Solenidade de Todos os Santos. 2022.

En aquella experiencia que Agustín y su madre vivieron en Ostia, ambos ardían por saber “cómo será la vida eterna de los santos, que ni ojo ha visto, ni nadie ha oído, ni se puede imaginar el corazón del hombre” (Conf IX 10, 23). Y no han sido ellos los únicos que se lo han preguntado. Más bien, al contrario, ha sido y es preocupación de todos: ¿qué se hace en el Cielo? ¿Qué hacen los santos? ¿Cómo viven?

Por fray Pablo Panedas, agustino recoleto

La imaginación popular, infantil casi siempre, busca un lugar, situando a los santos en la inmensidad del cielo astronómico, o en las nubes que tenemos encima. La teología intenta desentrañar los textos del Apocalipsis que los hace formar parte de una corte celestial en perpetua sesión, aclamando de modo incesante al Tres-veces-Santo que la preside desde su trono glorioso. El arte echa mano de todos los recursos del color, las formas y la luz para transmitir estados anímicos de inefable felicidad y, en definitiva, el misterio de una realidad bienaventurada que rompe las barreras de nuestra imaginación.

Con mucha frecuencia los artistas retratan la vida de los santos en el contexto del Juicio Final. Cristo Juez desciende precedido de ángeles trompeteros a cuyo toque se abren las tumbas, y van saliendo los difuntos para encaminarse unos –a la izquierda del Juez– a los tormentos del Infierno; y los de la derecha, para ser conducidos a la Gloria por los ángeles.

La mirada gozosa de Fra Angélico

El famoso pintor Fra Angélico (1395-1455), beatificado por Juan Pablo IIen 1982 y en 2000 declarado patrono de los artistas, afrontó el tema del Juicio Final en dos ocasiones. Una es la pintura al temple del Museo florentino de San Marcos, datada hacia 1430. La escena que nos interesa es un particular que se encuentra a la izquierda del espectador. En medio de un jardín esplendoroso, el Paraíso, los bienaventurados recién resucitados se toman de la mano y bailan en corro en torno a una especie de palmera, que simbolizaría el Árbol de la Vida de que habla Ap 2, 7.

Lejos de las representaciones estáticas de tiempos anteriores, la vida de los bienaventurados se expresa aquí de forma dinámica, echando mano de la manifestación humana más explícita de alegría y felicidad, la danza. Y no una danza intimista al estilo, por ejemplo, de los derviches musulmanes, sino una danza de grupo, comunitaria, que contagia y multiplica el júbilo. Así plasma Fray Angélico con formas y colores el anuncio del salmo 15: “…me saciarás de gozo en tu presencia, de alegría perpetua a tu derecha”.

El “pintor de la música celeste” plasma aquí su visión de la Iglesia: la Iglesia del Cielo, ciertamente, la de los Santos con mayúscula; pero, de forma implícita, también la de la Iglesia militante, la de la Tierra. Porque la Iglesia es una, la única esposa de Cristo, unida a Él íntimamente como su cuerpo. Y eso, y no otra cosa, es la santidad. Eso es lo que afirmamos cuando profesamos que la Iglesia es Santa.

La alegría, palabra emblema del papa Francisco

Ese fue el descubrimiento capital del siglo XX; más en concreto, del Concilio Vaticano II y de su columna vertebral, la constitución Lumen Gentium. De aquel acontecimiento se cumplen ahora 60 años, que el pasado 11 de octubre se celebraban con toda solemnidad en la Basílica Vaticana, en torno a los restos de Juan XXIII, trasladados a la nave central del templo.

