Domingo II de Adviento: Nada que perder, mucho que ganar

«A la mitad del Adviento no está demás acoger la llamada de atención que nos hace Juan Bautista. La vida como meros participantes atenazados por los miedos será cómoda, segura, protegida, sin dudas ni cuestiones pero carece de ilusión, de expectativas».

Por fray Roberto Sayalero, OAR.

¿Y si perdemos? Ahora que se está celebrando el Mundial de Qatar, cada cual tiene sus preferencias, su alineación o su sistema de juego supuestamente infalible; se suele decir que llevamos un seleccionador dentro. A nadie en sus cabales le gusta perder y, ni si quiera los niños, aunque sonrían, se conforman con esa máxima placebo: “lo importante es participar”. Sin embargo, desde pequeños, el ambiente nos invita más que a otra cosa a hacer realidad el famoso refrán “Hay que saber nadar y guardar la ropa”. No estamos preparados para perder. Me temo que tampoco para sufrir, por eso el dolor se nos atraganta tanto.

Aunque parezca un contrasentido, en este mundo con tanta prisa en el que lo nuevo tarda poco en ser antiguo, lo desconocido sigue produciéndonos recelo, sospecha, miedo, en una palabra. Nos aterra la posibilidad de perder nuestro confort vital en forma de bienestar, de aplauso, de aceptación social…

En ese contexto asentado y acomodado del pueblo judío aparece como un tornado Juan Bautista predicando penitencia; invitando a un cambio radical de actitud. La gente de a pie confiesa sus pecados, se arrepiente, y recibe el bautismo. Otros, miran con lo sucede con cierta sorna, porque ellos no necesitan conversión porque son justos, cumplen la ley y, además, son hijos de Abrahán. Pero Juan, sin pelos en la lengua, los advierte de que la entrada en el Reino exige un cambio radical de conducta, y ponerse en manos de Dios sin mirar a nadie por encima del hombro.

Esta es una de las diferencias entre Jesús y Juan Bautista. Para él, el Reino de los cielos estaba relacionado con la necesidad de la conversión pues el juicio terrible estaba próximo. Para Jesús lo característico del Reino es la liberación del sufrimiento, la curación, la Buena Nueva del evangelio. Todo ello desde la confianza, sin amenazas ni temores. El Dios terrible del Bautista se quedó enlatado en el desierto

En este tiempo de Adviento tenemos que preparar los caminos, enderezar las sendas para que se extienda más y más el reino de Dios, ese mundo idílico de paz y armonía que nos anuncia el profeta Isaías en la primera lectura. Debemos estar preparados para recibir esa gran luz, ese fuego que nos desenmascara y purifica. Esforcémonos por dar buenos frutos, por ser generosos y solidarios.

Por el contrario, si tenemos miedo a perder, a salir del cascarón. Si estamos más cómodos mirándonos a nosotros mismos en uno de esos tropecientos selfies con los que parece que nos evadimos tantas veces como quien mira al dedo que le señala la luna muy centrados en nuestros miedos, en nuestra propia salvación. Nos dejarnos llevar por la inercia de las celebraciones y de la piedad rancia y acartonada, con un movimiento de cintura semejante al de las sardinas en lata. Así, no estamos dispuestos a que nada mejore. Dejemos a Dios que obre gratuitamente en nosotros sin detenernos en nuestros miedos y desánimos. Es Adviento, el tiempo de hacer el esfuerzo de levantarnos y alzar la cabeza para descubrir con nuestros propios ojos a ese Dios que se acerca y trae nuestra liberación.

A la mitad del Adviento no está demás acoger la llamada de atención que nos hace Juan Bautista. La vida como meros participantes atenazados por los miedos será cómoda, segura, protegida, sin dudas ni cuestiones pero carece de ilusión, de expectativas. Vivir como figuras de un futbolín, encorsetados de cumplimientos produce la misma ilusión que una felicitación navideña en pleno agosto. Ahora es tiempo de desear y de soñar con que nuestra existencia puede tomar un nuevo rumbo. Dejar que el nacimiento de Jesús nos renueve será posible si no tenemos miedo a perder. Adviento es tiempo de luz, de novedad, de ilusión. ¿A qué estamos esperando para empezar? No hay nada que perder.

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