Solemnidad de Jesucristo Rey del Universo: Rey de justicia, de misericordia y de paz.

La fiesta de Cristo Rey fue instituida por el Papa Pío XI (1925) por la Encíclica Quas primas, y se festejaba el último domingo de octubre. Esta fiesta aparecía como una fiesta autónoma que celebraba el “reino social de Jesucristo”. Tras las reformas litúrgicas del Concilio Vaticano II, esta celebración pasó al último domingo del año litúrgico, situándose como una especie de inclusión respecto al primer domingo de Adviento.

Por fray David Molina, agustino recoleto

La reforma del Vaticano II transformó profundamente el sentido de esta celebración y le confirió un carácter fundamentalmente escatológico, prueba de ello es el nuevo título que se le dio en el Misal Romano de 1970: «Solemnidad de Jesucristo Rey del Universo».

La fiesta de Jesucristo Rey del Universo ha sido, por tanto, objeto de una reinterpretación teológica, que también tiene en cuenta la evolución de la relación entre Iglesia y sociedad a lo largo del siglo XX. Si inicialmente esta fiesta era una protesta contra la pérdida de poder de la Iglesia sobre la sociedad, a riesgo de presentarla como una fuerza social entre otras, los cambios litúrgicos subrayan la orientación pascual de esta fiesta y el carácter escatológico de la realeza de Cristo: es en él donde toda la creación, desde su dimensión histórica, se orienta hacia él.

Por otro lado, San Pablo nos habla también de Cristo, Rey del universo, especificando que su poder es infinitamente superior a todas las fuerzas reales de la tierra, su realeza es única y se trata de un plano escatológico. El reinado de Jesús nos trae la redención, el perdón de los pecados. Él es el camino que nos permite ir al Padre. Él es la imagen del Dios invisible. Él es nuestro Rey porque es la cabeza de la Iglesia. Al entregar su Cuerpo y derramar su sangre, al resucitar y ascender a los cielos, nos abre un camino hacia el Reino de Dios.

El evangelio de hoy vuelve la mirada hacia Cristo en la cruz con la escena de los dos ladrones, propia del Evangelio de Lucas. Es en la Cruz donde aparece el personaje real del Crucificado que disputa todo poder; incluso esta realeza se le presenta a un ladrón pidiendo este al Crucificado que se acuerde de él «cuando vengas a inaugurar tu Reino» (Lc 23,42): la respuesta cambia el reinado (basileia) en paraíso (paradeisos): “hoy estarás conmigo en el paraíso” (Lc 23,43), marcando el poder escatológico del crucificado.

Finalmente, es en el prefacio de esta fiesta donde se resume la teología de nuestra celebración y de manera especial su vínculo esencial con la celebración del misterio pascual, corazón del año litúrgico:

Porque consagraste Sacerdote eterno
y Rey del universo
a tu único Hijo, nuestro Señor Jesucristo,
ungiéndolo con óleo de alegría,
para que ofreciéndose a sí mismo
como víctima perfecta y pacificadora
en el altar de la cruz,
consumara el misterio de la redención humana,
y sometiendo a su poder la creación entera,
entregara a tu majestad infinita
un reino eterno y universal:
el reino de la verdad y de la vida,
el reino de la santidad y la gracia,
el reino de la justicia,
el amor y la paz.”

Este denso texto manifiesta que la realeza de Cristo resulta, no de la voluntad de los hombres, sino de la Pascua del Hijo. El prefacio parte de la consagración del Hijo único como «Eterno Sacerdote» y «Rey del Universo». El texto latino remite al Salmo 44 que sintetiza el simbolismo real que la tradición cristiana ve realizado en la figura de Cristo, Mesías, Hijo de David e Hijo de Dios. Si la fuente del poder y de la realeza de Cristo es «el altar de la cruz», donde el Hijo se ofreció a sí mismo como víctima pura y pacífica, es la dimensión escatológica de la salvación la que ofreció su horizonte: «Y después de someter a todas las criaturas a su poder, pone en manos de tu poder soberano un reino sin límite y sin fin: reino de vida y de verdad, reino de gracia y de santidad, reino de justicia, de amor y de paz

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