Domingo XXX del tiempo ordinario: “El que se enaltece será humillado y el que se humilla será enaltecido”

[Eclesiástico 35,12-14.16-19a; 2 Timoteo 4,6-8.16-18; Lucas 18,9-14] En la educación y en la psicología hay un término, el autoconcepto, que puede definirse como “la opinión que tiene una persona de sí misma”. El autoconcepto implica un juicio de valor: te concibes a ti mismo como bueno o malo. Esta opinión suele cambiar cuando hablamos con Dios o hablamos de Dios. Ante Dios y ante los demás, intentamos vernos como personas perfectas, sin mancha, que todo lo hacemos bien; a esto podríamos llamarlo enaltecernos.

Por fray José Francisco Oyanguren, OAR.

En el domingo trigésimo del tiempo ordinario la Palabra de Dios nos invita a centrarnos en nuestra realidad, a tener un autoconcepto realista; en palabras llanas, a ser humildes. Hemos escuchado la parábola del fariseo y el publicano. Por un lado, el fariseo que se enaltece, se autopercibe como perfecto, santo, irreprochable. Tal vez sea una actitud para justificarse, para complacerse, para mirar el mundo y a los demás desde una posición superior, a pesar de que conoce las miserias que llevaba por dentro. En contraposición, tenemos al publicano, que se sabe limitado y pecador, y es capaz de pedir la gracia de Dios para cambiar su vida y tiene la humildad para aceptarse tal cual es.

Nosotros podemos ver en qué posición nos encontramos, podemos tener nuestro autoconcepto real o falseado; al final, elegimos si nos decimos la verdad o nos engañamos a nosotros mismos, ya que a los demás y a Dios no los podemos engañar: nos conocen como somos y, aun así, nos quieren y nos aceptan. Ojalá que esta semana nuestra oración sea como la del publicano, sincera y afectiva, pidiendo al Señor la gracia para ser cada día mejores, para aceptar lo que somos con nuestros dones y nuestros pecados. Hoy el mundo necesita cada vez más personas humildes que sean capaces de acoger y no juzgar desde el escalón de la soberbia; que sean capaces de tender puentes y llevar la misericordia y el amor de Dios ahí donde desarrollan su vida cotidiana.

El domingo próximo también celebramos el DOMUND, domingo mundial de las misiones. En la primera lectura hemos escuchado que Dios no hace acepción de personas, y que la oración del oprimido, del pobre, de la viuda y del necesitado la escucha y la acoge con amor. Los misioneros están en esas realidades, al lado del que sufre, del que más necesita del amor de Dios. Hoy podemos ayudar a esas personas que dan su vida en favor de los más necesitados, especialmente con nuestra oración, pero también de manera material.

Ojalá que todos nos sintamos misioneros y estemos junto a las personas que necesitan una palabra de aliento, un gesto de amor, el pan de la Palabra y de la Eucaristía, de una manta, etc. Hoy nos toca a nosotros no hacer acepción de personas y ayudar, desde nuestra trinchera, a que el Reino de Dios sea una realidad cada vez más palpable en nuestra tierra.