Solemnidad de Cristo Rey 2022.

«Demasiados elementos para la reflexión en este día. No deja de ser curioso, quizá mejor, triste, pensar que hemos mantenido nublado el rostro del verdadero rey, y nos hemos guiado más por la parte teológica de Jesús como rey del universo. Cómo hemos cambiado la cruz por un trono dorado, la sencillez por el boato».

Por Roberto Sayalero, OAR.

Dice León Felipe:

Cristo, te amo no porque bajaste de una estrella sino porque me descubriste que el hombre tiene sangre, lágrimas, congojas… ¡llaves, herramientas! para abrir las puertas cerradas de la luz. Sí… Tú nos enseñaste que el hombre es Dios… un pobre Dios crucificado como Tú. Y aquel que está a tu izquierda en el Gólgota, el mal ladrón… ¡también es un Dios!

Afirmar que Jesús es Rey, con todo lo que eso significaba entonces: una persona con un poder absoluto sumergida en lujo, rodeada de boato; cuando él está clavado en una cruz, sometido al mayor de los ridículos. Un rey impotente, que deja que lo maten y se rían de él. Y además se afirmaba como Mesías. Es una contradicción, insuperable para muchos. Un Dios, un Mesías crucificado, constituye una auténtica revolución y nos obliga a cuestionar todas nuestras imágenes de Dios. El Crucificado no tiene el rostro que nosotros atribuimos a la divinidad, ni a la realeza. En la cruz no hay belleza, poder, fuerza, sabiduría, majestad, sedas ni terciopelos. En la cruz o se termina toda nuestra fe en Dios, o se abre a una comprensión nueva y sorprendente de su misterio. Como dijo Bonhoeffer, Dios clavado en la cruz permite que lo echen del mundo. Ese es nuestro Rey.

Como hemos ido viendo a lo largo de este año litúrgico de la mano de san Lucas, Jesús anuncia la llegada de un Reino, pero no elaboró un tratado sistemático sobre él, sino que el Reino es una manera de vivir que se basa en hechos concretos: dar vida a enfermos, devolver la dignidad a los endemoniados, pecadores y marginados, prometió la felicidad a los pobres, a los que lloran, a los que sufren. Y fue esta manera de vivir, que entusiasmaba a tanta gente de su época, la que le costó la vida y se convirtió para siempre en bandera de esperanza para todos los que sufren. El diálogo de Jesús con el buen ladrón no deja de ser otro ejemplo de cómo la salvación se basa en una petición confiada, a cambio de nada. Hoy estarás conmigo en el paraíso: ¿Cómo sonarán esas palabras, dichas desde la confianza de quien no tiene por qué vender humo o prometer cosas imposibles?

Demasiados elementos para la reflexión en este día. No deja de ser curioso, quizá mejor, triste, pensar que hemos mantenido nublado el rostro del verdadero rey, y nos hemos guiado más por la parte teológica de Jesús como rey del universo. Cómo hemos cambiado la cruz por un trono dorado, la sencillez por el boato. Somos seguidores del Dios crucificado, del Dios humano y todoamoroso, que sufre y se compadece, que perdona y humaniza. ¿Por qué nos empeñamos en presentar a un Dios a quien hay que pedir audiencia, hablarle de una determinada forma y tener cuidado para no irritarlo? Nos hemos equivocado de Reino. Jesús reinó, sí, pero desde la absoluta humildad y sencillez, que hace creíble un modo de vida que hemos de intentar llevar los que nos decimos seguidores de él.

Con Jesús, triunfa, reina la libertad frente a la opresión, la sinceridad frente a la hipocresía y el fariseísmo, la normalidad del cara a cara humano frente a la tontería y la impostura. ¿Podemos decir hoy lo mismo? ¿Estamos convencidos de que la nuestra es una apuesta decidida por lo humano o nos gusta más jugar al billar en las nubes con ese Cristo rey de trono dorado? Sinceramente, me quedo con el de León Felipe.

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