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CEAR Costa Rica cierra su programa anual de retiros agustinianos de silencio


CEAR Costa Rica cierra su programa anual de retiros agustinianos de silencio
19-11-2017 Costa Rica
Un centenar de participantes han particiado en alguno de los cuatro retiros agustinianos de silencio, de tres o cinco días de duración, durante el curso 2017 en el Centro de Espiritualidad Agustino-Recoleta de Costa Rica. Esta oferta atrae cada vez a más personas en un espacio de silencio, reflexión y descanso de la vida cotidiana que se ha mostrado para ellos como inigualable.
Durante el curso 2017, en el Centro de Espiritualidad Agustino-Recoleta (CEAR) de Costa Rica, los retiros agustinianos de silencio han marcado un camino de encuentro y vida para alrededor de un centenar de personas a partir de la temática elegida para este año.

Dicho tema ha partido del evangelio de San Juan y su significado para san Agustín. Los textos, en concreto, han sido los diferentes “Yo soy” que dice Jesús a lo largo de las páginas del cuarto evangelio: “El camino, la verdad y la vida”, “el pan de vida”, “la luz del mundo”, “el buen pastor y la puerta” y por ultimo “yo soy la vid”.

Durante 2017 CEAR Costa Rica ofreció tres retiros de fin de semana (desde el viernes hasta el domingo) y uno de una semana completa, en el que también participaron los religiosos agustinos recoletos en Costa Rica.

El silencio, la búsqueda y el encuentro con el maestro interior se han mostrado como una necesidad habitual para quienes viven en una sociedad rápida, ruidosa, cambiante, sin espacios de reflexión y sobreabundancia de información.

Por ello, CEAR Costa Rica lleva dos años ofreciendo cinco retiros anuales de tan solo media jornada de duración, pero en los que se ofrece una pincelada suficiente para tocar muchos corazones inquietos. Tienen una alta participacion y son, a su vez, una llamada “desde la práctica” para que las personas intenten conseguir unos días más en sus obligaciones para participar de retiros más largos.

Quienes participan saben que el ambiente de silencio y reflexión no penaliza, sino que facilita la alegría de las horas compartidas, de caminos de encuentro, de conversiones, de sentimientos desbordados, de comunidad, de confrontaciones interiores.

Despues del silencio, todos llegan a experimentar su corazon henchido de amor desbordado. Un amor que se se irradia al volver a la vida cotidiana, como muchos indican. He aquí algunos testimonios sobre estas vivencias del CEAR Costa Rica.


— ÉRICKA • “Algo faltaba”

Fui criada en una familia de matriarcas, mujeres fuertes, decididas y emprendedoras. Un escenario donde la figura masculina no era representativa, allí nací. Siempre tuve la duda de poder cumplir las expectativas de esa familia, por cierto, siempre muy altas. Aún así, me sentía apoyada por mis propios logros académicos y laborales. Familia disfuncional al fin, término por cierto muy desdibujado, pues me pregunto qué familia es funcional.

Lo espiritual siempre existió, no como centro de nuestras vidas, sino más bien como “un valor exigido”, un “debe ser”. Mi madre cuenta que siendo niña ayudaba a limpiar la ermita que recién habían construido cerca de su casa y, de camino a ésta, pasaba por los jardines de las casas “robando” flores para ponerlas en el altar. Quién diría que ese simple gesto bendeciría y protegería a mi familia y a mí de muchos sucesos que pasaban a nuestro alrededor.

Siendo adolescente, con todas las experiencias traumáticas que eso implicó, sobreviví gracias a la pastoral juvenil de mi parroquia. Al ser más independiente económicamente y gozando de muchas libertades, también me entregué a “disfrutar mi juventud”, de la cual tengo muy lindos recuerdos. Sin embargo, algo faltaba.

Al casarme y tener a mi hija se complementó mi vida, además sin dejar un cierto éxito económico, académico y laboral. Estaba completa. ¿Qué más le podía pedir a la vida? Pero, extrañamente… algo faltaba.

Con mayores comodidades me sentía extraña en una vida que no me habían enseñado ni tenido. Inicié contactos con la parroquia y sus grupos y tareas que, aunque tímidos, me enseñaron poco a poco el camino correcto. Particularmente me ayudó un sacerdote con una capacidad intelectual y espiritual que me cautivó. Fue encendiendo en mí la llama que ahí yacía, muy dentro, tan dentro que ni cuenta me daba.

Me mudé de barrio y parroquia y pensaba en la forma de poder integrarme de nuevo, siempre de una forma tímida. Publicitaron un retiro de silencio: era de tres días. Mi primer pensamiento fue: “Silencio, eso es algo antinatural; soy psicóloga, mujer y latina”.

Pero la curiosidad me invadió y me pedía experimentar y comprobar si lograba estar en silencio; no me llamaba la atención participar de la experiencia espiritual a la que hacían referencia con ese silencio.

Con los ojos muy abiertos, llenos de curiosidad, entré en la Casa de Formación San Ezequiel Moreno, en la sede de CEAR Costa Rica, sin conocer a nadie. Tras las instrucciones administrativas y la explicación de la dinámica del retiro, el agustino recoleto Víctor González (quien era la primera vez que conocía), nos pidió cerrar los ojos e iniciar nuestra experiencia.

Esta vez fue espiritual; inmediatamente me vi a mí misma con seis años de edad, muy delgada, con medias altas, una luz cegadora, una túnica blanca, fui corriendo a los brazos de alguien a quien conocía muy bien, feliz, segura. Lo abracé con fuerza; estaba en casa de nuevo.

