III Domingo del tiempo ordinario. El domingo de la Palabra de Dios.

Is 8,23b-9,3: En Galilea de los gentiles el pueblo vio una luz grande. Sal 26,1.4.13-14: El Señor es mi luz y mi salvación. 1Co 1,10-13.17: Decid todos lo mismo y que no haya divisiones entre vosotros. Mt 4,12-23: Se estableció en Cafarnaún, para que se cumpliera lo dicho por Isaías.

Por Rafael Mediavilla, OAR. Valladolid, España.

El 30 de septiembre de 2019, al celebrar el 1600 aniversario de la muerte de san Jerónimo, el Papa Francisco enviaba a la Iglesia  la carta apostólica Aperuit illis con la que instituía el Domingo de la Palabra de Dios. Y explica el sentido y la razón de ese día:

Dedicar concretamente un domingo del Año litúrgico a la Palabra de Dios nos permite, sobre todo, hacer que la Iglesia reviva el gesto del Resucitado que abre también para nosotros el tesoro de su Palabra para que podamos anunciar por todo el mundo esta riqueza inagotable.

Las primeras palabras del Papa en esa carta son el comentario de Lucas a la experiencia de los discípulos de Emaús, cuando escucharon a Jesús que se les había unido en su camino: «Les abrió el entendimiento para comprender las Escrituras» (Lc 24,45). De ahí también el sugerente título de la carta: «Les abrió el entiendimiento».

Este es el domingo, el tercero del tiempo ordinario, en el que comenzamos la lectura semicontinua de los evangelios. Este año el evangelio de Mateo. A lo largo de todo el año, domingo tras domingo, escucharemos la lectura del relato escrito por el evangelista sobre Jesús. Esa escucha y esa lectura pueden describirse como encuentros con la palabra, o mejor, con la Palabra. Disponernos a ese encuentro conscientes de que es Jesús mismo quien va abrir nuestro entendimiento para entenderla es  el mejor inicio. No sólo para entenderla sino para emocionarnos con ella, para avivar nuestro ardor y nuestra fe («¿no ardía nuestro corazon?»).

Muchos de los documentos escritos por los últimos Papas o por las distintas congregaciones de la Iglesia suelen concluirse hablando de María. Así lo hace también Francisco en esta carta, y para ello ha elegido un texto de san Agustín:

«Entre la multitud ciertas personas dijeron admiradas: “Feliz el vientre que te llevó”; y Él: “Más bien, felices quienes oyen y custodian la Palabra de Dios”. Esto equivale a decir: también mi madre, a quien habéis calificado de feliz, es feliz precisamente porque custodia la Palabra de Dios; no porque en ella la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros, sino porque custodia la Palabra misma de Dios mediante la que ha sido hecha y que en ella se hizo carne» (Tratados sobre el evangelio de Juan, 10,3).

Especialmente la palabra de Dios en los evangelios es palabra que cuenta historias, palabra que narra la vida, palabra quien da testimonio de quien es Jesús, que expresa cómo lo entendieron los primeros cristianos que habían escuchado, deseosos y asombrados, lo que contaban los que le habíann visto con sus propios ojos y le tocaron con sus manos (1Jn 1,1).

Despues de la publicación de la carta el Papa Francisco predicó por primera vez en el tercer domingo del tiempo ordinario celebrándolo como «Domingo de la Palabra deDios». Al final de esa homilía hace una invitación que ha repetido en diversas ocasiones: invita a tener cerca el Evangelio, a leerlo, a dejar que nos inspire diariamente. Y concluye:

Descubriremos que Dios está cerca de nosotros, que ilumina nuestra oscuridad y que nos guía con amor a lo largo de nuestra vida.

Sería excelente dejarnos interpelar por esa invitación, acudir al tesoro de la Escritura como el escriba cristiano, a semejanza de Mateo, que saca cosas antiguas y cosas nuevas creciendo y haciendo crecer en sabiduría.

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