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“Los niños de la calle” no es un título periodístico, sino una realidad


“Los niños de la calle” no es un título periodístico, sino una realidad
18-11-2017 Otros Países
Fernando Martín Esteban, agustino recoleto vallisoletano, se encuentra en Freetown, Sierra Leona desde hace unos cuarenta días como voluntario en una casa de los religiosos Salesianos que han acogido 235 personas, la inmensa mayoría niños víctimas de las terribles inundaciones que han asolado recientemente este país africano. Fernando cuenta lo que ve, lo que está viviendo personalmente, cómo viven “los niños de la calle”.

“Ha pasado un mes y siguen sentados en las escaleras de la entrada de una casa abandonada. Son los mismos chicos que, cuando llegué, me dejaron sin palabras mientras observaba desde el balcón su realidad. Son chicos que han parado su reloj esperando que alguien les pida que carguen sacos de arena, cemento, piedras o que limpien las cañerías a cambio de unos pocos leones -moneda de Sierra Leona- que les dé para comer ese día. Chicos que, cuando les entra el sueño duermen en la acera, si se la puede llamar así, mientras la gente transita indiferente a lo que sucede.

Horas muertas jugando con un tapón de botella, que les sirve de balón y dos piedras como portería. Horas de desgarradora e irracional violencia cuando por algo insignificante para cualquier persona, pero vital para ellos como pueden ser 1.000 leones -unos veinte céntimos-, se desata una batalla campal que los acaba ensangrentando, rompiendo la única ropa que tienen y con las huellas de los dientes de su adversario en el brazo o en la espalda.

Es el día a día de chicos que prefieren esto a ser maltratados en su familias, explotados sexual o laboralmente y que tienen que escuchar a diario “cuidado con las cucarachas, no las pisen, valen más que tú, negro de mierda”. Es el día a día que te hace bajar a chocar las manos con ellos, escuchar sus problemas, ayudarles en sus enfermedades y salir a separarles para que no se hagan daño.

Son los mismos chicos que, cuando por la noche se les ofrece un espacio para compartir valores, jugar con juegos de mesa y recibir el alimento que los sostenga al día siguiente, te saludan y abrazan con cariño. Los mismos que con los ojos vidriosos y una sonrisa llena de ternura, te dicen: “quiero que seas mi padre, llévame contigo, págame la escuela porque aquí mis compañeros me hacen bullyng”. Y son palabras de un chico que su padrastro envió a la calle y un taxista destrozó la pierna con la rueda cuando le pedía un trozo de pan. Ese mismo chico que, en agradecimiento por la presencia, te regala una bolsita de plástico rellena con algunas palomitas compradas en la calle.

¿Qué futuro les espera? ¿Hasta dónde hay que esperar para que reaccionemos y reaccionen? ¿Quién lo sabe? Tal vez sólo Dios. Pero si tuviéramos una pizca de amor de Dios, todo cambiaría en sus vidas y en las nuestras. Dios no abandona. Está presente y sufriendo en silencio a través del que se parte el corazón cuando les desea feliz noche y sabe que van a dormir entre tablas debajo de máquinas o, en el mejor de los casos, en un colchón compartido bajo la autoridad de quien mañana les hará trabajar todo el día para él.

Nadie sabe ni el momento ni la hora, pero la mano silenciosa de Dios aparece en cada momento y les sostiene de forma inexplicable. Su vida parece sin rumbo y eso que algunos apenas tienen diez años, pero la presencia del voluntario, el apretón de manos desde el corazón, las donaciones anónimas, les esponja la vida y les lanza un grito sincero: “Tú eres importante para mí”, y ellos, con su frágil mirada, te devuelven una lección de vida diciendo en crío: “Tell papa God tenki” (Doy gracias a papa Dios).

Es difícil entender su presencia. Pero si no es por el milagro diario de Dios, sería imposible que día tras día, nuestros niños, tus niños, puedan alimentarse y sobrevivir sin enfermarse. ¿No te gustaría ser un héroe anónimo que sabe valorar lo importante de la vida? Tu recompensa será descubrir la felicidad de la vida, la presencia milagrosa y amorosa de Dios a través de intercambiar lo poco o mucho que Dios pone en tus manos y la grandeza de tu corazón humano expresada en la sonrisa sincera y agradecida. Se puede ver la realidad desde la televisión, el móvil, el ordenador, desde el balcón o mezclado entre ellos. Tú decides, ellos no pueden.”




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