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Un recoleto en las tierras de los Bratsy (Bri Bri)


Un recoleto en las tierras de los Bratsy (Bri Bri)
17-09-2017 Costa Rica
Desde el 29 de julio al 22 de agosto el agustino recoleto Hugo Badilla llevó a cabo una experiencia misionera de verano en la parroquia de San Antonio de Padua de la comunidad de Bribri, en Limón. La convivencia con este pueblo indígena costarricense le permitió tener una nueva experiencia con lo hasta entonces desconocido. Así lo describe el propio Hugo.
El viaje comenzó en San José, la capital del país; por delante, seis horas de autobús y una mochila cargada de ilusiones y buenas intenciones. Las primeras imágenes estuvieron marcadas por el paso desde las altas montañas a los extensos valles de la costa caribeña costarricense.

Al llegar nadie me esperaba en la estación, gran sorpresa para un viajante primerizo. Preguntando conseguí llegar a la parroquia y ahí encontré el motivo del aparente olvido de mi llegada. El padre Carlos, sacerdote diocesano párroco del lugar, atendía a dos familias indígenas que caminaron durante seis horas por las montañas para llevar comida a sus casas y algo de medicinas para sus hijos.

Por allí había también niños en catequesis, un grupo de jóvenes aprendiendo a tocar la guitarra, otros tratando de formar un coro y las señoras cocinando tamales que venderán en la misa del domingo para sufragar los gastos básicos de la parroquia.

Desde el primer momento en que se pasea por las calles de este pequeño pueblo aparece evidente la realidad de la sencillez del lugar: una iglesia pequeña, junto a ella una escuelita, la estación de policía y un puñado de casas de donde con timidez se asoman niños curiosos ante la presencia de un visitante.

Efectivamente, son personas muy sencillas y con muchas necesidades, pero sobresale en ellos un gran interés y deseo por construir Iglesia. Desde el primer momento me hicieron uno más de su comunidad y, sin percibirlo, ya tenía asignado mi rol.

Yo estaba dispuesto a ayudar en lo que hiciera falta, desde servir en la misa hasta lavar los platos o cortar la leña que atizaba el fuego de la vieja cocina. Al final, fueron 24 días llenos de actividades. El día comenzaba a las cinco de la mañana, en parte porque los congos (una variedad de mono) con sus fuertes aullidos despertaban a quienes en kilómetros a la redonda intentábamos sumar unos minutos más a la noche.

Luego del baño comenzaba la oración: oficio de lecturas, laudes y un poco de tiempo para la meditación; luego el desayuno, que era la comida más fuerte del día ya que, en ocasiones, inlcuso sería la única hasta la cena.

Por las mañanas se preparaban las salidas y visitas a domicilios y comunidades: los listados de alimentos, ropa y medicinas previamente donadas. Otros días se llevaba a cabo la limpieza y acomodación de las distintas áreas físicas de la parroquia, las aulas, los salones y los jardines.

Por las tardes, y de manera gradual, se visitaba alguna de las 22 filiales o comunidades dispersas por el área rural. En ellas se programan de manera semanal, quincenal e incluso mensual la celebración de la eucaristía y otros sacramentos o se organizaban actividades propias para cada comunidad.

En varias ocasiones acompañé al párroco; y en otras, dadas las circunstancias y las necesidades, nos separábamos para llegar a más sitios. De acuerdo a mis posibilidades, cuando iba solo, realizaba pequeñas catequesis con los niños o liturgias de la Palabra. Además, en la sede central de la parroquia, de manera ocasional, pude servir ofreciendo alguna charla con los grupos pastorales, lectio divina y, los jueves, la adoracion del Santísimo.

Son muchas las personas de todas las edades que pude conocer; todos deseosos de colaborar y de trasmitir lo bueno que Dios a hecho en sus vidas. Son amantes de su cultura, al punto de cerrar las puertas de sus comunidades a quienes intentan cambiarla. Sus historias están marcadas por los recuerdos de sus ancestros, pero también por la destrucción que los conquistadores trajeron a sus tierras.

No transmiten en ningún momento odio a quien no pertenece a su etnia, simplemete lo que piden es que se respeten sus derechos. Son la parte desconocida del país, pues los demás costarricenses “sabemos que están ahí”, pero poco hacemos por reconocerles.

Los días fueron pasando y el contacto fue creando mayores lazos de fraternidad. Los que al inicio nos mirábamos con curiosidad luego nos estrechamos las manos como hermanos en Cristo. No hacían falta muchas palabras en nuestros diálogos, porque el centro estaba claro, era Dios, quien nos sacó de nuestras realidades para movernos a una nueva. Dios nos llamó y nos unió para construir la Iglesia, su Iglesia.

Las despedidas, al menos para mí, nunca son sencillas; y esta no fue la excepción. Las palabras no brotaban del todo al inicio, pero tras el abrazo más tierno de una niña, corrieron con toda su fuerza. Las circunstancias me llevaron a esa comunidad en donde Dios me quería dar una gran lección de sencillez, de trabajo y de lo que representa la vida para muchos de nuestros hermanos. Una pequeña ventana que se abrió para iluminar un poco mejor mi vida.

Ahora es el momento de retomar el camino, de sacar las conclusiones de la experiencia y, ante todo, de cargar mis baterías de las cosas buenas con que fui bendecido. Sé que muchas personas me tienen presente en sus oraciones, quienes me abrieron las puertas de sus casas y sus familias y por quienes pido a Dios que siga derramando sus continuas bendiciones.

Dios marca la vida de cada hombre y la mía fue marcada por un pequeño pero gran pueblo de la costa caribeña de Costa Rica: mis hermanos los “Bri Bri”.


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