Domingo II del tiempo ordinario: Mucho trabajo por hacer aún.

«¿Y nosotros qué hacemos? Pues esforzarnos cada día por ver e imitar a ese Jesús humano, de carne y hueso, y cercano a los problemas y sufrimientos de su época, que marca un camino de amor al que no hay nada que se resista. Si nos quedamos con un Jesús detergente concentrado o quitamanchas de bolsillo que podemos utilizar en cualquier momento para borrar nuestras manchas, ¿qué puede decirle al hombre de hoy?»

Por fray Roberto Sayalero, OAR. Zaragoza, España.

La publicidad de los detergentes intenta convencernos de que su fórmula es la mejor para acabar con las manchas y dejar nuestra ropa lista sin que tengamos que frotar y utilizando la menor cantidad de producto. Nosotros puede que también confundamos a Jesús con una dosis de detergente concentrado, o los sacramentos con un quitamanchas que, sin frotar, sin que nos enteremos, sin esfuerzo alguno, solo con ponernos a remojo cada domingo, ya quedamos limpios a los ojos de Dios.

El domingo pasado asistimos al acontecimiento del bautismo de Jesús en el Jordán. Hoy Juan, por boca del Bautista, quiere presentar a Jesús y diferenciarlo claramente del Bautista. Por ello este discurso para decir quién es el bautizado, ese sobre el que se posó el Espíritu y fue proclamado Hijo de Dios. Para ello utiliza el título de “Cordero de Dios” y le atribuye una función: quitar el pecado del mundo.

No está muy claro el significado de este título y, mal interpretado, es del gusto de quien prefiere ver a Jesús en blanco y negro, como un chivo expiatorio con unas alforjas llenas de pecados destinado a pagar hasta la ultima gota de su sangre. Aceptar y defender esto supone cortar de raíz la dimensión profética de Jesús.

La imagen del cordero hace saltar por los aires la idea de ese Dios representado por un toro lleno de fuerza y bravura. Jesús mostró la fuerza de Dios en la ternura, la compasión, el cariño, la cercanía…

Respecto a su misión de “quitar el pecado”. Aquí, de nuevo, hay que andar de puntillas para no coger el atajo fácil y dejarnos hipnotizar por el olor a naftalina de la religión más rancia y más alejada del mensaje de Jesús. Juan, en su evangelio, identifica pecado y opresión. Quitar el pecado es, entonces, liberarnos de aquellos que no nos dejan ser plenamente humanos. El modo de vida de Jesús, desde el servicio, la sencillez, la denuncia y la entrega hasta la muerte inaugura el camino que permite liberar al hombre del pecado del mundo, es decir, de todo lo que oprime, explota, adocena, manipula, maltrata, ahoga y asesina la vida humana.

Y nosotros ¿qué hacemos? Pues deberíamos esforzarnos cada día por ver e imitar a ese Jesús humano, de carne y hueso, y cercano a los problemas y sufrimientos de su época, que marca un camino de amor al que no hay nada que se resista. Si nos quedamos con un Jesús detergente concentrado o quitamanchas de bolsillo que podemos utilizar en cualquier momento para borrar nuestras manchas, ¿qué puede decirle al hombre de hoy? Seamos adultos en la fe. ¿Merece la pena seguir a una persona que en vez de felicidad trajo un manual de instrucciones para hacer la colada de nuestra conciencia: agachar la cabeza y ser buenas ovejas? Seguimos a Jesús que no fue ningún alma en pena, ni un tontaina que fuese repartiendo jaculatorias y bendiciones como quien espera aplausos y palmaditas para sentirse importante.

Jesús era inocente y sencillo como un cordero, sí, pero tenía las ideas claras; no era ningún melindres, ni ningún borrego. Fue un hombre carismático movido por el Espíritu y en permanente comunicación con Dios; capaz de plantear compromisos exigentes y de suscitar adhesión en sus oyentes entusiasmados por sus ideas, porque esperaban que con Él sus condiciones de vida cambiasen radicalmente. Sinceramente, creo que esto tiene bastante poco que ver con un manso corderito con vocación masoquista.

Jesús nos mostró cómo se quita el pecado del mundo. Nosotros, los que queremos ser sus seguidores, estamos llamados a liberar de la injusticia, intentar borrar las manchas del dolor y del sufrimiento a fuerza de cariño y cercanía. Jesús, como veíamos el domingo pasado, contaba con todo el amor de Dios y estaba lleno del Espíritu. Ese sí es un buen quitamanchas para nuestro mundo, no solo para nosotros. No pensemos en Jesús como un Cordero, sin iniciativa, ni pensamiento propio destinado a sufrir. Eso quizá sirva para un guión de cine pero no para dar sentido a nuestras vidas.

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