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Año de la Santidad: Un contemplativo en los palacios de la nobleza
Antiguo convento recoleto de Madrid.


Año de la Santidad: Un contemplativo en los palacios de la nobleza
05-11-2017 España
El agustino recoleto Juan de la Magdalena (1583-1657) se nos presenta en este artículo del historiador Ángel Martínez Cuesta como un perfecto ejemplo de la conjunción de contemplación y acción del carisma de nuestra Familia; así como un modelo de lo que puede significar una vida santa desde la vivencia cotidiana del carisma agustino recoleto.
El hermano Juan de la Magdalena nació el año 1583 en Fresno de Cantespino (Segovia), un pueblo de montaña, situado al norte de la sierra de Ayllón, expuesto a los vientos del norte y del oeste y no lejos de las actuales instalaciones invernales de La Pinilla.

Sus habitantes vivían de la agricultura, de la ganadería y de algunos alfares de cerámica. En tiempos pasados había sido campo de batalla y había visto desfilar al Cid camino del destierro. Hoy cuenta con poco más de cien habitantes, que suben a casi trescientos si se le suman algunas pedanías anejas.

De niño, Juan se entretenía organizando procesiones y enseñando el catecismo a sus compañeros. De los 10 años a los 14 vivió con un ermitaño que habitaba aquellas montañas, mostrando ya una clara tendencia a la vida contemplativa.

El 22 de julio de 1605 vistió el hábito de donado en el convento recoleto de Valladolid, en el día de santa Magdalena, una santa por la que desde entonces sintió una tierna devoción. Con san Juan Bautista, cuyo nombre le impusieron en el bautismo, será la inspiradora de su amor al retiro, a la penitencia y a la humildad.

Como entonces el noviciado de los donados no exigía la permanencia en la casa-noviciado, pudo acompañar ese mismo año al provincial en la visita canónica. Profesó en Salamanca al año siguiente y en 1608 pasó al estado de hermano lego. Desde 1609 a 1612 alternó el oficio de limosnero del convento de Madrid con otras ocupaciones: hortelano, cocinero, enfermero.

Su manifiesta propensión al retiro y a la contemplación movió a sus superiores a permitirle que acompañara al padre Juan Palomeque a Málaga. Mientras Palomeque desempeñaba su cometido y se dedicaba a la predicación, él se retiró a una cueva de Alhaurín de la Torre y allí continuó dos años en íntimos coloquios con Dios y enseñando el catecismo a los niños de la comarca. Esas serán siempre sus dos ocupaciones favoritas.

En 1614 volvió a Madrid, donde reasumió durante nueve años (1614-1623) su antiguo oficio de limosnero. En ellos se convirtió en uno de los personajes más populares de la ciudad.

El pueblo lo considera hombre lleno de Dios, humilde, discreto y sensible a las necesidades del prójimo. Pero su porte causó especial impacto en los estratos más altos de la sociedad, que se disputaban, literalmente, su compañía.

Requieren su consejo, consiguen de sus superiores que los acompañe durante temporadas más o menos largas y le dan abundantes limosnas, que el fraile distribuye entre los conventos. Entonces se encontraban, casi todos, en construcción más o menos avanzada. Los de Madrid y La Viciosa fueron los más favorecidos.

“Conócese lo sumo de su reverencia”, escribió Diego de Santa Teresa a mediados del siglo XVIII, “en la solicitud que ponía en adornar los altares, ya con ramos artificiosos, ya con naturales flores; en lo que adelantó la fábrica de algunos templos, y especialmente el de Madrid, donde hizo, a expensas de las limosnas de sus devotos, la custodia y aseado tabernáculo, fabricó el enrejado que divide el altar mayor y sus colaterales, y mejoró el púlpito”.

En mayo de 1623 Felipe IV quiso que formara parte de la comitiva que acompañó al Príncipe de Gales en su viaje de regreso a Londres. A su regreso a Madrid, la reina Isabel de Borbón le encomendó la distribución de catecismos, misales, casullas, cálices y otros ornamentos entre las iglesias pobres de las montañas de Burgos, Vizcaya, Cantabria, Asturias y León. Llegó a socorrer a unas 400 iglesias.

Fue esta una época de íntima satisfacción espiritual. Gozaba enseñando el catecismo a los niños y sustituyendo los viejos objetos de culto, de materiales viles, de mal gusto y muy deteriorados, por otros de materiales más nobles y de hechura más cuidada. La belleza y el esplendor del culto fue siempre una de sus aspiraciones. El Dios de sus amores merecía lo mejor.

Años más tarde consiguió una preciosa custodia para el convento de Madrid, valorada en mil ducados, unos 60.000€ en moneda actual. Durante su permanencia en Roma encargó retratos de santos de la Orden y de los mártires de Filipinas para los conventos españoles.

