Domingo XXIX del tiempo ordinario: No desanirmarse nunca.

«A partir de aquí, dos consideraciones para nuestra vida. Por una parte, siempre tenemos que recordar que la preocupación por los más pobres es una obligación inherente para todos los que queremos ser en verdad seguidores de Jesús. Por otra, en nuestra relación con Dios, pese a las dificultades, debemos intentar no caer en el desánimo y no dejarnos vencer por esas dudas que se instalan en nosotros como sanguijuelas».

Por fray Roberto Sayalero, OAR
Sigo aquí, Señor, rezando// oraciones que aprendí, // pero al preguntar por Ti, // sigo dudando, dudando. // Señor, por la duda ando // entre preguntas desnudas, // esperando a que Tú acudas // a despejarme neblinas: // yo te arranco las espinas,  // ¡arráncame tú las dudas!
Este poema del Antonio García Barbeito bien podíamos hacerlo nuestro en las circunstancias que a veces nos toca vivir, cuando se nos mueve el “suelo” por el que transitamos a diario y afloran con fuerza las dudas instalándose en nosotros sin pedir permiso, como si fuesen unos okupas impertinentes y ruidosos que no nos dejan descansar un momento. Ellas le plantan cara a Dios ganándole el pulso a nuestra fe comodona, atiborrada de respuestas infantiles o prestadas; acostumbrada a darlo todo por hecho.

Los creyentes caminamos a tientas con un puñado de certezas, ojalá conquistadas por nosotros. Pero eso no es suficiente. Continuamente tenemos que avivar nuestra fe, aunque, a veces, caigamos en la tentación de ver la oración como una tarjeta de crédito con la que accedemos al cajero, Dios, y si no nos responde pensamos que no nos escucha.

Hoy Jesús opone la impaciencia de los discípulos a la necesidad de la oración. Ellos, como nos pasa a nosotros algunas veces, quieren que Dios intervenga cuanto antes y ponga orden; pero Jesús no habla de venganzas sino del triunfo de lo humano sobre lo inhumano con la venida del Hijo del hombre.

La viuda de la parábola puede hacernos pensar hoy en tantos olvidados a quienes seguimos dando largas, o a quienes no dejamos que perturben nuestra vida o incluso nuestra relación con Dios. Surgen unas preguntas ineludibles: ¿Creemos como cree esta viuda? Porque el Hijo del Hombre viene allí donde creemos y nos mantenemos en la actitud de la viuda, representante suprema de Dios. Solo un corazón generoso puede pedir por los demás. La oración de quien solo se mira al ombligo tiene el mismo valor que los billetes del Monopoli. La frase final del evangelio, en la que se hace referencia a la fe, parece ser una llamada de atención del evangelista a la comunidad postpascual que había caído en el desánimo y la tibieza.

A partir de aquí, dos consideraciones para nuestra vida. Por una parte siempre hay tenemos que recordar que la preocupación por los más pobres es una obligación inherente para todos los que queremos ser en verdad seguidores de Jesús. Por otra, en nuestra relación con Dios, pese a las dificultades, debemos intentar no caer en el desánimo y no dejarnos vencer por esas dudas que se instalan en nosotros como sanguijuelas. Es verdad que muchas veces necesitamos un Dios con domicilio, que nuestras preguntas pulsen el timbre de su consulta en la tierra y no se pierdan en un “quién sabe dónde”. Pero no hay que perder la ilusión, aunque parezca tonta, de quien insiste porque confía en ser escuchado y se sabe querido y acompañado por Dios.

La oración de petición nos reconforta si parte de una fe honrada y despierta que no le pide a Dios imposibles, ni intervenciones espectaculares y puntuales, sino que busca en el fondo sentirse acompañado. La oración pasa porque nos pongamos en manos de Dios, para que sea él quien nos ayude a continuar, a seguir adelante. Como decía el poema del principio: entre preguntas desnudas,  // esperando a que Tú acudas // a despejarme neblinas: // yo te arranco las espinas, // ¡arráncame tú las dudas!

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