Del silencio aprendí que puedo sobrevivir en él, realizarme en él y, lo más impresionante, aprender en él de la presencia de Dios, que siempre ha estado aquí, conmigo, esperando. Descubrir con él todas las sensaciones espirituales, las respuestas a muchas de mis incógnitas, dejar mis miedos y consecuentemente aumentar en un 100% mis expectativas en él.

Con mucho entusiasmo empecé a conocer a san Agustín. Me sentía totalmente identificada con cada parte de su vida, su intelecto, sus logros, su experiencia espiritual y transformación, sin dejar de lado el legado escrito que me tiene simplemente impresionada, con su aplicabilidad actual…

En el CEAR he aprendido de la Familia Agustino-Recoleta, de su carisma y del servicio a los demás. Carisma que ofrece un orden, tradición, estructura, uniformidad, claridad y actualidad que siempre había añorado. Aquí puedo, ahora sí, ser yo, realizarme como profesional, aprender como otros y experimentar la presencia y la voluntad de Dios en todo lo que hago. En una palabra: estoy enamorada.

Aprender, aprender, aprender, en forma insaciable, es la sensación que ahora tengo en el CEAR para poder dar con responsabilidad y humildad lo que Dios así me tenga encomendado. He perdido mucho tiempo; sin embargo, ahora sé que estoy en la senda correcta, ahora sé que nada falta.


— EMILIA • “Vine a buscarlo, y lo encontré”

Tengo 55 años y soy madre de tres hijos de 31, 28 y 15 años, y abuela de un pequeño de 4 meses. Estoy divorciada. Asistía a misa los domingos en el Seminario San Ezequiel Moreno, y en su comunidad estaba mi confesor. Además, en 2014, en un evento del CEAR, invitaron a mi hija a tocar el violín.

A partir de ahí empecé a participar de charlas y actividades del CEAR. Conocí la figura de san Agustín y su madre Mónica, con quien me identifiqué mucho, ya que mis hijos están alejados de mí y de Dios. Leí de ella su dolor, su llanto y su permanente oración por la conversión de su hijo Agustín. Empecé hacer la novena de santa Mónica para imitarla orando y orando sin descanso.

Agradezco a Dios haberme llevado a este lugar. Mi camino en el CEAR de la mano de Agustín y Mónica han modificado mi vida familiar y espiritual.

Participé de cursos como el de Eneagrama 1 y 2. Despúes de mi primer retiro de silencio. Y con el tiempo me invitaron a ser una de las personas que imparte los Talleres de Oración Agustiniana, reto que acepté agradecida e ilusionada. También pude ofrecer una charla en un retiro de silencio de media mañana.

Este año participé en mi segundo retiro de silencio de tres días. Fue un regalo de Dios que me centró en el seguimiento de Jesús; fue un deleite estar con Él sacramentado, él me habló, se manifestó, me abrazó, me consoló y me dijo “abandónate en mí”. Vine a buscarlo y lo encontré.

Me llevo este tesoro que será testimonio de vida para ser esa luz que el Señor nos pide ser. Como dice san Agustín: “He aquí que amaste la verdad, porque el que obra la verdad vive a la luz”. Mi agradecimiento para todos los que organizaron este retiro que tanto ha significado para mí.


— KATHERINE • “Siempre, en algún lugar, Él nos espera”

Tengo 28 años, y soy profesional de la educación física. Además sirvo a mi comunidad dentro del CEAR, las Juventudes Agustino Recoletas (JAR) y el grupo “Rosas de Santa Rita”, que brinda a personas enfermas tiempo en forma de visitas, compañía y oración, así como medicinas, instrumentos terapéuticos y alimentos.

El primer encuentro donde descubrí el gran amor que Dios me tiene fue precisamente un retiro de silencio del CEAR Costa Rica. Llegué con mi corazón lleno de dudas, buscando cariño, queriendo sentirme completa y tener una buena conversación con Dios.

Él por, medio de su gracia, hizo que regresara a mi propio corazón y me ayudó a descubrir lo que en él había: cosas muy buenas y también vacíos, pecados, deseos fáciles y momentáneos. Salí con muchas ganas de ser una persona diferente a la que entró, porque entendí que hay un Padre que siempre va a mi lado, que nunca me ha dejado sola que todos los días me da las fuerzas y, cuando faltan, su mano para levantarme y seguir.

El CEAR me ha concedido un gran provecho personal y espiritual. Todo comenzó con la inquietud de formarme en los talleres para así, como dice san Agustín, “conocerme, aceptarme y superarme”.

Este proceso tiene mucho valor para mí, porque Dios ha dado sentido a mi caminar, me hizo regresar a su luz, me demostró que una vida junto a Él vale la pena, me hizo ver cuánto amor tiene por mí.

El siguiente paso fue servir en el CEAR, en los Talleres de Oración Agustiniana. Por medio de este servicio puedo ver cómo la gracia de Dios trasforma la vida de las personas. De un tema, una palabra, una canción, una frase, surge un encuentro cercano de Dios con sus hijos. Estos talleres son un espacio de amor con Dios en medio de una vida tan acelerada.

La experiencia de formarme, encontrarme y servir a otros ha hecho que día a día me enamore de este servicio y que ya no pueda pensar mi vida sin el abrazo y la compañía del Padre, todo Amor. Por eso, a todas las personas que anden en esa búsqueda, les recomiendo que se regalen estos espacios. Siempre, en algún lugar, nos está esperando nuestro Buen Pastor.


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