¡Oh, amanecer!

La semana previa a la Navidad son las llamadas ferias mayores de Adviento. Toda la liturgia se orienta a preparar con énfasis la llegada del nacimiento de Cristo. Las antífonas que introducen el Magníficat en las Vísperas recuerdan un título especial de Cristo. Hoy, día 21, amanecer, sol, luz.

“Oh Sol (Amanecer) que naces de lo alto, resplandor de luz eterna, Sol de justicia, ven ahora a iluminar a los que viven en tinieblas y en sombra de muerte.”

Con toda la Iglesia confesamos a Jesús como la Palabra de vida; la que hemos oído y visto con nuestros ojos, la que contemplamos y tocaron nuestras manos de la fe (1 Juan 1,1).

La luz de la fe es el gran don traído por Jesucristo, «Yo he venido al mundo como luz, y así, el que cree en mí no quedará en tinieblas» (Juan 12,46). Esa luz ha brillado en nuestros corazones.

En el mundo pagano, hambriento de luz, se instauró el culto al Sol, al Sol invictus, invocado a su salida. Pero el sol no ilumina toda la realidad; sus rayos no pueden llegar hasta las sombras de la muerte, allí donde los ojos humanos se cierran a su luz. Conscientes del vasto horizonte que la fe les abría, los cristianos llamaron a Cristo el verdadero sol, «cuyos rayos dan la vida» (cf. Lumen fidei 1).

En este “tiempo favorable” recuperemos el carácter luminoso propio de la fe, capaz de iluminar toda la existencia del hombre. Esta luz tan potente que tiene su fuente es Dios. La fe nace del encuentro con el Dios vivo, que nos llama y nos revela su amor, un amor que nos precede y en el que nos podemos apoyar para estar seguros y construir la vida. Transformados por este amor, recibimos ojos nuevos, experimentamos que en él hay una gran promesa de plenitud y se nos abre la mirada al futuro (cf. Lumen fidei 4).

¡Ven, Jesús, ilumina los corazones de los hombres y mujeres de buena voluntad!

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