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María de la Consolación, en la historia secreta de san Ezequiel Moreno


María de la Consolación, en la historia secreta de san Ezequiel Moreno
04-09-2017 España
Para celebrar el día de Nuestra Señora de la Consolación, advocación mariana de inmensa importancia para la Familia Agustino-Recoleta, proponemos la lectura de este artículo del agustino recoleto Manuel Carceller, “El beato Ezequiel Moreno y la Virgen María”, publicado en 1975. Tan solo lo hemos actualizado llamando santo al que era aún beato. Y terminamos con una poesía del también agustino recoleto Ángel Sáenz, titulada “Plegaria”.
SAN EZEQUIEL MORENO Y LA VIRGEN MARÍA

Su Santidad Pablo VI, en la homilía pronunciada en el solemne acto de la beatificación de cinco siervos de Dios —uno de ellos nuestro padre Ezequiel Moreno—, dijo las siguientes palabras:

“Los nuevos beatos nos hablan de su amor a la Virgen, animadora constante y estrella luminosa de su apostolado. María, como Madre de Dios y de la Iglesia, colabora con maternal amor en el nacimiento y en la formación de los fieles; por eso, se la encuentra presente de manera especial en la historia secreta de los santos”.

Pues bien, de san Ezequiel y su amor y devoción a la Virgen María nos vamos a ocupar, anotando lo que sobre este tema hemos podido recoger […].

Escuela de devoción mariana fue ya para él su cristiano hogar, Félix, el padre, muy devoto de la Santísima Virgen, asistía todas las mañanas con sus dos hijos varones, Eustaquio y Ezequiel, al llamado Rosario de la Aurora. El mismo Ezequiel lo recordará cuando, a su regreso de Filipinas, en 1885, predicó en su pueblo natal, Alfaro, en el mes de octubre en la iglesia de las religiosas dominicas, de la que él había sido sucesivamente monaguillo y sacristán:

“A este templo —decía derramando lágrimas—me traía mi difunto padre de la mano y aquí rezábamos y cantábamos el santo Rosario, cuando yo apenas podía balbucir las palabras”. De esto se hace eco el mismo decreto pontificio por el que se aprueba la heroicidad de sus virtudes, al dejar constancia de que desde su tierna infancia saludaba todos los días a la Bienaventurada Virgen María con el rezo del Rosario. No es de extrañar, pues, que, al vestir el hábito de agustino recoleto, escogiera para apellido de la Orden esta advocación mariana. En adelante se llamará Fray Ezequiel Moreno de la Virgen del Rosario.

En Filipinas, cuando es nombrado capellán castrense y misionero de la Paragua, la capilla que se construye en Puerto Princesa la dedica a la Inmaculada Concepción, que desde entonces continuará siendo su titular. Destinado a regir la parroquia de Las Piñas, cerca de Manila, introduce en la misma la celebración solemne de la fiesta de la Inmaculada y funda sendas cofradías en honor de la Virgen del Rosario y de la Consolación.

Durante su rectorado en Monteagudo aprovecha la celebración el año 1887 del XV Centenario de la Conversión de San Agustín para hacer unas obras en obsequio de su querida Virgen del Camino, que de tiempo atrás anhelaba. Dio luz cenital a su camarín y le puso pavimento de mármol; se doró todo el altar mayor y se colocaron barandillas de hierro en el presbiterio.

De los años de su estancia en Colombia solamente hay constancia de su labor mariana en Pasto, que conocemos por el testimonio siguiente de un padre jesuita:

“¡Cuánto no se interesaba también para propagar devoción a la Santísima Virgen! En primer lugar alentaba con su asistencia a las solemnidades que se celebraban en la iglesia de la Merced, la devoción predilecta de los Pastusos a su excelsa Patrona; y cuando ocurría alguna calamidad pública, hacía llevar procesionalmente a la Catedral la venerada imagen con el objeto de hacerle novenas y rogativas, como sucedió tantas veces durante la última guerra de Colombia; yendo él a fomentar con su presencia la piedad de sus diocesanos y a disfrutar del consuelo espiritual que experimentaba al oír los requiebros de amor y confianza de la gente sencilla y piadosa delante de la imagen de la Augusta Señora del cielo.

