Domingo I de Cuaresma: ¿Y si no encuentras el atajo?

«Somos maduros en la fe cuando nos damos cuenta de que somos nosotros los que caminamos, confiados en que Dios va a nuestro lado. Miramos al cielo como quien sabe que alguien lo ve y vela por él. Confiar quiere decir creer que alguien no va a defraudar mis expectativas».

Por Roberto Sayalero, OAR

¿Y si no encuentro el atajo? Esta es la pregunta que planteo para este primer domingo de Cuaresma. ¿A quién no se le ocurre la posibilidad de ahorrar esfuerzo o energía? Cuando se es más joven cuesta entender el valor de la constancia o el esfuerzo. Lo normal es intentar hacerlo todo invirtiendo el menor tiempo posible. Y no está mal, pero luego hay que crecer y, al crecer, empezar a dar tiempo sin medida, a comprometerse, a implicarse y complicarse la vida porque todo lo que es importante te marca un poco y a veces, incluso, te hiere. Hay quien tiene tanto miedo que se pone la venda bastante antes de tener la herida, y no llega a vivir de verdad, apostando al cien por cien por aquello que cree y que llena de sentido la existencia. Tenemos que apostar por vivir con todas las consecuencias, es decir, arriesgar y tropezar. La vida de color de rosa sabemos por experiencia que se quedó encerrada en el necesario preámbulo de nuestra madurez.

En el seguimiento de Jesús sucede algo semejante, hay que afrontar con decisión un camino complicado en el que vivir con coherencia no es precisamente fácil. No faltan quienes quieren seguir soñando con el mundo de Alicia en el País de las Maravillas en el que todas las personas son muy creyentes siempre y cuando a nadie se le ocurra perturbar su estado de ilusión con una pregunta que cuestione los fundamentos de su fe. Los problemas aparecen cuando algo no cuadra con la imagen de este mundo ideal gobernado, eso sí, por un Dios tan omnipotente como lejano, pero con soluciones para todo. Entonces, nos tiramos por el alero del templo y nos damos un buen coscorrón. El evangelio de hoy nos muestra el mejor camino para evitar semejantes golpes para los que ni  siquiera la oración sirve de antinflamatorio.

El relato de las tentaciones nos presenta cómo la relación con Dios se basa en la confianza, no en la autoridad, ni en el reto, ni en el chantaje de quien solo es capaz de creer si Dios se somete a sus deseos, aunque sean muy santos. La primera de las tentaciones es la de quedarnos con lo que vemos, en llenar el estómago creyente a fuerza de tener, sin pensar en que la felicidad no está exclusivamente en lo material. La segunda tentación consiste en pretender hacernos un Dios de bolsillo, una especie de Genio de la lámpara que tiene que someterse a nuestros antojos si quiere que sigamos creyendo en Él. La tercera es la tentación del poder.

A la luz de este evangelio, y con nuestra Cuaresma recién comenzada, podemos sacar como conclusión que la fe tenemos que basarla en la confianza, en que no estamos solos. Nuestra vida está sostenida por este Dios que nos alienta, pero al que no podemos confundir con un instrumento más. En los momentos de dificultad exigimos pruebas, buscamos atajos que nos ahorren el darle vueltas; queremos llegar a convencernos intelectualmente de que Dios existe; poder llegar a desterrar de nuestro horizonte toda sospecha. De la misma forma, cuando cuestionan nuestra fe o nuestros planteamientos, queremos pruebas para refutar a los que niegan a Dios o, al menos, para que sus razones no nos hagan tambalear y podamos dialogar con ellos con seguridad.

Somos maduros en la fe cuando nos damos cuenta de que somos nosotros los que caminamos, confiados en que Dios va a nuestro lado. Miramos al cielo como quien sabe que alguien lo ve y vela por él. Confiar quiere decir creer que alguien no va a defraudar mis expectativas. Lo más opuesto a la confianza es el temor, el agobio, la intranquilidad o los dibujos animados de quien nos da palmadas en la espalda diciendo que no tenemos por qué preocuparnos y sobre todo que no se nos ocurra preguntarnos nada. Los mares de conceptos anti-duda, rizar el rizo en la moral y crear un clima de miedo a Dios no es ayudar a creer sino a dejar de creer. Hay tentaciones, dudas, atajos, enfados, preguntas… Pero, sepamos ver a Dios en lo cotidiano, fuera de la fábula y el cuento para no dormir. A veces es más interesante y hasta edificante un episodio de Doraemon o Bugs Bunny que un oscuro sermón cuaresmal, más propio de una terapia anticreyente que de una presentación honesta, real, creyente y confiada de la figura de Jesús.

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