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Las armas del Hogar Santa Mónica contra la violencia


Las armas del Hogar Santa Mónica contra la violencia
17-07-2017 Brasil
El Hogar Santa Mónica de los Agustinos Recoletos en Fortaleza se constituye como un espacio de paz y seguridad para unas residentes que, de una forma u otra, han sufrido en todos los casos violencia, ya sea física o psicológica. La estrecha relación de la sociedad brasileña con la violencia tiene cifras que asustan y que analizamos.
El Hogar Santa Mónica de los Agustinos Recoletos en Fortaleza (Ceará, Brasil) ofrece un espacio de seguridad, paz y sanación de heridas físicas y psíquicas para niñas y adolescentes que han sufrido violencias de diversos tipos, desde sexual hasta psicológica, desde el abandono a la falta absoluta de amor (que es una grave violencia), por parte de su entorno más inmediato.

El Hogar no solo trabaja, dentro de su extenso proyecto social, con las propias víctimas, sino también mediante la acción de los asistentes sociales y psicólogos con los entornos inmediatos donde se produjeron aquellas agresiones. Es necesario para poder conocer de antemano si, una vez que la niña o adolescente ya está preparada para una nueva vida, el entorno va a poder respetarla y cuidarla como no hizo antes.

La pregunta de fondo es por qué la violencia se ha enquistado en la sociedad brasileña: está demasiado presente en las calles, en los hogares, en las escuelas, en los centros de trabajo y zonas de diversión. La prensa se ha hecho recientemente eco de cifras realmente aterradoras: cada año hay en Brasil 59.000 asesinatos, y esta es solo una de las muchas violencias existentes. Muy pocos pueden decir que conocen a un brasileño que no haya sido asaltado.

Es cierto que son los agresores los principales responsables de cada violencia cometida. Pero vale la pena una reflexión, más para quienes se dedican a buscar soluciones, acoger víctimas o intentar mejorar la situación dentro de una red de personas que quieren el bien.

No puede quedar sin registrar que la desigualdad, la injusticia, la impunidad, la falta de oportunidades laborales o educativas, el abandono social de sectores completos del país, la falta de estructuras y recursos en sanidad o educación, también son factores clave en esta generalización de la violencia.

La sociedad brasileña con sus problemas seculares está permitiendo y hasta favoreciendo la aparición de individuos que no sienten el bien común como bien propio, con comportamientos autodestructores, sin esperanza de futuro, “sin nada que perder”, porque la misma sociedad no ofrece a todos los mismos bienes sociales, las mismas oportunidades y los mismos caminos de futuro. La pobreza encierra en un círculo demasiado agobiante y poderoso a quienes nacieron en ella.

Los sistemas “defensivos” que ha creado la propia sociedad están basados en la reclusión, la pérdida de libertad, la militarización de las fuerzas del orden y el endurecimiento de las leyes; y otro medio aún más violento y cada vez más común, el linchamiento social.

“Solo con más escuelas de calidad, más puestos de salud y hospitales con recursos y profesionales, más cultura en la calle, más bibliotecas, más teatros y cines abiertos, más espacios de deporte y contacto con la Naturaleza conseguiremos que Brasil deje de estar en guerra permanente”, dice el agustino recoleto José Alberto Moreno, director del Hogar Santa Mónica.

Todos tenemos en nuestro imaginario común el modelo de lugar violento donde la muerte impera más que la vida, donde las ciudades son pura destrucción y escombro, vistos a perspectiva de dron: Siria.

Pues bien, choca mucho saber que en Brasil hay al año más asesinatos que en la propia Siria, conforme los datos del Observatorio Sirio de Derechos Humanos. Aún más, el número de brasileños asesinados cada año (59.000) es más de la mitad (el 62%) del total de muertos de los 50 conflictos armados internacionales reconocidos actualmente (97.000 muertos en guerras). La media anual de muertos en Siria es de 53.000, 6.000 menos que en Brasil. Los escombros del dron engañan.

En definitiva, Brasil parece no querer quedarse atrás en esa preocupante tendencia mundial de recrudecimiento de la violencia, multiplicación de grupos terroristas, avance del tráfico de armas, intolerancia religiosa o desigualdad económica. Desde el fin de la Guerra Fría en 1991, el mundo va sumando cada año cifras, un in crescendo continuado,de muertes violentas no naturales.

En el mundo hay hoy once guerras, si entendemos por guerra aquellos conflictos en los que se registran batallas con más de mil bajas humanas. Los países que tienen esta característica son Yemen, Irak, Nigeria, Siria, Afganistán, Somalia, Ucrania, Paquistán, Sudán, Sudán del Sur y Chad. Naciones Unidas incluye también México por su guerra contra el narcotráfico. Brasil no está en la lista, pero sus víctimas son del mismo calado.

La Universidad Federal de Ceará (UFC) en su sede de Fortaleza tiene un Laboratorio de Estudios sobre la Violencia. Luiz Fábio Paiva trabaja en él y ofrece un análisis desolador sobre la actuación de los poderes públicos respecto a la violencia:

“No hay en Brasil o en el Estado de Ceará una política de seguridad y de justicia estructurada de manera sistemática, con un plan y metas claras, acciones que busquen resultados de medio y largo plazo; en realidad todo se inventa y se reinventa cada dos años según pactos electoralistas”.

Para Paiva los profesionales de la seguridad actúan sin autonomía en relación a la política, y no tienen recursos suficientes para enfrentarse a escenarios de violencia de tal magnitud como los que se ven en las estadísticas brasileñas.

En el Hogar Santa Mónica se vive cada día con las marcas de violencias pasadas, en algunos casos con muy poco tiempo de historia, casi presentes; y, desde luego, presentes en sus consecuencias.

Aquí están las víctimas de esas violencias que cada día luchan por dejar atrás esa violencia y recuperar su dignidad, para dejar de ser víctimas marcadas, con la ayuda de profesionales, y sin saberlo, especialmente las más pequeñas, aún no conscientes de que en el Hogar lo que hacen cada día es precisamente luchar.

También están los profesionales que lidian con diversas violencias. En los programas de asistencia social, visita domiciliar y apoyo a barrios especialmente desfavorecidos como la Barra do Ceará, donde está el Centro Psicosocial San Agustín, deben recorrer con sus propios pies algunos de esos lugares donde el Estado dejó de tener algún poder hacer tiempo y son facciones diversas las que dominan toda la vida social. Solo con el permiso de los “soldados” de esas facciones podrían llegar hasta esa parte de la población más abandonada.

El Centro Cultural San Agustín, esa parte de las instalaciones del Hogar Santa Mónica donde hay dos aulas y una biblioteca y centro de datos, el lugar donde las pedagogas y profesores voluntarios (entre ellos algunos agustinos recoletos) enseñan cada día a las niñas residentes, es una poderosa arma contra la violencia. No se ve ni se siente, pero quienes se educan en él aprenderán valores y abrirán la mente para ser y sentirse más humanas, aprender cada jornada que es la empatía o la solidaridad, valores antídoto de cualquier violencia.

Un arma de conocimiento divertido y de diversión que ayuda a aprender que tampoco se ha librado de la violencia y en las últimas semanas ha sufrido los robos de material informático. Infelizmente, los ladrones no roban libros para leerlos.


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