II Domingo del tiempo ordinario: Yo lo he visto y he dado testimonio de que este es el Hijo de Dios.

Is 49,3.5-6: Te hago luz de las naciones, para que seas mi salvación. Sal 39,2.4ab.7-8a.8b-9.10: Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad. 1Co 1,1-3: A vosotros, gracia y paz de parte de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo. Jn 1,29-34: Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo.

Por Rafael Mediavilla, OAR. Valladolid, España.

La celebración del bautismo de Jesús cerraba el tiempo de Navidad en la Liturgia de la Iglesia. A partir del día siguiente ha comenzado el tiempo que llamamos «ordinario», la primera semana. Sorprendentemente nos encontramos que no hay domingo primero del tiempo ordinario. El siguiente domingo al bautismo es el segundo del tiempo ordinario.

La Iglesia, en la lectura semicontinua de los evangelios, alterna cada año un evangelio sinóptico. Cada tres años se lee uno de ellos: Mateo (ciclo A), Marcos (ciclo B) y Lucas (ciclo C). Pero también nos llevamos un sorpresa: en el caso del segundo domingo ya que no hay, en ninguno de los tres años, el evangelio sinóptico correspondiente sino que leemos el evangelio de Juan. Tres textos distintos de Juan, pero todos presentando escenas de los primeros momentos de la vida pública de Jesús: Jesús presentado por Juan el Bautista en el ciclo A, el primer encuentro de los discípulos con Jesús en el ciclo B, y el primero de los signos que hace Jesús, el milagro de Caná, en el ciclo C.

Todos forman parte de un encuentro de Jesús muy similar y, de algún modo son continuación de la presentación que se hizo de Él en el bautismo.

En este año el encuentro de Jesús es con Juan el Bautista. Se convierte así en el primer discípulo y testigo de Jesús. A ello llegarán también un día los otros discípulos, después de haber convivido con Jesús, desde estos inicios hasta el día de la resurreccion.

El Bautista cumple primero su misión de presentar a Jesús. En sus afirmaciones resume la descripción de Él como una síntesis de quien es: El Cordero de Dios, el que existía antes, el que recibió el Espíritu, el que bautiza con Espíritu Santo. Y después confirma todo ello remitiéndose a su propia experiencia: «yo lo he visto y he dado testimonio de que este es el Hijo de Dios».

La Iglesia se sirve del evangelio de Juan para invitar a los creyentes a aceptar, en la fe, la identidad de Jesús: el que es capaz de liberarme del mal y del pecado, el que me trae a Dios porque viene de parte de Él, el que tiene la plenitud del Espíritu y lo derrama sobre mí. Pero además nos invita a una experiencia personal de encuentro con Jesús, como la que tuvo primero Juan el Bautista y después Felipe, Andrés, Pedro, Natanael… hasta formar la comunidad de los discípulos, testigos del primer signo de Jesús.

Nuestra identidad de creyentes también se define si podemos decir como Juan el Bautista: «Yo lo he visto y he dado testimonio de que este es el Hijo de Dios» (Jn 1,34).

Muchos discípulos de Jesús a lo largo de la historia han proclamado esa experiencia públicamente ante la comunidad cristiana: unos siendo mártires, muchos en la consagración religiosa, otros muchos en la adhesión a una comunidad con la que vivir su compromiso por el evangelio en el mundo.