Estos dos episodios, de los que él mismo nos dejó una breve descripción, muestran que ya entonces era un religioso distinto, con entrada en las capas más altas de aquella sociedad tan estratificada. No era difícil imaginar que de continuar en la ciudad esta fama habría seguido creciendo. Pero no eran esas sus aspiraciones.

Él era un contemplativo, un enamorado de Dios y a él quería dedicarse por completo. Creyó que su sitio estaba en el Desierto de La Viciosa (Cáceres), un convento en el que los recoletos habían logrado una fecunda síntesis de cenobitismo y eremitismo. Este último se practicaba en las ermitas que rodeaban al convento. A ellas se retiraban por turno los religiosos del convento que querían llevar una vida de más soledad y más oración.

En La Viciosa se sintió feliz. Cercó el terreno del convento, construyó una ermita dedicada a santa Magdalena y en ella habría querido consumar el resto de su vida. Pero los superiores apenas le permitieron vivir allí un par de años.

Los nobles y sus superiores le señalaron un género de vida muy distinto. Desde 1628 hasta días antes de su muerte su casa serían los palacios de Roma, Nápoles y Madrid. Pero el recuerdo de La Viciosa no le abandonará ya nunca. Continuará siendo el objeto de sus sueños, ayudará a completar su decoración y en una ocasión tendrá el consuelo de volver a visitarlo.

Durante su permanencia en Madrid aprovechó sus frecuentes visitas al convento para construir en él dos ermitas. La primera, dedicada a la samaritana, la colocó en medio de la viña que entonces ocupaba gran parte de la huerta del convento. A la segunda, muy próxima a la enfermería, se retiraban con frecuencia no pocos personajes de la nobleza.

La promoción del conde VI de Monterrey a embajador de España en Roma cambió el rumbo de su vida. Su esposa, hermana del conde-duque de Olivares, logró que sus superiores le mandaran por obediencia que la acompañara, primero, a la Ciudad Eterna (1627-1630), y, luego, a Nápoles (1631-1637) y Madrid (1637-1654), donde el conde actuó de virrey, presidente del Consejo de Italia y miembro del Consejo de Estado.

En las tres cortes llevó una vida de ermitaño, vistiendo pobremente y no mezclándose para nada en asuntos políticos. Solo aspiraba a tener un rincón donde entretenerse con su Dios, a buscar el bien espiritual de sus protectores y a construir un ambiente de paz entre la abundante servidumbre del palacio.

En Nápoles construyó una pequeña ermita, que adornó con santos de la orden y poco después se convirtió en capilla real. En el palacio del Marqués de Eliche, hijo de Luis de Haro, el favorito de Felipe IV, introdujo el rezo a coros del santo rosario y la recitación del oficio de la Virgen.

Sus esfuerzos por pasar desapercibido fracasaron una y otra vez. En Roma atrajo la atención del papa Urbano VIII, que quiso ordenarlo de sacerdote, y del cardenal Francesco Barberini, y en Milán la del cardenal Federico Borromeo.

Las reinas Isabel de Borbón y Mariana de Austria le encomendaron el feliz éxito de sus partos. Al nacimiento del príncipe Baltasar Carlos (1629), la condesa de Olivares le escribió una carta en nombre de la reina. La emperatriz María de Austria quiso llevárselo consigo a Viena.

En 1641 acompañó al conde Monterrey en la campaña de Portugal; al año siguiente en la de Aragón, donde se detuvo 18 meses, y en 1647 al semi-destierro de Torrelaguna. Aquí, además de reconciliar a los franciscanos con la población que los acusaba de haber trasladado las reliquias de santa María de La Cabeza a Madrid, alivió la hambruna que la afligió aquel año con el reparto de cien raciones diarias.

Similar había sido su actuación en Mérida y en Badajoz. En esta última ciudad contribuyó a aliviar la tensión que enfrentaban al prior del convento agustino con sus religiosos.

La familia Monterrey, unida a la Recolección por haber construido y dotado magníficamente el monasterio de las Agustinas Recoletas de Salamanca, en el que profesó su hija, fue la más allegada al santo hermano.

Desde que entró en su casa, se negó a desprenderse de él y compartir su presencia con otras familias, aunque fueran más encumbradas. Pero no se negó a que se comunicara con ellas. De hecho, mantuvo relaciones muy estrechas con la marquesa de Leganés, las condesas de Medellín y Benavente, el cardenal Moscoso, sobrino del duque de Lerma y arzobispo de Toledo, el inquisidor general Diego de Arce y Reinoso, el patriarca de las Indias y otros personajes de alta alcurnia.

La condesa de Medellín nos ha dejado una amplia relación de sus virtudes y prodigios, que no fueron pocos. Moscoso no se recataba en llamarle santo y admiraba la prudencia con que se conducía en los palacios.