También tenía especial cuidado del Santuario de Las Lajas, habiendo proyectado levantar un suntuoso templo que se comenzó antes de la última revolución, y que tuvo que suspenderse por esta revolución, perdiéndose todo lo hecho por ese mismo abandono forzoso.

¿Qué no hizo para extender la devoción del Santísimo Rosario, ya alentando la práctica del Rosario de la Aurora, que en su tiempo se inició en la iglesia de Santo Domingo, ya dando recursos para repartir gratis rosarios, como lo hizo especialmente una vez con mucha largueza, poniendo a mi disposición mil francos para hacer venir de Bélgica rosarios bendecidos por los Padres Crucíferos, y que por desgracia se malograron en gran parte por haber llegado a Tumaco en tiempo que estaba ocupado ese puerto por las tropas revolucionarias?

Asistía también con gusto a las fiestas de la Divina Pastora que celebraban con mucha pompa los Reverendos Padres Capuchinos, de la Inmaculada celebrada en Santo Domingo por la Congregación de Matronas, y de otras advocaciones de la Augusta Reina del cielo”.

A lo anterior hemos de añadir que fomentaba las romerías a los santuarios marianos. En agosto de 1904 se reunieron en Ancuya unas diez mil personas para honrar a Nuestra Señora en el misterio de su Purificación. Allí estaba él para dirigirles unas palabras y darles la bendición. Y, finalmente, a él se debe la consagración de su diócesis de Pasto a la Inmaculada.

Muchos fueron los sermones marianos predicados por nuestro santo Ezequiel. Son varios los que se conservan. En sus predicaciones no pocas veces se le vio hablar emocionado y derramar lágrimas, sobre todo cuando trataba de la Santísima Virgen. Y esto sucedía ya en los años de permanencia en Filipinas. Así lo atestigua el P. Antonio Muro, su compañero en Puerto Princesa y luego subprior de Manila.

Del tiempo del Rectorado de nuestro santo en Monteagudo, el citado P. Muro, que era su vicerrector, cuenta que “predicando en cierta ocasión de las Flores de María, supo mover hondamente los corazones exhortando a los fieles a honrar a nuestra buena Madre, sin más que algunas reflexiones sobre aquel verso: Venid y vamos todos con flores a porfía, etc., reflexiones hechas con tanto entusiasmo y fervor que daban a conocer y comunicaba a los demás la devoción y amor que hacia María Santísima abrasaba su alma enamorada”.

Hemos hojeado los dos pequeños volúmenes publicados de cartas a personas particulares. Encontramos en algunas de ellas referencia a la Virgen María, a quien llama nuestra buena Madre, nuestra dulcísima Madre, nuestra amantísima Madre. Leemos en una de las misivas: “Se deje llevar siempre de esa buena Madre, se agarre fuertemente de su mano y la ame mucho, sirviendo a su Santísimo Hijo con humildad y grandes deseos de perfección”. Dice en otra: “No sin fundamento acude a la Santísima Virgen, porque sin Ella no se hará perfecta ni santa, una vez que su Santísimo Hijo Jesucristo, Señor nuestro, ha dispuesto que todas las gracias pasen por sus benditas manos”.

Muestras de amor a la Virgen María aparecen asimismo en algunas de las Circulares y Pastorales de nuestro santo. “Amad también con todo corazón, y tributad un culto tierno y filial a María Santísima, excelsa Madre de Dios y cariñosa Madre nuestra”, dice en su primera Pastoral, junio de 1896, dirigida a sus diocesanos de Pasto.

Hemos visto anteriormente su proyecto de levantar un suntuoso templo para la Virgen de Las Lajas, que al final tuvo que suspenderse. Firma san Ezequiel el 5 de agosto de 1899 una Pastoral en la que, después de ensalzar las glorias de la citada Virgen, “gloria y alegría de estos pueblos”, ordena que, con el fin de ayudar a la construcción del templo, mientras duren las obras se haga una colecta en todas las iglesias de la diócesis en cada una de las principales festividades de Nuestra Señora.

El 28 de abril de 1903 envía una circular a los sacerdotes de la diócesis invitándoles a que se unan a las “voces entusiastas de Obispos, sacerdotes y fieles” que se levantan por todo el mundo pidiendo al Papa “que se digne declarar dogma de fe la Asunción corporal do la Santísima Virgen a los cielos”.

