No es fácil resumir en unas pocas líneas una cantidad de experiencias y aventuras como las vividas durante tres semanas en la Ciudad de los Niños, en Costa Rica. Han sido únicamente tres semanas, apretadas, comprimidas, resumidas pero llenas de vivencias e historias personales. ¿Por qué desplazarse miles de kilómetros y dedicar recursos propios? ¿Por qué no? Tenía la inquietud y quería dedicar y compartir tiempo con quien lo necesita.
El recibimiento por parte de los Frailes fue magnífico; no sé si era merecedor de tan buen trato. También me recibió una persistente lluvia que hace que no se pierda el color verde de cada rincón de Costa Rica. El buen trato comenzó con una visita por los alrededores de la zona de Cartago, con uno de los frailes como guía turístico. El resto del tiempo era tarea mía salir a conocer Costa Rica.
En cuanto al alojamiento en casa de los frailes, fue provisional; al poco ya tenía habitación en una de las residencias, Alajuela, compartiendo el día a día con otros 36 chavales. Compartiendo las 24 horas con ellos, desde el tranquilo despertar al bullicio al acostarse. Agradezco al Don y la Doña la buenísima atención que me dispensaron, y les animo a que sigan trabajando con esa absoluta dedicación y entrega que tienen, como tuve oportunidad de comprobar en numerosas ocasiones.
Mi función principal se centraba en el Colegio Técnico San Agustín, que funciona en la misma Ciudad. Consistía en reforzar algunas asignaturas, dentro de la parte de formación académica. Entre ellas estaban las Matemáticas, Electrotecnia, AutoCAD y Computación (Informática), en general. El plan de trabajo estaba diseñado por la directora del Colegio y se adecuaba semanalmente con la ayuda de una de las psicólogas ‑¡gracias, Andrea!‑. Ocasionalmente también sustituía a algún profesor/a, cuando éstos no podían asistir a clase.
Era consciente de que muchas cosas eran diferentes a lo que siempre había tenido o visto. Por ello no me asustó la primera clase que tuve con los chavales, de computación. Pretendía enseñarles a utilizar el Word, y la verdad es que no resulta fácil atraer su atención durante dos horas. Afortunadamente, la informática permite encandilarles con mil y un pequeños trucos que llamaron su atención y eso me ayudó. El grado de diferencia es tal que, al acabar una de las clases, uno de los alumnos me preguntó si era cierto que en España todos estaban sentados en silencio sin poderse levantar. Había que hacer malabarismos entre explicar y tratar de mantener su atención. Tengo que reconocer que, cada vez que tenía dos horas de intensas clases, acababa cansado mentalmente, aunque también con una gran satisfacción interior, ya que veía que mostraban ganas e interés en aprender y mejorar.
Como no todo era dar clases, trataba de integrarme con ellos como uno más: en la residencia, durante las comidas, ratos libres entre clases, partidos de fútbol, etc. En esos momentos es donde se conocía la parte más humana de cada uno de ellos y donde, poco a poco, van cogiendo confianza y se abren a ti. En cuanto a la curiosidad era mutua, y la ronda de preguntas era recíproca, y no había rato en que no hubiera cosas nuevas que preguntarles o preguntarme ellos a mí: aficiones, trabajo, güilas (chicas)…
Algo que, aunque me lo habían dicho, me resultó chocante fue el diferente vocabulario en muchas cosas de la vida cotidiana. El suyo para mí y el mío para ellos, que yo también en ocasiones les parecía que hablaba en chino.
Al ser otro más, tuve la oportunidad de asistir a actividades que se realizaron fuera de la CDN. Unas de ocio, otras para aprender, y otras también para implicarme y participar: ver una obra de teatro y visitar la capital San José, ir a ver una fábrica de botellas de vidrio en Cartago, pasar una tarde de convivencia con algunos de octavo curso… Son actividades fuera de la CDN, que los chavales agradecen y disfrutan a tope.
Algo de lo que también guardo buen recuerdo fueron los primeros momentos de las mañanas, desde que los frailes me invitaron a rezar el Rosario. Algunas mañanas me acercaba por la capilla para rezar las laudes y allí estaban los seis, junto con más gente. La verdad es que era una sensación de tranquilidad, paz y sosiego como pocas veces he tenido.
La experiencia final es muy enriquecedora, aunque me vine con la sensación de trabajo incompleto. Tres semanas no son suficientes, pero fue todo lo que pude ir. Espero haber dejado un poquito de mí en esas tres semanas y que los exámenes hayan sido para los muchachos pan comido.
Estoy muy agradecido del buen trato recibido de todos, desde los frailes hasta cada una de las personas que vivían y trabajaban en la Ciudad de los Niños, pasando por los propios chavales que allí viven. Estando tan lejos de tu vida diaria, es de agradecer sentirse tan bien arropado. También gracias a Inés por facilitar todo antes de mi llegada allí y por ponerme en antecedentes antes de ir a CDN.
Espero que Dios dé fuerzas a todos los integrantes de CDN para seguir y continuar con la buena labor que se está haciendo allí, principalmente a los frailes. Éstos compatibilizan su trabajo diario en la CDN con tareas de atención a la gente de los alrededores que acude a su iglesia.
Si de mí depende, volveré con la ilusión de mejorar la experiencia vivida.