Domingo 32º del tiempo ordinario: “Nuestra peregrinación va de la muerte a la vida: la vida eterna”.

[2 Macabeos 7,1-2.9-14; 2 Tesalonicenses 2,16-3,5; Lucas 20,27-38] Es una suerte que los textos bíblicos de este domingo nos hablen de la resurrección, después de haber conmemorado a los fieles difuntos, por lo que en las lecturas de hoy encontramos buenas noticias.

Por fray David Molina, OAR

La primera lectura nos da un testimonio extraordinario: tiene lugar en un momento dramático de la historia de Israel. Los emperadores griegos quieren imponer su civilización, su cultura y su religión, pero encuentran una feroz resistencia en Israel. La lectura del libro de los Macabeos nos cuenta la historia de una madre y sus siete hijos que son torturados y ejecutados de la manera más cruel. Al aceptar esta muerte, dan testimonio de su fe en la resurrección. Entienden que Dios no puede abandonar a los justos que le son fieles.

Mientras escuchamos esta historia, pensamos en todos los cristianos de hoy que son perseguidos a causa de su fe. Tenemos muchos testimonios de esto en todo el mundo, pero también en casa, incluso en nuestras iglesias. Su fidelidad nos interpela: ¿qué hemos hecho con nuestro bautismo? Es justo aquí, en el lugar en que vivimos, adonde somos enviados a ser mensajeros de la buena nueva de Cristo.

El apóstol Pablo también se enfrentó a “gente perversa” que no compartían su fe. Su mensaje de hoy está escrito para los cristianos perseguidos. Los invita a dejarse consolar por el mismo Señor Jesús. Este consuelo es fuente de alegría y de esperanza. Es en el Señor en el que los cristianos perseguidos encuentran la fuerza y la esperanza que necesitan para mantenerse firmes en la fe.

Finalmente, el Evangelio de este domingo muestra la posición de Jesús respecto a la resurrección de los muertos frente a la propuesta por los saduceos que no creen en ella. La rechazan porque no está escrito en la ley de Moisés. Incluso llegan a burlarse de ello. Para avergonzar a Jesús, le presentan un caso absurdo: una mujer tenía siete maridos, todos hermanos entre ellos y que morían uno tras otro. Y aquí está la pregunta: “En la resurrección, esta mujer, ¿de quién será esposa?” La respuesta de Jesús es doble; primero, les dice que en el más allá, las relaciones maritales y la generación humana han terminado. Ya no se trata de concebir la vida futura de manera terrenal y material.

A continuación, viene el argumento a favor de la resurrección. Para esto Jesús se apoya en la revelación de Dios a Moisés: “El Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob no es Dios de muertos, sino de vivos”. Siguiendo a estos patriarcas y a muchos otros creyentes, todos estamos llamados a una vida nueva a la que Jesús llama a través del Reino de Dios. Ese nuevo mundo no es la continuación del que vivimos actualmente, lo que recordamos cada vez que nos reunimos en la Iglesia: la esperanza de la resurrección de los muertos.

Este tesoro de la resurrección, no podemos (no debemos) guardarlo para nosotros, sino transmitirlo y gritarlo a todo el mundo. Más allá de la muerte, estaremos vivos en Dios. Esta esperanza debe nutrir nuestra oración, especialmente en este mes dedicado a los difuntos. No olvidemos nunca al Dios de los vivos. Él nos llama a todos a compartir su vida ahora.

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