El Equipo de Pastoral juvenil del colegio Romareda de Zaragoza, con ocasión del Año Santo Compostelano, organizó el Camino de Santiago para los alumnos del colegio pertenecientes al voluntariado y para los jóvenes de confirmación de la parroquia Santa Mónica de Zaragoza entre los días 1 y 11 de julio. Con esta actividad veraniega se puso el punto final a las actividades pastorales del curso.
Al frente de los peregrinos estuvieron en todo momento los agustinos recoletos Fernando Martín, del colegio Romareda, y Gustavo Solís, vicario de la parroquia Santa Mónica. Del equipo organizador formó también parte María Rey, profesora del colegio Romareda. Los tres se encargaron de organizar y coordinar toda la expedición, además de acompañar a los alumnos en su peregrinación a Santiago, de llevar la furgoneta de apoyo y de preparar las viandas y comidas para el camino.
En la experiencia pasaron por albergues municipales, albergues privados, campings, polideportivos y acampada libre para enriquecer la experiencia personal, convivir con otros grupos y otras personas de muy diferentes culturas, países y condiciones. Cada día era una aventura y una sorpresa continua.
El transcurrir de los días fue muy estándar. Una buena madrugada para caminar con la fresca de la mañana, almuerzo y descanso a medio camino; retomar el rumbo hasta el punto final de la etapa, nuevo almuerzo, descanso, ducha y siesta, para terminar el día con un momento grupal y la comida sosegada del día.
Fueron muchos los momentos que se podían destacar. Los más significativos fueron la bendición inicial de los peregrinos a cargo de los franciscanos en Ponferrada (León) la queimada con su conjuro que obsequió «el jato» en Villafranca del Bierzo (León) al grupo, la subida al Cebreiro "atravesando" las nubes, las eucaristías compartidas, los días de lluvia y rocío en las tiendas de campaña junto a los ríos, las amistades con otros grupos, y un sin fin de anécdotas para el recuerdo.
Y poco a poco, al ritmo de «buen camino» y siguiendo las flechas amarillas, muchas veces adornadas con la palabra "casi", fueron cayendo las etapas hasta que, por fin, el sábado 10 de julio se vio la luz. Y nunca mejor dicho, porque ese día, para llegar al amanecer a Santiago, el toque a diana fue a las cuatro de la madrugada.
Tras la travesía grupal nocturna y al grito de "alé, Zaragoza, alé, alé" los jóvenes peregrinos bajaron la escalinata de entrada a la plaza Quintana. El griterío hizo que los peregrinos y turistas que estaban esperando para entrar por la puerta del perdón les recibieran con los brazos abiertos, con una gran sonrisa y una sentida ovación. Fue un momento para recordar, pues todos los sufrimientos desaparecieron y el camino adquirió su sentido. Al fin se había llegado.
Siguiendo las tradiciones, el resto del día estuvo dedicado a pasar por la puerta santa, abrazar al santo, visitar su tumba, confesarse, oír misa y ver el botafumeiro, golpear la cabeza en el maestro Mateo del pórtico de la gloria, obtener la Compostela y visitar la ciudad.
Hay que hacer una mención especial, aunque no sea propiamente del camino, a la vivencia de la fase final del mundial de la «roja» y la posterior celebración del campeonato. Compartir bares, televisores, espacio, pueblos, con otros muchos peregrinos bajo la misma bandera y los mismos sentimientos es algo que unía y causaba mucha admiración entre los peregrinos foráneos.
El camino de Santiago fue una experiencia única e irrepetible que despertó muchos valores y sentimientos adormecidos, que ha marcado y transformado a muchos de los jóvenes peregrinos y que les ha llevado mucho más allá y más arriba –ultreia et suseia– de lo que ellos mismos se podían imaginar antes de empezar.