IV Domingo del Tiempo Ordinario: el Dios de Jesús y Jesús mismo, han elegido a los suyos

So 2,3;3,12-13: Dejaré en medio de ti un pueblo pobre y humilde. Sal 145,7.8-9a.9be-10: Dichosos los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos. 1Co 1,26-31: Dios ha escogido lo débil del mundo. Mt 5,1-12a: Dichosos los pobres en el espíritu.

Nos adentramos en este domingo en la lectura del evangelio de san Mateo. Esa lectura se inició con el relato del Bautismo de Jesús. En el segundo domingo la declaración de Juan el Bautista es la de un discípulo que ha recibido la energía al encontrase con el Señor y quiere ser testigo de ese encuentro.

Al acudir todos los años al evangelio de Juan como lectura del tercer domingo, la liturgia confirma el itinerario que se ofrece al creyente. Los textos subrayan el encuentro personal y sucesivo de aquellos a quienes Jesús hace discípulos suyos. La coherencia de seguir esa historia es importante precisamente en este cuarto domingo. Ayuda a clarificar el inicio del relato: “se sentó y se acercaron sus discípulos”; son los mismos a quienes había interpelado “paseando junto al mar de Galilea” (Mt 4,18).

Escuchemos ahora el texto del evangelio de este domingo cuarto del tiempo ordinario. Pero antes, para poder entenderlo mejor, con mayor riqueza, intentemos pintar como fondo el conjunto del evangelio de Mateo.

La mayor parte de los estudios del Nuevo Testamento ha encontrado indicios que indican que Mateo se dirige a las comunidades judeocristianas o, quizás, lo hacían ya esas mismas comunidades al escuchar el relato de los evangelios. Es como si el relato pretendiese transportar a los creyentes cristianos al momento de la historia en que se fragua el nacimiento del pueblo de Israel.

Ese origen está definido por los hechos más decisivos de esa historia: la liberación de Egipto y el encuentro del pueblo con Dios en el Sinaí. A esos tiempos primigenios, además, se referirán los escritos fundamentales del pueblo de Israel. Son los cinco primeros libros de la Biblia, la Ley por excelencia. Mateo los evoca dividiendo su libro en cinco partes. En cada una de ellas se encuentra un discurso de Jesús.

En el cuarto domingo del tiempo ordinario se lee precisamente el comienzo del primero de esos discursos. Es el llamado “Sermón de la montaña”. Varios indicios ponen ese sermón en relación directa con la experiencia del pueblo de Israel, cuando recibió, a través de Moisés, el núcleo fundamental de la Ley: las diez palabras.

En ambos casos las escenas se realizan en un monte, en ambos también hay una enumeración de dichos fundamentales de Dios (10 en el relato del Éxodo) y de Jesús (8 en el relato de Mateo). Diez mandamientos, ocho bienaventuranzas.

El evangelista logra que los israelitas, creyentes cristianos, se trasladen al momento originario de su historia, ahora con una lectura nueva. Quien entonces fue Moisés ahora es Jesús. Es más, quien entonces fue Dios mismo, que dictaba a Moisés lo que debía decir al pueblo, ahora es Jesús, que habla por sí mismo a sus discípulos.

Cuando nosotros leemos hoy el evangelio de Mateo se nos invita también a releer el momento original de nuestra fe, el momento en el que nos configuramos como creyentes. Ese momento estará lleno de la presencia de Jesús, que después de subir al monte y sentarse nos enseña diciendo: “Bienaventurados…”

¿Qué nos enseña? ¿Serán las normas de comportamiento que en Israel eran: No tendrás otros dioses, recuerda el sábado, honra a tu padre, no matarás… y que ahora, en el evangelio de Mateo, son: ser pobre, ser manso, ser misericordioso, trabajar por la paz…?

Volvamos nuestros ojos al libro del Éxodo, donde se nos narra aquella teofanía en el monte. Antes de la proclamación del “decálogo” o, mejor, de las 10 palabras, hay un capítulo entero (Ex 9) y en él es fundamental la obra realizada por Dios —“os he llevado sobre alas de águila y os he traído a mi”— y lo que vosotros seréis para mí —“un reino de sacerdotes y una nación santa”—.

Esa es la clave para leer el texto del evangelio de Mateo. Antes de las palabras que expresan el mandato, las exigencias nuevas de Jesús, tales como no dejarse llevar de la cólera, no llamar imbécil, no cometer adulterio en el corazón…(Mt 5, 21 y siguientes), está la elección de Dios, y de Jesús, de los pobres, de los que lloran, de los limpios de corazón, de los perseguidos, de los llamados a ser sal y luz para hacerles poseedores del reino de los cielos.

Antes que descubrir lo que pide Dios a los creyentes que han de hacer, es descubrir cómo es el Dios de Jesús y qué quiere hacer con los discípulos. Entonces sí, los discípulos serán llamados a entrar en la dinámica de una nueva ley que supera la antigua.

“Hoy -podrán decir los israelitas convertidos a la fe cristiana, hechos discípulos de Jesús- hemos estado en el nuevo Sinaí, hemos estado en el monte con Jesús”.

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