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Visita al Río Pauiní, en lo más profundo de la selva amazónica


Visita al Río Pauiní, en lo más profundo de la selva amazónica
25-02-2017 Brasil
La Parroquia de San Agustín de Pauiní (Amazonas, Brasil) ha realizado del 2 al 15 de febrero la visita anual a las familias desperdigadas por el río Pauiní, afluente del río Purús. Un equipo pastoral coordinado por el párroco, el agustino recoleto Joseph Shonibare, trae una nueva experiencia de acompañar y recibir el cariño de algunos de los habitantes más aislados del planeta.
“Acabamos de volver y ya estamos en tierra firme después de dos semanas en el barco Mario Sabino de la parroquia de San Agustín. Con los habitantes del río Pauiní hemos compartido, celebrado, admirado, rezado, reído y les hemos servido en lo que hemos podido. Con los insectos hemos luchado, porque parece que no les importaba mucho el repelente extra fuerte. Gracias Señor por este viaje misionero por el río Pauiní”.

Así expresaba por las redes sociales el agustino recoleto Joseph Shonibare su agradecimiento por los días de desobriga(la visita pastoral anual de los misioneros) en el río Pauiní, donde unas pocas familias dispersas viven de los frutos de la selva amazónica y sus ríos, olvidados por las autoridades y en una de las formas de vida más aisladas que existen actualmente en el planeta.

Gildo Sousa es uno de los miembros del equipo pastoral que ha acompañado al religioso recoleto. Este es su relato de esta aventura y experiencia humana y espiritual de gran calado.


Alegría, amor y sorpresas en el río Pauiní

Del 2 al 15 de febrero hemos llevado a cabo este viaje misionero a los pequeños poblados y familias del río Pauiní, a las que además de la celebración de los sacramentos y la compañía humana, llevábamos las donaciones de ropa y medicinas de la Parroquia para estas personas que tienen las economías más precarias de toda nuestra comunidad parroquial.

También hemos podido practicar la virtud de la paciencia pese a usar bastante repelente de insectos, especialmente con el “pium” o mosca negra, un pequeño insecto simúlido que mide entre uno a cuatro milímetros, ataca en grandes grupos y es uno de los transmisores de la oncocercosis.

Mientras pican inyectan un anestésico, un vasodilatador y un anticoagulante que evitan que la mordedura se note. Pero es posteriormente cuando se produce una fuerte irritación e inflamación de la zona que, en algunos casos, puede necesitar atención médica.

Fueron nuestros acompañantes fieles e insistentes durante los catorce días, y la verdad que se nos hizo difícil proclamar, al estilo de Francisco de Asís, “bendito seas Señor por nuestros hermanos piuns, que pese a ser tan pequeños hacen una obra tan grande y majestuosa en forma de marcas en la piel, como una obra llena de vida”…

Durante todas las jornadas pudimos ver la obra admirable de la Creación. La Naturaleza se nos mostraba digna de gran admiración, enorme, sublime, majestuosa y esplendorosa.

El agustino recoleto Joseph Shonibare, coordinador parroquial, acompañado por el comandante del barco parroquia Valdemir Costa y por los agentes pastorales María Torquato y Gildo Sousa (quien escribe estas líneas) nos embarcamos en esta gran experiencia misionera con la intención de ser presencia profética y misericordiosa junto a nuestros hermanos que están en estas márgenes inmensas, llenas de ricas historias y de una realidad muy profunda y que toca el corazón y los sentidos de cualquiera.

Nuestra intención era que la Iglesia se haga más presente y de una manera concreta con estos hermanos tan alejados de todo. Salimos el día 2 y subimos río Pauiní arriba hasta el día 7, sin parar, 900 kilómetros, hasta que llegamos a la pequeña comunidad de Oro Negro. Desde aquí volveríamos atrás río abajo, ya parando y visitando las comunidades y familias.

Primera sorpresa: después de vivir aquí durante siete años, uno de los habitantes, Marciano Peixoto, nos dice que nos estaba esperando para así volver con nosotros y aprovechar el viaje de vuelta para iniciar una nueva vida. Y al día siguiente se despidió de los demás habitantes de la pequeña localidad y se embarcó en el Mario Sabino para ir hacia la ciudad de Pauiní abandonando para siempre esta región y esta forma de vida.

En cada comunidad la sensación que recibíamos era que nuestra visita era muy esperada. En realidad, desde abril de 2016 el barco parroquial no había visitado estas comunidades, y es casi la única visita externa que tienen. La gran distancia, los costes del viaje y la necesidad de que se haga en tiempo en que todo está navegable impiden más regularidad en estas visitas.

Por eso estas visitas significan tanto para visitantes y para visitados. El encuentro con las personas, las imágenes que recibe la retina de esta Naturaleza desbordada, magnífica y singular, la vida cotidiana aislada en las márgenes de los cursos de agua, las familias que han decidido quedarse aquí en comunión con la selva, a la que realmente aman y cuidan y de la que viven en todos los sentidos.

Una de las visitas que hicimos fue a la antigua localidad de Sacado do Humaitá, donde en tiempos había un gran poblado muy desarrollado para los patrones de la época, incluso con capilla de ladrillo y cemento. Situada entre los ríos Moaco y Pauiní, nos acompañaron hasta allí María y Joel, que habían vivido en el lugar.

El tiempo y la selva se han encargado del lugar, al que se accede solo por canoa. Aún pueden verse ruinas de las casas, algunas en bastante buen estado; visitamos el cementerio, incluso porque allí está enterrada una tía mía que murió joven.

Mi familia, de hecho, procedía del río Moaco, de la localidad de Sosiego. Otro de los descubrimientos fue precisamente encontrarme en diversos lugares a algunos parientes lejanos y antiguos conocidos de la familia, que nos identificábamos después de conversar y explicar quiénes son nuestras familias.

Otra de las sorpresas se dio en la comunidad Pauriã II. Al llegar el barco parroquial, uno de los habitantes, Zé Belíssio, se puso todo feliz al ver a frei Joseph: “¡Creo que le ha gustado realmente el río Pauiní, porque ha vuelto en seguida!”. En no pocos lugares los habitantes preguntaban por los agustinos recoletos Luis Antonio Fernández y Loreto H. Dacanay; de este último recibían la triste noticia de su fallecimiento.

Era el momento de recordar muchas historias vividas en las visitas parroquiales anteriores, conscientes de que solo la Parroquia se preocupa por ellos y los visita siempre que le es posible.

También tuvimos momentos memorables, algunos protagonizados por Valdemir, nuestro capitán de la embarcación, que supo enfrentarse a atajos increíbles que ahorraban gran cantidad de tiempo de navegación pero ponían la adrenalina hasta arriba por la sinuosidad y estrechez de los cursos de agua.

Para mí, en resumen, ha sido todo un desafío, catorce días lejos de casa y en unas condiciones especiales, dentro de un barco. Pero ha sido profundamente estimulante, una lección de vida y de misión. Nuestro objetivo era ofrecer compañía y alivio material, pero también nos encontramos y recibimos mucha alegría y alivio espiritual en quienes nos encontramos y nos trataron como hermanos bienvenidos.

Señor, misionero del Amor, bendice este pueblo que se encuentra en mitad de la selva para que, en la fuerza de tu Palabra, la vida se vuelva esperanza y luz, que en medio de sus dolores y sufrimientos llegue a sus corazones los tiernos rayos de tu Amor.

Y en nosotros, y en todo el pueblo de Pauiní y de sus ríos, reluzcan siempre la alegría y el amor. Amén.


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