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Aquellos “trece de la fama”, plantados ante el Papa
Retrato de Gregorio de Alarcón. Agustinos descalzos. Roma


Aquellos “trece de la fama”, plantados ante el Papa
23-01-2010 Italia
El 23 de enero de 1610, el papa Paulo V promulga un documento por el que anula la supresión de los agustinos recoletos, que había decretado poco antes. Se debió sobre todo a la presión ejercida por Gregorio de Alarcón y otros 12 recoletos, desplazados a Roma.
Se cumplen hoy, 23 de enero, 400 años del breve Aliquam postquam. En virtud de este documento, el papa Paulo V revocaba otro suyo por el que suprimía la Recolección agustiniana, cuando ésta no había cumplido siquiera un cuarto de siglo. Posiblemente no ha habido en toda la historia de la Orden un momento tan crítico y providencial como éste. Y pocos recoletos han hecho gala de tanta humildad, decisión y amor al hábito como Gregorio Alarcón de Santa Catalina.

La manifestación que duró más de un año
Con el breve del 23 de enero de 1610 culminaba un espectáculo que hubo de tener admirada a la ciudad de Roma durante muchos meses: el de trece frailes agustinos recoletos, de pies descalzos y aspecto venerable, que esperaban ser recibidos en audiencia por el papa Paulo V. Habían venido caminando desde España y eran el centro de atención, no sólo de curiosos y visitantes, sino también del embajador español y de todos los círculos diplomáticos.

Podemos imaginarnos a aquel pelotón de religiosos, de hábito negro y humilde continente, plantados en los alrededores de la plaza de San Pedro y haciendo allí, en público, su vida conventual (rezos, ceremonias y comidas), mientras esperaban la audiencia. No mostraban pancartas, de seguro, ni hacían declaraciones; simplemente esperaban. Pero su presencia ya era una medida de presión, que terminaría surtiendo los efectos apetecidos.

Antes de las navidades de 1609, probablemente, y tras casi un año de acampada en Roma, el grupo de frailes recoletos es admitido ante el Santo Padre, a la sazón Paulo V, de la poderosa familia Borghese. Todos cumplen el ceremonial entonces de rigor: hacen ante él las tres genuflexiones y le besan el pie. En nombre de todos habla Gregorio Alarcón de Santa Catalina, provincial. Sus palabras iniciales son de impacto, tomadas de las Lamentaciones del profeta Jeremías: Recuerda, Señor, lo que nos ha ocurrido. Míranos, y ve cómo nos ofenden (5, 1). Luego continúa exponiendo su situación con vigor, brevedad y abundancia de razones. Termina llorando él, lo mismo que todos sus hermanos.

El Papa está enternecido, pero no por ello deja de pedirle cuentas a fray Gregorio. A sus oídos han llegado voces que lo acusan de ser un ambicioso. Alarcón no se defiende; responde, simplemente, con el gesto de humildad tradicional en los conventos: se postra y besa el suelo, sin decir palabra. El Pontífice le pide una explicación. El fraile se limita a mostrarle el hábito áspero que viste, así como sus brazos y pies, llagados del camino. Añade que, de ser ambicioso, se habría servido de sus cargos para vivir regaladamente. La respuesta es del agrado del Papa, que imparte su bendición sobre el grupo. El breve tan ansiado no tardará en concederse.

¿Qué había ocurrido para llegarse a una situación tan extrema? Hubo de ser algo de suma gravedad. El núcleo del problema tiene que ver con personas concretas, aunque hay todo un mar de fondo que desencadena la crisis.

Acuerdo preelectoral
Los hechos escuetos son contundentes y graves. La rivalidad existente entre los dos líderes de la Recolección, Alarcón y Juan de Vera, desemboca en un acuerdo que atenta contra el régimen representativo propio de una comunidad religiosa. Según dicho acuerdo, en un primer trienio Vera sería elegido Provincial y Alarcón prior del convento de la ciudad capital; y al trienio siguiente se trocarían los puestos. Así se hace en el Capítulo de 1605, en el que Juan de Vera sale elegido Provincial y Gregorio de Alarcón es el prior de Valladolid, la ciudad donde reside la corte de Felipe III.

