“¿Quién, yo?” “No puedo, es que…” ¿Cuántas veces has reaccionado así cuando te piden tareas difíciles, cuando debes salir de tu castillito confortable? En esta Semana Vocacional Virtual te traemos para reflexión la historia vocacional del profeta Jeremías, que sirve para poner sobre la mesa nuestros propios miedos, confusiones e inquietudes y darles solución.

El relato que proponemos de la vocación del profeta Jeremías muestra cómo, pese a los miedos, se puede dar la vuelta a las dificultades y ponerse al servicio de la llamada recibida con confianza y alegría.

Dios llama a todos aquellos con vocación cristiana, a todos los bautizados, a ser sus profetas. Tiene un sueño para cada unoadecuado a su edad y situación personal, social, capacidades, cualidades y defectos, forma de ser.

– ¿A quién hablas, Señor? ¿A mí?

– ¡Sí, a ti! Conmigo todo lo puedes. No tengas miedo.

¿Como rechazar la llamada de Dios? ¿Cómo te pide Dios que colabores en la misión de Jesús, que no es otra que salvar y dar felicidad a toda la humanidad redimida?

1. La vocación de Jeremías (Jr 1, 4-19)

«El Señor me dirigió la palabra:

Antes de formarte en el vientre te escogí; antes de salir del seno materno te consagré y te nombré profeta de las naciones.

Yo repuse:

¡Ay, Señor mío! Mira que no sé hablar, que soy un muchacho.

El Señor me contestó:

No digas que eres un muchacho, que adonde yo te envíe, irás; y dirás lo que yo te mande. No les tengas miedo, pues yo estoy contigo para librarte –oráculo del Señor–.

El Señor extendió la mano, me tocó la boca y me dijo:

Mira, yo pongo mis palabras en tu boca, hoy te establezco sobre pueblos y reyes, para arrancar y arrasar, destruir y demoler, edificar y plantar.

El Señor me dirigió la palabra:

¿Qué ves, Jeremías?

Respondí:

Veo una rama de almendro.

Me dijo:

¡Has visto bien! Yo también estoy alerta para cumplir mi palabra.

De nuevo me dirigió la palabra:

¿Qué ves?

Respondí:

Veo una olla hirviendo que se sale por el lado del norte.

Me dijo:

Desde el norte se derramará la desgracia sobre todos los habitantes del país. Voy a reclutar a todas las tribus del norte –oráculo del Señor–: vendrá y pondrá cada uno su asiento frente a las puertas de Jerusalén, en torno a sus murallas y frente a los poblados de Judá. Entablaré pleito con ellos por todas sus maldades: porque me abandonaron, quemaron incienso a otros dioses y adoraron las obras de sus manos.
Y tú, cíñete, en pie, diles lo que yo te mando. No les tengas miedo, o yo te intimidaré delante de ellos. Yo te convierto hoy en plaza fuerte, en columna de hierro, en muralla de bronce, enfrentado a todo el país: a los reyes y a los príncipes de Judá, a los sacerdotes y a los terratenientes; lucharán contra ti, pero no te vencerán, pues yo estoy contigo para librarte –oráculo del Señor–.

Dios se hace presente en la vida de Jeremías, sabe cómo es y qué puede esperar de él. Y por eso lo consagra como profeta:

«Antes de formarte en el vientre, te escogí; antes de que salieras del seno materno, te consagré: te nombré profeta de los gentiles».

Dios le habla al oído, le confiesa su amor, le propone una misión a la vez que le garantiza su compañía y su ayuda en la misión. Pero Jeremías es consciente de sus limitaciones, de su fragilidad. No se ve capaz de hacer lo que Dios le pide:

«¡Ay, Señor mío! Mira que no sé hablar, que soy un muchacho».

Dios es exigente. Pide lo mejor de Jeremías. Se lo pide todo. Una confianza sin límites.

«Adonde yo te envíe, irás, y lo que yo te mande, lo dirás. No les tengas miedo».

Dios lo llena de sus dones, lo toca con su mano consagrándolo:

«El Señor extendió la mano y me tocó la boca; y me dijo: “Mira: yo pongo mis palabras en tu boca”. Le comunica su fuerza ante las dificultades: Mira; yo te convierto hoy en plaza fuerte, en columna de hierro, en muralla de bronce».

Y le promete su asistencia:

«Lucharán contra ti, pero no te podrán, porque yo estoy contigo para librarte. Oráculo del Señor».

2. Jeremías una historia apasionante

A Jeremías le tocó vivir uno de los momentos más difíciles de su pueblo: la caída de Jerusalén y el destierro de Babilonia. Vivió todo aquello con sus miedos, dudas, debilidades, pero con la firme confianza de que Dios puede sostener y dar sentido a una existencia como la suya, marcada por la incomprensión y el fracaso.

