Domingo XXXIII del tiempo ordinario: Vive el presente con alegría y paz; no huyas al futuro imaginado

[Malaquías 3,19-20a: Os iluminará un sol de justicia; 2 Tesalonicenses 3,7-12: El que no trabaja que no coma; Lucas 21,5-19: Con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas] Hoy es el penúltimo domingo del año litúrgico y los textos bíblicos de este día nos anuncian el cambio hacia un mundo nuevo, donde el mal no tendrá la última palabra.

El profeta Malaquías nos recuerda que Dios es justo. Su proyecto de hacer justicia avanza irresistiblemente. Los creyentes no necesitan desesperarse; viene el día del Señor; el creyente espera ansiosamente su venida. En otras palabras, el profeta especifica que este día está “ardiendo como un horno”. Es una forma de expresar el amor apasionado de Dios por la humanidad. Nuestra respuesta debe ser acoger este amor de Dios hacia nosotros y vivirlo.

En el Evangelio hemos oído hablar de catástrofes: se aproxima la ruina de Jerusalén y se anuncian guerras, hambrunas y persecuciones. Estos acontecimientos luctuosos siguen estando presentes, de ahí que todos los días escuchamos propaganda e información que nos debilita; la arrogancia, la violencia y las divisiones son una amenaza real para nuestro planeta, nuestros países y familias. No obstante, hoy el Señor nos aconseja que no nos desanimemos por los profetas del mal, pues ninguna prueba puede separarnos del amor que él nos tiene reservado.

Cuando todo sale mal, él está ahí, en el centro de nuestras vidas. Él es quien viene a darnos fuerza y coraje para trabajar juntos en la construcción de un mundo más justo y fraterno, y de esta manera hacer frente al mal. Es a través de él como nosotros sacamos fuerza para cumplir nuestra misión.

Este mismo mensaje lo encontramos en la carta a los Tesalonicenses. El apóstol habla del “trabajo”, pero no solo del trabajo asalariado sino también de todo lo que está bajo nuestra responsabilidad. Por eso nuestra misión es colaborar, con todas nuestras fuerzas, en la salvación del mundo, sabiendo que Cristo es el único Salvador. Esta misión no será fácil. Jesús advierte a sus discípulos que serán odiados por todos. Pero no debemos tener miedo; el Señor nunca nos dejará.

En conclusión, las lecturas bíblicas de este domingo están dirigidas a despertar nuestra fe. Es por este camino por el que hemos de seguir al Hijo de Dios, aunque las pruebas no faltarán. Pero, los que las sufran en el nombre de Cristo serán salvos. Cristo nos invita a dar testimonio de la esperanza que nos inspira, y así trabajar para construir un mundo más humano.

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