En una memorable homilía, el papa Francisco recordó la importancia del acontecimiento y urgió a redescubrir “el Concilio para volver a dar la primacía a Dios, a lo esencial, a una Iglesia que esté loca de amor por su Señor y por todos los hombres que Él ama, a una Iglesia que sea rica de Jesús y pobre de medios”. Para, a continuación, traducir el amor en términos de alegría, porque en la mirada del Señor –decía el Pontífice– vuelve la Iglesia a encontrar la alegría perdida. Se dolía también de las murmuraciones y sectarismos que con frecuencia se dan en la Iglesia, que denotan falta de alegría, de amor. Y concluía, en fin, el Papa suspirando por “reencontrar la alegría”, porque “una Iglesia que ha perdido la alegría ha perdido el amor”.

Recordaba Francisco el discurso de Juan XXIII en la apertura del Concilio, que se conmemoraba ese día; un discurso bajo el lema “Gaudet Mater Ecclesia”, “Se alegra la Madre Iglesia”. Y hacía la aplicación: “Que en la Iglesia viva la alegría. Si no, se contradice a sí misma, porque olvida el amor que la ha creado. Y, sin embargo, ¿cuántos entre nosotros no logran vivir la fe con alegría, sin murmurar y sin criticar? Una iglesia enamorada de Jesús no tiene tiempo para conflictos, venenos y polémicas. Que Dios nos libre de ser críticos e impacientes, amargados e iracundos. No es sólo cuestión de estilo, sino de amor…”.

Nuestro Papa actual respira por la herida, porque más adelante vuelve a lamentar: “Cuántas veces se prefirió ser ‘hinchas del propio grupo’ más que servidores de todos, progresistas y conservadores antes que hermanos y hermanas, ‘de derecha’ o ‘de izquierda’ más que de Jesús; erigirse como ‘custodios de la verdad’ o ‘solistas de la novedad’, en vez de reconocerse hijos humildes y agradecidos de la santa Madre Iglesia”.

No es en Francisco un desahogo o un tema coyuntural. Hace cuatro años ya había dedicado al tema de la alegría toda una exhortación apostólica, de título más que significativo: “Gaudete et exsultate”,“Alegraos y exultad”. Allí había recurrido al lenguaje escueto e inapelable de la Summa Theologica de santo Tomás de Aquino, donde afirma: “Ser cristianos es «gozo en el Espíritu Santo» (Rm 14,17), porque «al amor de caridad le sigue necesariamente el gozo, pues todo amante se goza en la unión con el amado […] De ahí que la consecuencia de la caridad sea el gozo» (nº 122).

La Iglesia no es mensurable cuantitativamente ni reducible a estadísticas, como tampoco se identifica con posturas ideológicas. Es una realidad trascendente que se entraña en lo humano y se formula en términos de santidad, amor y alegría. Eso es lo que pintó Fra Angélico y lo que celebramos el día de Todos los Santos.

Vocación universal a la alegría

No ha sido sólo Fra Angélico. El arte occidental insinúa con frecuencia el júbilo de los santos al representar la Resurrección de Cristo, que esboza un paso de danza mientras se eleva triunfante sobre la tumba destrozada. Y, más recientemente, ha inspirado a artistas como Mark Dukes, que ha iluminado la parroquia episcopaliana dedicada a San Gregorio de Nisa, en la bahía de San Francisco (California, Estados Unidos).

Preside este templo un Cristo Resucitado de casi cuatro metros, un Cristo que está danzando. Alrededor de Él, se despliega un inmenso icono de 90 personajes de tamaño más que natural. Todos se toman de la mano y todos bailan. No todos son santos católicos: se encuentran también, por ejemplo, Lutero, Bartolomé de las Casas, César Chávez, Ana Frank, Desmond Tutu o el Mahatma Gandi. Figuran artistas, científicos, místicos, pecadores… de todos los tiempos. Y no faltan animales, estrellas, soles… Se representa la entera creación y el conjunto de la historia. Rodeados por este marco se reúne la Iglesia de la Tierra, que canta y danza. Al tiempo que los fieles bailan alrededor del altar, los santos bailan en el Cielo. Se proclama así la Gloria de Dios, su santidad, que se trasluce en la vida y la historia de los hombres y su mundo.

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