¡Oh, Emmanuel!

La semana previa a la Navidad son las llamadas ferias mayores de Adviento. Toda la liturgia se orienta a preparar con énfasis la llegada del nacimiento de Cristo. Las antífonas que introducen el Magníficat en las Vísperas recuerdan un título especial de Cristo. Hoy, día 23, Emmanuel, salvador, rescatador, esperanza.

“Oh Emmanuel, rey y legislador nuestro, esperanza de las naciones y salvador de los pueblos, ven a salvarnos, Señor Dios nuestro”.

“La Palabra se hizo hombre y acampó entre nosotros”. Muchos hombres ilustres han sugerido que se escribiera en letras de oro en nuestros templos esta verdad central de nuestra fe. Aunque, más bien, se debería marcar amorosa e indeleblemente en el corazón de todo cristiano como fuerza que nos hace vivir.

El tiempo se cumplió en el sí de María y se nos reveló el misterio de Dios con la humanidad. Con el “sí” de nuestra fe le pedimos al Emmanuel que transforme nuestros corazones con su palabra poderosa y eficaz, que cure nuestra ceguera para que le reconozcamos en medio de nosotros. Que como María le acojamos en nuestra vida y nos llenos de gracia y de verdad y saboreemos la abundancia de vida y de luz.

Que al celebrar el nacimiento del Salvador nos deleitemos en la belleza del encuentro de la criatura con su Rey y Señor, como lo vivió san Agustín:

¡Tarde te amé belleza tan antigua y tan nueva, tarde te amé!
El caso es que tú estabas dentro de mí y yo fuera.
Y fuera te andaba buscando y, como un engendro de fealdad,
me abalanzaba sobre la belleza de tus creaturas.
Tú estabas conmigo, pero yo no estaba contigo.
Me tenían prisionero lejos de ti aquellas cosas que,
si no existieran en ti, serían algo inexistente.
Me llamaste, me gritaste, y desfondaste mi sordera.
Relampagueaste, resplandeciste,
y tu resplandor disipó mi ceguera.
Exhalaste tus perfumes, respiré hondo, y suspiro por ti.
Te he paladeado, y me muero de hambre y de sed.
Me has tocado, y ardo en deseos de tu paz.

 

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