III Domingo de Adviento: La alegría y la duda.

Is 40,25-31: El Señor todopoderoso fortalece a quien está cansado. Sal 102,1-2.3-4.8.10: Bendice, alma mía, al Señor. Mt 11,28-30: Venid a mí todos los que estáis cansados.

Rafael Mediavilla, OAR. Valladolid, España.

“Alegraos siempre en el Señor; os lo repito, alegraos. Que vuestra mesura la conozca todo el mundo. El Señor está cerca. Nada os preocupe; sino que, en toda ocasión, en la oración y en la súplica, con acción de gracias, vuestras peticiones sean presentadas a Dios” (Flp 4,4-6).

 

“…Y luego salen las dudas en si era de Dios (o no era de Dios) pues no acaece ni lo ven de aquella manera” (San Juan de la Cruz, Subida al monte Carmelo 18, 8).

 

“… La voluntad, la cual es traspasada con estos dolores que en despedazar al alma ni cesan ni duermen, porque las dudas y recelos que traspasan al alma así nunca duermen” (San Juan de la Cruz, Subida al monte Carmelo 9, 8).

 

“Debo de parecerle un alma llena de consuelos, para quien casi se ha rasgado ya el velo de la fe. Y sin embargo, no es ya un velo para mí, es un muro que se alza hasta los cielos y que cubre el firmamento estrellado…” (Teresa de Lisieux, Historia de un alma).

El dolor y la alegría del hombre de fe

A los cristianos que están celebrando el Adviento les ha llegado el mensaje de Isaías en los tres primeros domingos. Un mensaje de optimismo, de profecía de cosas admirables, grandiosas y deseadas: “No alzará la espada pueblo contra pueblo, no se adiestrarán para la guerra”, en el primer domingo; “Habitará el lobo con el cordero, el leopardo se tumbará con el cabrito, el ternero y el león pacerán juntos”, en el segundo; “se despegarán los ojos de los ciegos, los oídos de los sordos se abrirán”, en este tercer domingo.

Todo son imágenes de lo que Dios va a realizar, que se coronan en este tercer domingo, con la antífona de entrada tomada de la carta de Pablo a los Filipenses. Es el domingo “Gaudete”, es decir de la alegría.

Cuando después de la celebración salimos del templo al mundo de cada día nos golpean otras noticias: pueblos en guerradispuestos a destruirse, enconados enfrentamientos en las redes sociales entre quienes opinan diferente, multitud de enfermos por pandemias y por situaciones de pobreza y de miseria…

El cristiano cree que hay una promesa firme de Dios de que viviremos la alegría, incluso la experimenta, porque su fe le descubre el amor y el trato que Dios le da. Pero al mirar en torno suyo se le hace omnipresente la cruz del dolor, de la injusticia y del pecado.

La alegría y la duda de Juan el Bautista

Esa experiencia del cristiano bien puede ser reflejo de la de Juan el Bautista. También en este domingo, como en el anterior, vuelve a tener su protagonismo. En él hay una razón especial para la alegría, tal como lo presenta el evangelio de San Juan y hay una experiencia de desconcierto ante lo que no sucede, descrita en el texto evangélico de Mateo de este domingo.

Muchos comentaristas del evangelio de Juan encuentran en el episodio de las bodas de Caná el texto por antonomasia en el que se describe a Jesús como el que trae la alegría, la fiesta. Y en un juego singular el relato termina identificando a Jesúscomo el esposo (Jn 2, 1-11). En el capítulo siguiente del mismo evangelio será Juan el bautista el que hablará de la alegría, la que siente el amigo del esposo al oírle hablar (Jn 3,29). Juan Bautista dice de sí que su alegría es completa.

El evangelio de Mateo de este día nos presenta a Juan en la cárcel y sufriendo la duda sobre Jesús, sobre su forma de actuar y en último término sobre el sentido de su propia misión. Muchos se sienten desconcertados: ¿cómo es posible que aquel que con tanta seguridad proclamó para los demás “Este es el cordero de Dios”, espere una confirmación del mismo Jesús?

Unos se responderán que Juan no había comprendido la verdadera naturaleza del Reino que Jesús traía, que estaba apegado a las ideas del mesianismo común entre los judíos de su tiempo o porque su mensaje había sido claro de que era necesario extirpar el mal de raíz. Otros, con el buen propósito de salvar la grandeza de Juan, interpretarán que el Bautista no tienen ninguna duda, quienes la pueden tener o están necesitados de ser conducidos a descubrir a Jesús son sus discípulos. Por eso les envía para que Jesús se les descubra como el Mesías.

El que menguó por Cristo crece en su experiencia

Pero también podemos pensar que Juan estaba viviendo una experiencia común a muchos de los que solo después de un aparente fracaso han podido entrar en una nueva dimensión, dar un nuevo sentido a su vocación y misión y a su vida. De tal modo que en su nueva experiencia esté sobre todo presente la alegría. En los evangelios se describe también esa transformación en unos discípulos que han contemplado el fracaso de su maestro crucificado y una vez descubierto resucitado la alegría les desborda.

Incluso podríamos pensar en una especie de noche oscura de Juan el Bautista que está creciendo en su conocimiento y relación con Dios a semejanza de los grandes místicos. Ellos también viven momentos de preguntas y de dudas especialmente dolorosas. La santidad del cristiano no está siempre en la seguridad de su fe sino en el crecimiento de una relación con Dios que le exige pasar por la prueba, por la duda, manteniéndose fiel a Él sobre todo en el ejercicio de la caridad.