Domingo IV de Adviento: Haz lo que te dé la gana.

«José entendió, como tú y como yo, que no somos nosotros los que llevamos a Dios en el bolsillo, sino que es Él quien maneja los tiempos. Y a nosotros solo nos queda confiar, fiarnos, aunque nos parezca superior a nuestras fuerzas. Esta es la grandeza de José, que tragó saliva y se dijo a sí mismo: “Si esto es cosa de Dios, que haga lo que le dé la gana. Yo estaré a su lado”».

Por Roberto Sayalero, OAR. Zaragoza, España.

Después de dar muchas vueltas, de dar unas cuantas patadas a las piedras, después de caminar de un lado a otro, de recorrer de cabo a rabo el laberinto de las posibles soluciones a un problema tan grueso, al final no queda otra que ponerse en manos de Dios y aceptar que Él va a hacer lo que le dé la gana. Así de claro. Por mucho que en creyente leamos su voluntad siempre en nuestro beneficio, siendo sinceros, aceptarlo puede ser más pesado de digerir que comerse en ayunas una docena de mantecados con un par de copas de anís.

El evangelio de hoy además de presentarnos al que va a nacer con ese precioso título: “Dios-con nosotros”, nos introduce en el marco en el que va a nacer el esperado Mesías. Una pareja sencilla: José y María, dos enamorados que guiados por la mano de Dios aceptan su plan y se convierten no solo en meros receptores sino en creadores de vida. José, que está tan cerca del «acontecimiento», no se da ni cuenta, y cuando percibe algo, no entiende nada pero se fía; acepta todo lo que se decía de María y lo que ella estaba viviendo. Y, como podemos suponer, nada era fácil.

José entendió, como tú y como yo, que no somos nosotros los que llevamos a Dios en el bolsillo, sino que es Él quien maneja los tiempos. Y a nosotros solo nos queda confiar, fiarnos, aunque nos parezca superior a nuestras fuerzas. Esta es la grandeza de José, que tragó saliva y se dijo así mismo: “Si esto es cosa de Dios, que haga lo que le dé la gana. Yo estaré a su lado”.

Al igual que José, María fue también una mujer silenciosa, pero un silencio tejido de escucha, de espera, de gozo, de fe, de confianza, de amor sin límites. Son muchas las virtudes que a lo largo de la historia de nuestra espiritualidad se han destacado de José y María; esta pareja, la más grande e ilustre de la historia. De ambos podemos aprender bastantes cosas, pero quizá la principal es su generosidad y su confianza en Dios para aceptar que sea Él quien escriba de verdad la historia.

Quedan solamente siete días. En esta recta final del Adviento, ahora más que nunca es necesario el silencio. Alguien puede decir: pues vaya bobada que ya están otra vez los aguafiestas dispuestos a apagar las bombillas, ahora que hemos vuelto a la normalidad, que se respira alegría en las calles, que estamos llenos de preparativos, nos dicen que es necesario el silencio. Claro, como pasa en un teatro cuando está a punto de levantarse el telón y todo el público espera que comience la representación. Es un silencio interior, contemplativo, que nos permite encontrarnos con nosotros mismos, estar atentos a los acontecimientos para evitar que perdamos detalle

No podemos despistarnos, Dios continuamente nos ofrece señales. Isaías nos cuenta hoy lo que pasó en tiempos de Acaz. Aquella señal se cumplió en María. A diario hay muchas, sin estrellas, pero con mucha hondura como por ejemplo el amor por los hijos o por los nietos; la sonrisa de un niño, la paciencia en el trato con los mayores, la delicadeza en la atención a los enfermos; el dedicar tiempo a los que están solos, el ser generoso, la solidaridad y cercanía con aquellos que no tienen la misma suerte que nosotros…, y una larga lista de verdaderos signos de esa ternura desbordante de Dios, de ese Enmanuel, el Dios con nosotros, que está a punto de venir.

Digamos lo que digamos, Dios hace lo que quiere. El Adviento nos prepara para ver cómo se hizo realidad su deseo de compartir nuestra vida de cerca, en nuestra carne. En José y María tenemos dos buenos ejemplos de esto y sobre todo, ahora que parece que la paciencia se nos agota tan pronto: el amor nos hace superar lo que nos parece imposible.

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