Domingo I de Adviento: Pasajeros de la prisa

«Como Descartes, necesitamos que todo sea claro y distinto; una senda de respuestas lisa e iluminada por donde avanzar sin mayor dificultad. Sin embargo, la vida es pura espontaneidad que unas veces nos desconcierta y paraliza, y otras nos hace pisar el acelerador sin miramientos».

Por Roberto Sayalero, agustino recoleto

¿Qué preferimos las horas muertas o las que quisiéramos que se estirasen algunos minutos más? Nos guste o no viajamos a bordo de la prisa, sin que nadie nos haya preguntado si queremos ser sus pasajeros. Los jóvenes y no tan jóvenes porque queremos hacer mil cosas a la vez; y los más mayores porque tienen la paciencia desgastada y, a veces, les cuesta entender que no todo puede ser al instante. Lo cierto es que unos y otros, a diferente paso, pero vamos con prisa a todas partes, y nos perdemos muchos detalles y, a veces, tampoco nos esmeramos todo lo que podríamos por hacer las cosas bien.

A pesar de este ritmo vertiginoso, muchas veces tenemos ganas de pisar el acelerador o dar click en el botón de “avance rápido” de la vida para poder librarnos cuanto antes de esos momentos espesos o resolver de una vez las incógnitas que se nos plantean y que nos corroen la quietud. Como Descartes, necesitamos que todo sea claro y distinto; una senda de respuestas lisa e iluminada por donde avanzar sin mayor dificultad. Sin embargo, la vida es pura espontaneidad que unas veces nos desconcierta y paraliza, y otras nos hace pisar el acelerador sin miramientos.

Estamos en Adviento y eso lleva consigo un estado de espera activa en la que estar atentos para que llegue algo, pero que se haga realidad el Reino que está ya dentro de nosotros. Esta es la enseñanza del evangelio de hoy. Estar atentos y preparados porque no sabemos el día ni la hora en que comenzará un tiempo nuevo como sucedió con Noé. La pelota está en nuestro tejado, de nosotros depende no despistarnos: estarán dos: a uno dejarán a otro se lo llevarán… Si no somos capaces de ese encuentro es porque seguimos dormidos y no en vela, como nos pide el Señor.

La esperanza cristiana es el don que nos permite superar con paciencia y confianza en la fidelidad de Dios lo que, a primera vista, nos parece imposible o cuando el reloj o el calendario no avanzan tan rápido como desearíamos. Lo cierto es que para los que queremos seguir a Jesús, siempre hay motivos para creer y esperar pese a que cada día parece que el mundo va cada vez peor, que la humanidad está a punto de cerrar por derribo.

No es el momento de salir corriendo ni de darle un click al avance rápido, sino de caer en la cuenta de que, pese a todo, el mundo está lleno de gente maravillosa que trabaja por hacerlo más humano y habitable. En esta línea, el profeta Isaías nos coloca en la utopía, en lo que anhelamos que llegue; pero sabemos que, aunque soltemos todo nuestro lastre, nunca llegaremos al objetivo de la paz universal cuando No alzará la espada pueblo contra pueblo y las armas cambiarán su uso para convertirse en instrumentos de progreso que permitan también cuidar el planeta, porque de las espadas forjarán arados y de las lanzas podaderas.

Estaríamos echando por la borda el tiempo de Adviento si lo planteamos exclusivamente como una preparación para celebrar aquello que sucedió hace más de veinte siglos. Tenemos que tomárnoslo como un tiempo de reflexión profunda en el que poder ver qué sostiene nuestra existencia, qué da sentido a nuestro hoy, y también al mañana.

Los pasajeros de la prisa tenemos que cultivar la esperanza para que las razones que nos mueven, nuestros objetivos vitales, nuestros compromisos con este Dios empeñado en nuestro bien, tengan tiempo de fraguar en nuestro interior; que podamos saborearlas, rumiarlas, y, también, resistan el duro empuje de la inercia en nuestro agitado día a día.

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