del seguimiento de Jesús no está en las normas sino en las metas que poco a poco nos vamos poniendo. Tampoco lo es que nuestro existir esté jalonado por un puñado de normas sino que esté orientada con absoluta precisión hacia la meta.

Volviendo a la pregunta inicial, hacer cristiano el día a día, cierto es que podemos pensar que la mayoría de nosotros, como se suele decir, somos buenos, es decir, “no matamos, ni robamos”, con lo cual esto no va con nosotros, pero precisamente somos los destinatarios directos del mensaje. Jesús no se refiere a lo que no hacemos sino a lo que tenemos que hacer para que de verdad todo lo que hagamos salga de nuestro corazón y no solamente con el fin de cumplir lo que está mandado. Llegaremos a tirar por la borda las normas cuando lleguemos a conocernos de verdad y nos convenzamos de que no nos piden nada más allá de lo que verdaderamente nos hace felices a nosotros y a los demás. Si se me permite el ejemplo, no haría falta que existiesen los radares o los alcoholímetros si todos los conductores tuviesen presente, más aún, hubiesen interiorizado que el exceso de velocidad o la elevada ingesta de alcohol son antagónicas con la buena circulación en la que se ha de velar no solo por la seguridad propia sino por la ajena. Con lo cual el acento en la norma es proporcional al grado de convencimiento.

Entonces, ¿Qué es más fácil cumplir o vivir descubriendo? ¿Qué es más fácil pensar u obedecer? ¿Qué es más fácil seguir al “rebaño” o tener iniciativa? ¿Qué es más fácil no opinar o tener criterio propio? ¿Qué es más fácil disolverse o destacar? ¿Qué es más fácil la indiferencia o la responsabilidad? ¿Qué es más fácil instalarse en la mediocridad o tener ganas de mejorar y crecer? ¿Qué es más fácil mirar las respuestas o arriesgarse a equivocarse? ¿Qué es más fácil…? No es algo externo sino interno, no es algo que se nos imponga sino que nos convenza totalmente. Vivir de cumplir carece de cualquier riesgo, pero es algo hueco y con poco sentido.

Nuestro día a día será más cristiano si nos planteamos una meta, la nuestra, y hacemos todo lo posible para llegar a ella sorteando los mil y un obstáculos que la vida nos presenta. Esto es avanzar en nuestro conocimiento y hacer, convencidos, la voluntad de Dios. Como siempre hay que elegir: o cumplir o vivir convencidos, es decir, o la vía fácil o la vía lenta y arriesgada.

.