Domingo XXX del tiempo ordinario: Seréis mis testigos

«¿Publicanos o fariseos? ¿Testigos o figurantes? El ambiente no es muy propicio. El corazón humano busca y necesita entregarse, darse a los demás. Por desgracia hemos puesto el listón de lo importante o de lo aceptado en el numero de likes que uno es capaz de aglutinar. Por lo que podemos caer en la tentación de dar más importancia a la apariencia que a la realidad; más fuerza al parecer que al ser, y eso es lo que les pasaba a los fariseos».

Por fray Roberto Sayalero, OAR

«En la evangelización el ejemplo de vida cristiana y el anuncio de Cristo van juntos; uno sirve al otro. Son dos pulmones con los que debe respirar toda comunidad para ser misionera. Este testimonio completo, coherente y gozoso de Cristo será ciertamente la fuerza de atracción para el crecimiento de la Iglesia incluso en el tercer milenio. Exhorto por tanto a todos a retomar la valentía, la franqueza, esa parresia de los primeros cristianos, para testimoniar a Cristo con palabras y obras, en cada ámbito de la vida». Afirma el Papa Francisco en su Mensaje para esta Jornada Mundial de las Misiones, que celebramos este domingo bajo el lema Seréis mis testigos.

Desde esta perspectiva vamos a asomarnos al relato evangélico de este domingo. Puede que caigamos rápidamente en la tentación de pensar que “efectivamente nosotros no tenemos nada que ver con el fariseo, que la nuestra es la sencilla y compungida actitud del publicano”. Eso es bastante reconfortante porque la pestilencia de la hipocresía es bastante más penetrante que el hedor de la cloaca más caudalosa. Pero, ¿somos testigos? ¿Damos testimonio? Los misioneros son portadores de buenas noticias sea en forma de alimento, de educación, de acercar la misericordia y la ayuda de Dios por los sacramentos; portadores de infraestructuras, de escucha o de esperanza a raudales. Nosotros, ¿cuánto hace que no le damos a alguien una buena noticia, que no nos comprometemos para hacer la vida un poco más feliz a los de nuestro entorno? Ahí comienza la misión.

Puede que tengamos la tentación de pensar que la tierra sigue girando gracias a nosotros; o que por nuestra indispensable presencia el sol sigue ganando el combate diario con la luna. Los fariseos pensaban que eran los más importantes porque a los ojos de su Dios eran impolutos. Pero quizá nos acerquemos más a Dios si intentamos llevar nuestro ser cristianos de la mejor manera posible, cayendo y levantándonos, dudando y preguntándonos, sin creernos todo a pies juntillas; preocupados por los demás pero no para compararnos, sino para ver si podemos ayudarlos, si podemos repartir buenas noticias entre ellos. Dice el Papa en su Mensaje: «Los misioneros de Cristo no son enviados a comunicarse a sí mismos, a mostrar sus cualidades o capacidades persuasivas o sus dotes de gestión, sino que tienen el altísimo honor de ofrecer a Cristo en palabras y acciones, anunciando a todos la Buena Noticia de su salvación con alegría y franqueza, como los primeros apóstoles».

¿Publicanos o fariseos? ¿Testigos o figurantes? El ambiente no es muy propicio. El corazón humano busca y necesita entregarse, darse a los demás. Por desgracia hemos puesto el listón de lo importante o de lo aceptado en el numero de likes que uno es capaz de aglutinar. Por lo que podemos caer en la tentación de dar más importancia a la apariencia que a la realidad; más fuerza al parecer que al ser, y eso es lo que les pasaba a los fariseos. ¿Desde cuando se nos pide que seamos perfectos? Dudar, preguntarse es necesario, tanto como la actitud que muestra el publicano de ponerse en manos de Dios. Los que van sacando pecho y el único golpe que reciben es el de sus medallas, caminan en la dirección contraria a la del evangelio, donde se encuentran aquellos a quienes desprecian.

El Papa concluye su Mensaje con estas palabras: «Queridos hermanos y hermanas, sigo soñando con una Iglesia totalmente misionera y una nueva estación de la acción misionera en las comunidades cristianas. Y repito el deseo de Moisés para el pueblo de Dios en camino: «¡Ojalá todo el pueblo de Dios profetizara!» (Nm 11,29). Sí, ojalá todos nosotros fuéramos en la Iglesia lo que ya somos en virtud del bautismo: profetas, testigos y misioneros del Señor. Con la fuerza del Espíritu Santo y hasta los confines de la tierra. María, Reina de las misiones, ruega por nosotros». No hay tiempo que perder.

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