Su Santidad san Pío X, para celebrar “con extraordinaria solemnidad el quincuagésimo aniversario de la dogmática Definición de la Inmaculada Concepción de la Virgen”, nombró una Comisión cardenalicia que dispusiera y dirigiera las fiestas cincuentenarias. Nuestro santo publicaba el 25 de enero de 1904 una Pastoral en la que transcribía el documento pontificio y el programa propuesto por la referida Comisión.

A su vez designaba también una Comisión diocesana para que desarrollase las normas dadas en Roma y pensase “en otros medios de celebrar con el mayor esplendor y religioso entusiasmo la fiesta”. El mismo se adelantaba ya con algunas disposiciones sobre el particular. Más tarde promovió misiones y peregrinaciones a los Santuarios de la diócesis.

El 17 de mayo del ya citado año 1904 dirige una Circular al clero secular y regular de la diócesis en la que les dice que, la fiesta del 8 del referido mes, celebrada como se viene haciendo en el mismo día de cada mes en honor de María Inmaculada Nuestra Señora, el predicador “manifestó a su numeroso auditorio un santo pensamiento suyo, que también era nuestro, como uno de tantos medios que podían emplear nuestros pueblos para honrar a María Inmaculada en este año, en el que todos los pueblos católicos hacen esfuerzos para honrarla y glorificarla”.

Dicho pensamiento era el de que el nuevo Departamento que se iba a crear en la región a la que pertenecía la diócesis de Pasto fuese llamado “Departamento de la Inmaculada”, en vez de “Departamento de Nariño”. Defiende la idea contra las razones que presentaban los oponentes a la misma y encarece a los párrocos “que animen a los fieles a poner sus firmas al pie de la petición que se manda impresa para cada parroquia”. Pudo más la oposición y fracasó el proyecto.

Finalmente, el 2 de agosto del mismo año 1904 publica una nueva Pastoral con ocasión de mandar a sus diocesanos copia de la Encíclica de san Pío X “Ad diem illud laetissimum”, dada con motivo del quincuagésimo aniversario del dogma de la Concepción Inmaculada de María. El fin de la Pastoral “no es otro que hacer notar ligeramente los principales pensamientos de tan bella producción, para que, al leerla íntegra, se saboree mejor, y señalar el tiempo en que se ha de ganar el Jubileo, dispuesto por el Santo Padre”.

Publicó asimismo nuestro santo Ezequiel un opúsculo titulado Devoción a los dolores internos del Sagrado Corazón de Jesús. Su hermosa conclusión la dedica al Sagrado Corazón de María. Transcribimos uno de sus párrafos:

“iMadre mía! No era posible que concluyera este librito sin acordarme de Ti, y sin decir a los hombres que te amen mucho. Era necesario que, habiendo hablado del Corazón de tu Divino Mijo, hablara también de tu Corazón, porque tu Corazón anda siempre junto al de tu Hijo, y no pueden estar separados. Además, ¡es tan dulce hablar de ti, Madre mía! ¡Gozo tanto en sólo pensar que pueda contribuir, con estas líneas que te dedico, a que alguna alma te dirija siquiera un suspiro de amor y de cariño! ¡Ojalá consiga eso, y más! ¡Madre mía! Más, porque mucho más mereces...”.

Cuando san Ezequiel, obediente a las peticiones de sacerdotes y religiosos, sale de Pasto para trasladarse a Europa con el fin de ver si había remedio a sus llagas malignas palatonasales, pasó por el Santuario de la Virgen de Las Lajas, a la que tanta devoción tenía, para despedirse de su amada Señora.

Una vez en Madrid le indican para operarle a un acreditado especialista y se le lleva para ello a un Sanatorio que, singular coincidencia, lleva el nombre de Nuestra Señora del Rosario, advocación tan querida por él. Después de dolorosísimas operaciones, viendo que el mal se agravaba, decidió retirarse a Monteagudo, al convento-santuario de la Virgen del Camino.

“Voy a morirme al lado de mi Madre”. Y allí, en una pobre celda, elegida por tener una pequeña tribuna que da al presbiterio de la iglesia, entregó su alma al Creador el día 19 de agosto de 1906.

