Solemnidad de Santa María, Madre de Dios. El año nuevo de Dios.

Nm 6,22-27: Invocarán mi nombre sobre los hijos de Israel y yo los bendeciré. Sal 66,2-3.5.6.8: Que Dios tenga piedad y nos bendiga. Ga 4,4-7: Envió Dios a su Hijo, nacido de mujer. Aleluya Hb 1,1-2: Aleluya, aleluya, aleluya. Lc 2,16-21: Encontraron a María y a José y al niño. Y a los ocho días, le pusieron por nombre Jesús.

Por Rafael Mediavilla, OAR. Valladolid, España.

“Pronto ha de llegar el día de año nuevo. Todos sois cristianos; gracias a Dios, la ciudad es cristiana… Escuchadme: sois cristianos, sois miembros de Cristo. Considerad lo que sois, pensad a qué precio habéis sido rescatados” (San Agustín, Sermón 196,4).

Comenzamos el año deseando la paz, pidiendo por ella, en cierto modo también comprometiéndonos a construirla, y al final del año nos espantamos por todas las noticias que nos llegan de las guerras. Comenzamos el año con el deseo de que el mundo fuera más justo, tuviera en cuenta a los que son olvidados, maltratados, ignorados, esclavizados y vendidos y cuando el año termina reconocemos que siguen existiendo, que están cerca de nosotros y están lejos. Con cada año que comienza se despierta en nosotros la esperanza de que no haya más falsarios y engañadores, embusteros y expertos en la verdad engañosa; al mirar atrás y recordar hechos y palabras no sólo encontramos mentiras sino también falsedades que se hicieron buenas porque nos agradaban, al denigrar a nuestros adversarios.

Se nos hace difícil despertar para el nuevo año a la esperanza, a la ilusión del cambio. Es más, muchas de las cosas en las que apoyábamos nuestra esperanza las vemos casi desaparecer. Cada día son menos los que en nuestra sociedad más cercana siguen creyendo en Dios y reconociendo que la Navidad es la celebración de que Él se hizo hombre. Aparecen a la luz pública una y otra vez noticias que denigran con razón a los cristianos y a la Iglesia. En aquellos que eran presentados como en los que había que confiar, se descubre su doblez, su vida doble, y una parte de ella es despiadadamente egoísta, abusadora del débil.

Al final del año nos duelen muchas cosas: guerra, violencias, abusos, opresiones. Vistas así las cosas si creemos en Dios podríamos preguntarle:

  • ¿Y nos darás un año más? ¿Vale la pena repetir lo que hemos vivido en los 365 días que han trascurrido para lo mismo?
  • Tú, Señor, eres de otra pasta. No puedes obrar con los hombres como cuentan de los dioses griegos que condenaron a Sísifo a subir hasta la cima un peñasco perpetuamente porque una vez logrado volvía inexorablemente a rodar cuesta abajo. No puedes querer que tengamos la ilusión de hacer el mundo mejor y terminar comenzando cada año desde el punto de partida.
  • Tú eres el Dios que cada año atiende a la petición de tu Hijo, de que concedas un año más a la higuera, aunque esté seca.
  • Tú eres el Dios que con que haya cinco justos -justos porque quieren de buena voluntad mejorar tu casa y nuestra casa de este tiempo, que es el mundo- no destruyes ni la ciudad, ni la humanidad.
  • Tú eres el Dios Padre que acompañaste a Jesús hasta el final. Viste como lo despreciaban, cómo casi nadie reconocía su gesto, cómo se rebelaban porque no respondió a lo que esperaban, triunfando sobre sus enemigos. Y terminas siendo el Dios Padre, que, incomprensiblemente, le hiciste volver a Jesús junto a ellos, a los crucificadores, a los cobardes que huyeron.

Él resucitó. Jesús volvió y pidió a los suyos que comenzasen la conversión del mundo presentando la buena noticia. Creía y cree en el hombre, en el publicano que sabía reconocerse pecador y estar dispuesto a reparar el daño causado y a hacerse servidor de los pobres. Creía en el hombre, en el samaritano que se compadecía del malherido, se acercaba a él y lo curaba. Creía en la mujer, en la que iba más allá de planes y ponía ante los ojos de Jesús a su hija para que la curase. Creía y cree en la mujer, en María mujer, que estimó más importante la alegría y la fiesta de los recién casados que el tiempo programado para comenzar la salvación. Creía en el hombre, en el que tenía corazón noble para defender al inocente crucificado con él y estaba deseoso de unírsele. Creía en la mujer, en la que amaba tanto a su Dios que le entregaba todo, incluso lo que necesitaba para vivir.

Dios Padre y Jesús conocen muy bien lo que sucede cada año. Conocen a multitud de hombres y mujeres que obran maravillas, que tienen el corazón preparado para el impulso que su Espíritu les da y transformar y embellecer un trozo de ese mundo, de la humanidad. Y se dicen que vale la pena. Por eso, claro que sí, que nos dará un año nuevo, un nuevo cultivo de la higuera, un nuevo comienzo del hijo prodigo que ha vuelto a la casa.

María, que fue testigo de que entre los muchos que no se enteraron que venía al mundo el Hijo de Dios y los que no abrieron las puerta para recibirlo en la posada o incluso los que buscarían desde el principio su muerte como Herodes, estaban los pastores. Los pastores que fueron corriendo hacia Belén, que eran causa de admiración por lo que contaban, que daban gloria y alabanza a Dios. María que no daba vueltas en su pensar a la opresión de los romanos, a los que no los recibieron sino a lo que los pastores contaban, los ángeles anunciaban y lo que ella veía.

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