Domingo IV del tiempo ordinario: ¿Lleno o en la reserva?

«Puedes pensar: ¿Cómo lleno mi depósito si yo ya bastante tengo con lo mío? Una extraña mezcla de humildad, miedo y comodidad nos hace pensar que nada podemos hacer que sea efectivo. Nos fijarnos en las limitaciones y dificultades y poco a poco vamos encogiendo el abanico de posibilidades que están en nuestra mano».

Por fray Roberto Sayalero, OAR. Zaragoza, España.

¿Cómo está el depósito de tu confianza en Dios, lleno o en la reserva? Esta es la pregunta que me surge para guiar la reflexión con el fin de destacar algún aspecto que pueda sernos de utilidad para nuestra vida. La respuesta que cada cual podemos dar está casi indisolublemente unida al momento vital en que nos encontremos. Si más o menos no tenemos muchos problemas y nuestro transitar cotidiano es apacible, pues seguramente afirmemos que nuestro depósito rebosa. Si, por el contrario, vivimos una situación de marejada, con algún que otro problema cuya solución esquiva nuestro alcance inmediato, probablemente nuestra respuesta sea que el depósito de fe está en números rojos. A parir de aquí surgen otras dos cuestiones: ¿Dios me es necesario? ¿Me siento pobre de Dios? Ambas no tienen una respuesta inmediata. Quizá tampoco sea necesario responderlas, pero sí plantearnos su respuesta.

Hoy el evangelio llama “bienaventurados”, es decir, “felices”, y aquí no se habla ni de normas ni de leyes ni de obediencias, sino de que la fe no es más que un camino confiado hacia la felicidad. Eso eso es lo que el Padre quiere para sus hijos y es lo que vamos a encontrar si centramos la mirada en Dios y aumentamos la confianza, llenamos nuestro depósito. Por si acaso, me permito recordar que en ningún momento se llama felices a los que sufren por sufrir o por llorar.

Del mensaje de las bienaventuranzas no puede desprenderse una esperanza apocalíptica reservada únicamente para la otra vida, sino que a los pobres se les dice que de ellos “es”, presente, no futuro, “será”; la llegada de Jesús demuestra que el presente puede cambiar; que no hay que esperar a palmarla para ser feliz. En ocasiones el mensaje de las bienaventuranzas se ha convertido en un catálogo de virtudes con lo que no se ha conseguido sino ensombrecer y descafeinar su mensaje transformador: Solo en Dios está la felicidad, pase lo que pase. Según Jesús, a los que les falta todo es a los que sólo poseen cosas. A veces confundimos felicidad con bienestar y entonces las bienaventuranzas nos suenan a chino.

Las bienaventuranzas nos hablan a ti y a mí, y nos dicen que no podemos aprovecharnos de nadie para ser nosotros felices, que el camino de la felicidad está en vivir en segunda persona; más allá de la felicidad inmediata está la de quien es feliz porque todos a su alrededor lo son también. Por tanto, otro mundo basado en el compartir, en el amor desinteresado es posible.

Puedes pensar:  ¿Cómo lleno mi depósito si yo ya bastante tengo con lo mío? Una extraña mezcla de humildad, miedo y comodidad nos hace pensar que nada podemos hacer que sea efectivo. Nos fijarnos en las limitaciones y dificultades y poco a poco vamos encogiendo el abanico de posibilidades que están en nuestra mano. Desde luego que aisladamente poco podemos hacer para cambiar el rumbo del planeta. Pero tampoco podemos bajarnos de él como amenazaba Mafalda.

Muchas cosas no están a nuestro alcance, pero otras muchas sí: una palabra, una mirada cómplice, un gesto, un “gracias”, una llamada, una sonrisa, un abrazo, un rato de conversación, un silencio, un mensajillo, un café, un paseo, una visita, un apretón de manos, una felicitación, un perdón, una caricia, un guiño, un beso, un “me gusta”… y un larguísimo etcétera de detalles que nos cambian, cambian el mundo y hacen a Dios presente, como dice el salmo de hoy: hace justicia a los oprimidos, da pan a los hambrientos, liberta a los cautivos, abre los ojos al ciego, endereza a los que ya se doblan, ama a los justos, guarda a los peregrinos, sustenta al huérfano y a la viuda…

Si después de estas líneas todavía te sientes en la reserva, frota tus ojos, porque Dios está a tu alcance y no puedes verlo.