“Todo el tiempo que duró postrado en cama, tenía el rosario en la mano, y con frecuencia se le veía que lo estaba rezando. Otras veces alargaba la mano para coger una de las estampas que tenía cerca, ora la del Sagrado Corazón, ora la de la Santísima Virgen, o bien la de San José”.

Y quien durante su vida había dado tantas pruebas de amor a María, una de las cuales había sido la petición al Papa en 1903 de la declaración del dogma de la Asunción de la Virgen, subiría a la gloria de los altares, precisamente, el mismo día que se celebraba el quincuagésimo aniversario de la proclamación de dicho dogma.

Manuel Carceller, agustino recoleto.


Plegaria [Fray Ángel Sáenz, agustino recoleto]

               ¡Madre de la Consolación! Estrella
               de luz radiante y bella
               que el horizonte alumbras de mi vida.
               tú endulzas sus dolores y quebrantos,
               y de consuelos santos
               llenas al alma triste y dolorida.

               ¡Centro de todo amor, Virgen Sagrada!
               con el alma llagada
               hoy a tus plantas con afán me llego,
               para que cures todas mis dolencias
               y sanes las demencias
               de este mi corazón, que es duro y ciego.

               Calma, sí, mis pesares, Madre mía.
               Dame la paz que un día,
               ya muy lejano, abandoné, insolente;
               aquella paz que, siendo aún tierno niño,
               te pedí con cariño
               a los pies de tu imagen sonriente.

               Torna a mi corazón, Madre del alma,
               la inquebrantable calma
               que el mundo me robó con sus engaños.
               Dame ese dulce y celestial reposo
               bálsamo venturoso,
               que cure mis profundos desengaños.

               Haz que vuelva otra vez a este mi pecho
               por el llanto hoy deshecho
               aquella paz sencilla y verdadera
               que bañaba en sus límpidas corrientes
               mis deseos ardientes,
               las ansias todas de mi edad primera.

               De aquellos venturosos de mi infancia
               tiempos que en su fragancia
               impregnaron el largo del camino
               de esta que arrastró mísera existencia,
               tiempos cuya inocencia
               buscando voy errante y peregrino.

               Cuando mi santa madre cariñosa
               mecíame amorosa
               contra su pecho, de ternezas lleno,
               y ocultando mi cuerpo en su regazo
               dándome un fuerte abrazo
               mil veces, estrechándome a su seno.

               “Temo —decía— temo por tu suerte.
               ¡Si pudiera tenerte
               de mi regazo al maternal abrigo!...
               Mas, ya que al mundo por sufrir viniste,
               resiste, hijo, resiste,
               lucha hasta el fin: tu dios será contigo”.

               Y después a tus plantas me postraba,
               tu imagen me enseñaba
               diciéndome: “Hijo mío, ésa es tu Madre.
               Si de tu vida alguna vez la estrella
               se escondiere, acude a ella,
               cuando el pesar tu espíritu taladre...”

               ¡Cuán presto sus augurios se cumplieron!
               ¡Ay! Sobre mí vinieron
               males sin cuento, rudos padeceres...
               El enemigo desplegó sus iras,
               y, urdiendo mil mentiras,
               el mundo me brindaba sus placeres.

               Y me hirieron los hombres con hermosas
               palabras mentirosas,
               con promesas de amigos desleales;
               que amor eterno, aleves, me juraron
               y solo me dejaron
               en los que lloro dolorosos males.

               Pero hoy, cual ave inquieta que alza el vuelo
               desde el oscuro suelo
               a las regiones diáfanas y puras,
               así mi alma, de padecer cansada,
               fija en ti su mirada
               que fuiste un día madre de amarguras.

               ¡Virgen sin par, criatura la más bella!
               Radiante, hermosa estrella
               que esplendes en el cielo de mi vida.
               Acoge mi oración, oye mi ruego
               hoy que a tus pies me llego
               con el alma angustiada y afligida.

               Bajo tu manto a gusto me cobijo.
               Mírame, soy un hijo
               que en tu bondad sin límites confía.
               Si grandes son mis culpas, es más grande
               para que no se ablande
               tu amante corazón, ¡oh madre mía!

               Calma del Dios potente los enojos.
               Vuelve a mí esos tus ojos
               llenos de caridad para el que llora.
               ¡Reina de la alegría y del consuelo!
               Llévame pronto al cielo,
               allí donde la paz eterna mora.


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