¡Oh, llave! ¡Oh, cetro!

La semana previa a la Navidad son las llamadas ferias mayores de Adviento. Toda la liturgia se orienta a preparar con énfasis la llegada del nacimiento de Cristo. Las antífonas que introducen el Magníficat en las Vísperas recuerdan un título especial de Cristo. Hoy, día 20, llave y cetro.

“Oh llave de David y Cetro de la Casa de Israel, que abres y nadie puede cerrar, cierras y nadie puede abrir, ven y libra a los cautivos que viven en tinieblas y en sombras de muerte.”

La llave y el cetro son símbolos del poder que libera de esclavitudes y de muerte. En tu Iglesia, Jesús, tu Cruz es el signo más grande de tu poder, es el amor entregado hasta el extremo por la humanidad.

Confías a Pedro y sus sucesores las llaves de tu misericordia: “A ti te daré las llaves del Reino de los Cielos; lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo, y lo que desates en las la tierra quedará desatado en el cielo” (Mateo 16,19).

Hoy la Iglesia debería ser como un hospital de campaña donde pudieran llegan las personas heridas buscando la bondad y cercanía de Dios. ¡Cuánta pobreza y soledad! ¡Cuántas personas sufrientes, cansadas y agotadas, piden a la Iglesia ser signo de la cercanía, de la bondad, de la solidaridad y de la misericordia del Señor! Nos esperan a nosotros para compartir con ellas el encuentro con Jesús y la experiencia de la misericordia.

Solo tu misericordia, Señor, tiene el poder de abrir los corazones a tu presencia y liberarnos de nuestras tinieblas y esclavitudes; danos una iglesia “en salida”, una iglesia misionera, “con las puertas abiertas, capaz de abrazar a toda la humanidad, con la que  comparte “los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias” (GS 1).

¡Ven, Señor, Jesús! Toda nuestra esperanza está depositada solo en tu misericordia, que es inmensamente grande. Da lo que mandas y manda lo que quieras. (cf. San Agustín, Confesiones 10, 29, 40).

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