Jeremías en su libro nos acerca a los abismos de soledad y abandono, a sus riesgos y desafíos, y a esa fidelidad última de una palabra encendida en sus entrañas que pugnará por salir, venciendo decepciones y resistencias. Dios se fija con preferencia en lo que es menos apto o es desproporcionado o indigno.

3. La clave de la Vocación – Misión

En el Antiguo Testamento, la vocación es siempre para realizar una misión concreta de servicio que se sustenta en la fe y que cambia tanto la vida de quien ha sido escogido por Dios, como la de los destinatarios de su servicio. El binomio “respuesta de fe – encargo” (vocación –misión) es el fundamento del gozo del elegido, incluso en medio de las dificultades.

Se acepta la misión con humildad y disponibilidad, sin sentirse halagado o pensar que por el encargo se está en un escalón por encima del pueblo a quien deben servir.

Se establece un diálogo entre el elegido y Dios, siguiendo tres pasos o etapas:

1 • llamada (vocación),

2 • preparación (consagración),

3 • y encargo de la tarea (misión).

El elegido es, además “conocido por Dios”, es decir, existe una relación personal querida por Dios antes -incluso- de que el profeta viera la luz al nacer. Y a lo largo de toda su vida, Dios no deja de lado a su elegido:

«Yo estoy contigo» (Jr 1,8)

La vocación se vive como invitación de Dios a asumir el compromiso de salvar a todos los seres humanos mediante personas elegidas débiles y pecadoras.

Claro ejemplo de lo dicho es Jeremías. Su misión gira en torno a la Palabra; su vocación, por lo mismo, la experimenta como un diálogo permanente y confiado con su Señor. Su mismo relato vocacional, que hemos presentado arriba, se estructura como un diálogo.

4. Quizá seas como Jeremías

A todos los bautizados, Dios nos ha hablado y ha puesto su mano en nuestros labios para anunciar la Buena noticia, para proclamar a los cuatro vientos que Dios nos ama con locura, especialmente en aquellos lugares donde los nubarrones del sufrimiento son más densos.

Somos, sí, somos profetas del amor de Dios. Si no crees que lo eres, cierra los ojos unos minutos y busca la presencia de ese Dios-amor-compañero en los momentos más importantes de tu vida y cómo has ido respondiendo a su llamada, aunque en aquel momento te pareciera lo contrario.

En el libro de Jeremías la historia de nuestra vocación está representada en una frase se repite con frecuencia:

«Recibí esta palabra del Señor».

Lo más complicado es hacer vida ese no tengas miedo, yo estoy contigo para librarte. La tentación de sentirnos solos o de no ver la mano de ese Dios que nos sostiene toma cuerpo cuando las cosas no van bien o no salen como nosotros queremos.

Sin embargo, no podemos olvidar que, como Jeremías, somos instrumentos de Dios los unos para los otros. Piensa también en aquellos que han sido en tu vida instrumentos de Dios. No ahorres ningún nombre.

5. Decálogo del profeta

  1. Toma conciencia de que Dios te ha elegido y eres instrumento suyo.
  2. Ten fe, confía en Dios sin medias tintas.
  3. Ten claro que este mundo puede ser mucho mejor, mucho más humano y más justo.
  4. Camina alegre; estés donde estés no te dejes borrar la sonrisa.
  5. Escucha con atención a los demás.
  6. No te compares con nadie, siente que a pesar de tus limitaciones, Dios está contigo.
  7. Mantén el interés por lo que haces a diario, porque ese es tu verdadero tesoro.
  8. Sé prudente. Escucha a jóvenes y mayores, pues también son instrumentos de Dios y te permiten alcanzar sabiduría.
  9. Cuídate frente a la soledad, la fatiga y el estrés. Muchas angustias y enfermedades nacen de estos tres excesos.
  10. Procura estar en paz con todos, también con Dios. Eso te hará sentir feliz.

6. Test: ¿Cuál es tu grado de profetismo?

— ¿Qué signos reconozco, en el “aquí y ahora” de mi vida, de la presencia de Dios, de su llamada, de la misión a la que me empuja?

— ¿Cuáles son mis miedos, mis limitaciones, mis excusas, mis “enemigos”? ¿Cómo los puedo superar?

— ¿Cómo puedo ser profeta en mi día a día, en la realidad cotidiana en la que vivo?

— ¿Comparto mi experiencia creyente con el resto o procuro que nadie se entere?

— ¿Tengo asumido que ser bautizado es, también, ser profeta?

Y una vez que hayas respondido a esas preguntas, haz este cuestionario online. ¿Cuál es el resultado? ¿Eres o no eres un profeta?