Pero ocurre que, al año siguiente, la corte es trasladada a Madrid, y Alarcón hace valer sus derechos. De acuerdo con el provincial, hace elegir para Madrid un prior que debería canjear de inmediato su priorato por el de Valladolid. Y así se hace.

Las cosas no quedan ahí, sino que se llega incluso al enfrentamiento abierto entre los dos protagonistas. Estamos a comienzos de octubre de 1607 y Juan de Vera realiza la visita oficial al convento de Madrid. A juicio de Alarcón, la inspección dura demasiado, y así lo manifiesta públicamente, cosa que inquieta y siembra la discordia en la comunidad, hasta el punto de obligar a intervenir al Nuncio. Vera es amonestado pero, a su vez, él suspende a Alarcón de su oficio de prior y lo destierra de Madrid durante seis años.

Llega finalmente el Capítulo, en abril de 1608. A la hora de los nombramientos, resulta elegido Gregorio de Alarcón. El presidente, delegado del Nuncio, se niega a confirmar la elección y pide se elija a otro candidato. Hay nueva elección y Alarcón es elegido de nuevo.

A raíz de esto, el escándalo se hace público y Vera confiesa al Nuncio la componenda. El Nuncio la comunica a Roma y se desencadena un conjunto de presiones que culminará en el breve del 16 de julio de 1608, por el cual los agustinos recoletos son incorporados a todos los efectos a la Orden de San Agustín, de la que habían nacido. Los 23 conventos que la Recolección cuenta en Castilla, Aragón y Filipinas, quedan desligados entre sí y sujetos a la autoridad de los agustinos.

Mar de fondo
Puede sorprender que este incidente de alcance personal desencadenara una decisión tan grave en Roma. Pero hay que tener en cuenta que no se trata sólo de un asunto eclesiástico. La reforma de los agustinos recoletos, como tantas otras de este tiempo, obedece a la voluntad decidida del rey Felipe II; es una de sus líneas políticas. Ya estaba claro en 1588, cuando la reforma se lleva a cabo. Y, por si quedaran dudas, el Rey Prudente lo remarca cuatro años más tarde, cuando el provincial agustino Gabriel de Goldáraz comete la ligereza de obligar a sus recoletos a calzarse. Éstos presentan un memorial al rey y él prohibe a Goldáraz innovar nada, porque la Recolección –dice ha surgido “por determinación de mi real voluntad”. El hijo de Felipe II, Felipe III, continuará la misma política de apoyo a las órdenes reformadas.

No es de extrañar, pues, que en todo este asunto intervengan funcionarios, ministros y embajadores, igual que el General agustino de Roma, el Nuncio y los altos representantes de la Curia pontificia. Todos, de una u otra forma, influidos por el clima de tensión que caracterizan la relación entre las dos ramas, de agustinos y agustinos recoletos.

Un ambiente de tensión que siempre había existido –desde que surgen la primeras comunidades recoletas, a partir de 1589- y que se va haciendo más denso a medida que éstas aumentan en número e incrementan su autonomía. Ciertamente, el acuerdo entre Alarcón y Vera tiene connotaciones personales y egoístas, pero también representa el intento de los dos líderes recoletos por aglutinar el grupo de sus hermanos de hábito, que se siente amenazado por las pretensiones de los agustinos.

En fin, cabría preguntarse si el estado de las comunidades recoletas justificaba una decisión tan radical. Y no parece que fuera así, a juicio de los historiadores. El común de los frailes llevaba una vida de plena observancia, bien ajenos a las tramas y ambiciones de unos pocos. Eso es lo que Gregorio de Alarcón hace valer ante Paulo V.



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Agustinos Recoletos. Provincia de San Nicolás de Tolentino. Paseo de la Habana, 167. 28036 -Madrid, España. Teléfono: 913 453 460. CIF: R-2800087-E. Inscrita en el Registro de Entidades Religiosas del Ministerio de Justicia, número 1398-a-SE/B. Política de privacidad.
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