Significación

La figura del hermano Juan tiene para nosotros un interés excepcional. Pertenece a la segunda generación de agustinos recoletos. Profesa cuando la Orden acababa de sortear los primeros obstáculos, comenzaba a difundirse por Castilla y Aragón y estaba a punto de enfilar la proa hacia el Extremo Oriente.

Es lo que entonces se llamaba hermano de obediencia, un tipo de vocación insuficientemente valorado, que encarna a la perfección nuestra vocación contemplativa y supo vivirla en circunstancias sumamente adversas con una habilidad y constancia, que habrían sorprendido al mismo san Francisco de Sales.

Aunque sin formación académica, era un hombre de gran inteligencia. Era observador, habilidoso en las cosas materiales, prudente, abnegado, de alma sensible y con una idea clarísima de su vocación. Esa idea dirige su vida y la defiende con pasión y eficacia.

Los compañeros y testigos recuerdan su humildad, su laboriosidad, su espíritu de sacrificio, su amor al retiro y a la pobreza, su don de gentes y su paciencia y ecuanimidad. En abono de esta última virtud aducen su indiferencia ante la ruptura intencionada de unos vidrios que traía todo ilusionado al convento, ante los bofetones de un hermano que quiso poner a prueba su paciencia (1612) o la coz de una mula que estaba errando.

Pero insisten, sobre todo, en la intensidad de su vida de oración. Admiran al religioso que añadía a las dos horas diarias de meditación, marcadas por la ley, otras del día y de la noche, al religioso que conservaba una presencia casi continua de Dios, el «Compañero», al que tantas veces aludía, y se abstraía lo mismo en medio del bullicio callejero que en ritual palaciego. No pudiendo penetrar en el interior de su espíritu se deleitan en recordar sus manifestaciones externas.

A menudo no podía contener el ardor que abrasaba sus entrañas y se deshacía en lágrimas, prorrumpía en gritos, o se le escapaban jaculatorias, poesías, motetes y requiebros ingenuos. “No quiero nada, Señor; a Vos solo os quiero; no deseo gozar sino solamente sufrir y merecer”.

Otras veces rompía a correr, danzar y bailar al son de un timbal que él mismo se había labrado. En las fiestas del Jueves Santo, el Corpus y Navidad, escribe la condesa de Medellín, “daba carreras por la capilla mayor, saltaba de placer, danzaba y ejecutaba otras muchas demostraciones que le iba dictando el lleno de su alegría”.

Tras horas de adoración, en las que alternaba el silencio con los gritos de júbilo, no acertaba a separarse del objeto de sus amores y volvía a empuñar su timbal y comenzaba a retirarse repitiendo varias veces el siguiente pareado:

“con esto acabo, con esto acabo,
misericordias Domini in aeternum cantabo”.


En Navidad interpelaba al diablo con este otro:

“¿Cómo le va al diablo
con el Niño en el establo?”.

El Señor se complació en su oración y en ocasiones lo enriqueció con arrobos, éxtasis y resplandores que envolvían su rostro. Estos fenómenos obtuvieron el aval de dos vicarios generales de la Congregación y de otros muchos religiosos.


Muerte y memoria

El hermano Juan falleció a mediados de abril de 1657 en el convento de Madrid, a donde se le había permitido regresar una semana antes de su muerte.

El marqués de Eliche, en cuyo palacio había vivido los últimos tres años de su vida, le dedicó un funeral solemnísimo, con asistencia de los grandes de la corte y de las órdenes religiosas. Un impresionante gentío abarrotó la iglesia y sus alrededores, y durante algunos días desfiló ante su tumba.

El sermón estuvo a cargo del jesuita Manuel de Nájera, uno de los predicadores más prestigiosos del momento. Se publicó en el tomo cuarto de su sermonario.

La Orden y el pueblo lo despidieron como a un santo, y con el fin de lograr su glorificación oficial se reunieron sus cartas y se recogieron abundantes testimonios. Con ese mismo fin el Capítulo General intermedio de 1657 mandó hacer informaciones. En 1662 apareció una extensa biografía publicada en Sevilla, debida a José de San Esteban, religioso que le había conocido durante el noviciado.

En 1680, al exhumar sus restos para darles una sepultura más digna, su cuerpo apareció incorrupto. Pero la idea de instruir su proceso de beatificación cayó en el olvido, quizá a causa de la incompleta autonomía de la Congregación.

A mediados del siglo XVIII la comunidad continuaba venerando su memoria. Su tercer cronista, Diego de Santa Teresa, le dedicó 131 páginas en 1753, un espacio que triplica el de las biografías más extensas antes publicadas.

Ángel Martínez Cuesta, agustino recoleto
Instituto de Historia y Espiritualidad de la Orden de Agustinos Recoletos


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