Domingo 28º del tiempo ordinario: El que margina se automargina; el que excluye se autoexcluye.

[2 Reyes 5,14-17: Volvió Naamán a Eliseo y alabó al Señor; 2 Timoteo 2,8-12: Si perseveramos, reinaremos con él; Lucas 17,11-19: ¿No ha vuelto más que este extranjero para dar gloria a Dios?] En una sociedad mercantilista en que todo se compra y se vende, tiene difícil cabida la gratuidad y la gratitud; nos sentimos dueños de todo y marginamos al diferente porque tememos tener que compartir con él.

Por fray Hugo Badilla, agustino recoleto

En un mundo acostumbrado a separar, a marginar y a dividir, el Evangelio de hoy nos invita a sumar, a no marginar a nadie, sea de la condición que sea, porque lo más importante que nos une es nuestra condición de hijos amados de Dios. Esto significa comunión, aceptar a todos y no excluir a nadie.

En tiempo de Jesús nos encontramos con un drama terrible que era muy común en el pueblo de Dios: la existencia de la lepra. El libro del Levítico quiso regular esta realidad para evitar contagios de lepra y asoció la enfermedad a la impureza y al pecado. El leproso era impuro y estaba excluido de la sinagoga, del culto y de la sociedad. Era una verdadera y cruel segregación. El culto judío contemplaba un laborioso ritual relacionado con la impureza… cientos de preceptos que habían hecho de la fe un conjunto insoportable de normas contra lo que Jesús se rebela.

Hoy descubrimos a un Jesús profundamente humano e integrador. Era un verdadero escándalo para la mentalidad de su tiempo. Y esta actitud de Jesús reintegra a los leprosos a la sociedad de nuevo para que no se sientan marginados y lo hace sin incumplir la ley: ”Id y mostraos a los sacerdotes”.

Esta es la actitud permanente y “escandalizadora” de Jesús. Se empeña en no separar ni juzgar y nosotros nos pasamos la vida juzgando y excluyendo. Y no solo el pecado, que sería lo lógico, sino que también excluimos con su pecado al pecador. A veces nos sentimos seducidos por el Antiguo Testamento y sus leyes condenatorias: “Ojo por ojo y diente por diente”; preocupados más de las formas y del templo que de la justicia. Tenemos el peligro en estos tiempos de las formas y de la mirada atrás, de estar más preocupados en la iglesia por lo externo que por la justicia, por la pureza que por la caridad, por las filacterias y mantos que por los pobres.

En fin, que nuestro encuentro con los leprosos de hoy nos haga descubrir nuestra propia lepra para que no miremos a nadie con desdén. Y que como aquel hombre de Dios, que fue el padre Damián en la isla de Molokai, que se fue a vivir con los leprosos y acabó muriendo leproso, sepamos compartir nuestra vida con todos aún con el riesgo de dejarnos manchar y tocar por ellos.

Y necesitamos ser agradecidos. Solo uno de los leprosos y, precisamente, el extranjero, volvió a dar gracias a Jesús.

Nos estamos acostumbrando a vivir la vida como si fuéramos dueños y no huéspedes. Y solo somos peregrinos hacia una tierra que no es nuestra. Los primeros cristianos tenían honda conciencia de que somos de otro lugar y hacia él nos dirigimos impulsados por la gracia de la fe.

Seamos agradecidos por tanto bien como hemos recibido de lo alto.

.