El porqué de "mi voluntariado"
El voluntariado en países en vías de desarrollo era una idea que rondaba en mi cabeza hace mucho tiempo. No sólo sentía ganas de visitar lugares exóticos y conocer a gentes de otras culturas, sino también dedicarme a una labor solidaria que me permitiera desarrollarme personalmente. Esto me llevó a elegir la "Ciudad de los Niños" en Costa Rica, Institución con la que entré en contacto gracias a la experiencia de voluntariado vivida por mis amigos Cristina Blanco y José Poncela.
Funcionamiento de la Ciudad de los Niños
Pienso que la organización de la Ciudad de los Niños no está del todo mal, aunque es susceptible de mejoras en todos los aspectos para el buen funcionamiento de la misma. Este buen funcionamiento demanda la mejora de la comunicación entre todas las áreas que conforman el sistema educativo de la Institución a través de la realización de reuniones frecuentes y otras actividades formativas y lúdicas. Esto podría mejorar la educación global de los muchachos.
Me ha llamado la atención lo bien que uno es recibido desde el primer momento. Esto ha hecho que me sienta valorado y aceptado.
Creo que las relaciones personales en la Ciudad de los Niños son sinceras y transparentes. La mayoría de los muchachos necesitan confiar en el otro para "abrirse" interiormente.
La comunidad agustino-recoleta trasmite confianza y respeto en todo momento, particularmente hacia el grupo de voluntarios, y no duda en pedir nuestra opinión a la hora de realizar algunas tareas.
Una de las fortalezas que he encontrado en la Ciudad de los Niños es la unión que existe entre la mayoría de los muchachos, además del interés y las ganas que tienen de mejorar.
Los muchachos de la CDN necesitan una dedicación sin reservas que les dé la oportunidad que la vida no les dio. Pienso que esa oportunidad se ve condicionada por circunstancias ajenas a los muchachos: la ausencia de materiales, la falta de comunicación fluida entre la comunidad religiosa y los trabajadores, el bajo interés de éstos últimos, etc.
Sin duda, la CDN reviste un gran interés para toda Costa Rica, pues es una oportunidad tal vez insustituible al menos para los muchachos beneficiados, pero también una ocasión preciosa para ejercer el voluntariado, ya que es una experiencia compartida y vivida, y permite conocernos a nosotros mismos con nuestras debilidades y nuestras fortalezas, con el fin de crecer personalmente para definitivamente llegar a ser más humanos.
Experiencias
El voluntariado es, en conjunto, una experiencia singular. No obstante, siempre hay algunos momentos de especial intensidad, dependiendo de la especial sensibilidad de cada uno. En concreto, el contacto con la naturaleza a mí me fascina, por lo que voy a relatar un par de experiencias "profundas".
Sea la primera, que recuerdo bien por lo reciente e intensa, la subida al Árbol Solo. En ningún momento me sentí solo, indefenso, apartado… Mientras subíamos la escarpada montaña a través de un sendero natural entre una frondosa y variada vegetación, era partícipe de las bromas y de la alegría de los muchachos; éstos, siempre dispuestos a esperar y a ayudar al resto de los compañeros de subida. A nosotros se sumó la perra de la ciudad que nos acompañó desde el primer momento.
Ya arriba, junto al Árbol Solo, pudimos disfrutar y compartir una cajeta (confitura hecha de dulce de leche), fresco (jugo de frutas con agua y mucha azúcar) y confites, antes de regresar a la ciudad y poner punto y final a una vivencia única con la naturaleza y con los muchachos.
En esta segunda experiencia que os confío se mezclan la historia –el pasado histórico– y la naturaleza.
Ayer domingo, 18 de julio, justo después de comer, tuve la suerte de visitar el valle de Orosi. Sentado en la parte trasera de la camioneta (buseta como lo llaman aquí, en Costa Rica), tuve durante el trayecto una durísima lucha contra Morfeo, lucha prácticamente perdida momentos antes de llegar a la iglesia de San José, de 1743, la más antigua del país, situada en la parte oeste de la ciudad de Orosi. Esta ciudad debe su nombre a un jefe indígena huetar que vivió allí en la época de la conquista.
De camino a Ujarrás era un placer contemplar a través de la ventanilla abierta y con la cabeza empapada por la lluvia las plantaciones de café, salpicadas de palmeras, plantas tropicales, pueblos bucólicos y algún que otro pájaro exótico.
De camino a Paraíso visitamos la presa hidroeléctrica -una de las más importantes del país- situada en el extremo noroeste del lago Cachí. Las vistas desde el mirador son espectaculares. De vuelta al carro, compramos una bolsa de pejivalle, una fruta pequeña, redonda, con sabor a patata, que aquí se come con mayonesa, que nos costó 1.000 colones la bolsa (menos de 2 euros).
A unos dos kilómetros de la presa está la Casa del Soñador, una casa construida y minuciosamente labrada con ramas de bambú y cafetal, donde compramos algunas tallas de madera. La que yo compré, de madera de cafetal, era una figura de un viejo campesino de mirada perdida sentado, orgulloso, junto a su cesta de café.
De vuelta a Cartago, la lluvia golpeaba fuertemente los cristales y, mientras mis compañeros charlaban, yo seguía callado observando lo que me parecía y aún me sigue pareciendo un mundo nuevo, diferente.
Iván Morales
Tordesillas (Valladolid, España)