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"¡Son Los Llanos, Los Llanos…!", exclamaron los guías.
Detuviste el caballo frente a la inmensidad.
"¡Son Los Llanos, Los Llanos…!", con fervor repetías,
alumbrados tus ojos de interior claridad.

*** *** ***

Ya siembra tu espiga, ya hay cosecha en el Llano,
los trigales maduros ya reclaman tu hoz…
Aún esperan que vuelvas, el cayado en la mano,
las ovejas que añoran el metal de tu voz.



¿Y tú que opinas?

Son Los Llanos, Los Llanos…
Mayo 2004.

Entrevista al obispo de las misiones más antiguas de la Orden
Con versos encendidos como éstos evocaba el recoleto Serafín Prado la emoción de san Ezequiel a la vista de Los Llanos de Casanare; una emoción que todos sus hermanos de hábito compartirán siempre, dado el arraigo que esta misión tiene en la historia de la Orden.

Desde que, en julio de 1662, la Real Audiencia de Bogotá encomendara a los candelarios las misiones del Oriente colombiano, Casanare ha sido siempre parte integrante y la más preciada del patrimonio de la Orden en Colombia. Desde que san Ezequiel Moreno pone pie allí para restaurar la provincia de La Candelaria, se esfuerza al máximo en recuperar estas misiones. A fines de 1890 lleva a cabo una gira de cuatro meses; una gira de reconocimiento que le sirve también para dar a conocer en la prensa nacional lo que entonces era un rincón perdido del país. Gracias a lo cual, Casanare se convierte en 1893 en la primera jurisdicción eclesiástica misional de Colombia, y san Ezequiel en el primer Vicario Apostólico de Casanare.

El Santo fue obispo de Casanare menos de dos años. Pero a él le sucedió otro agustino recoleto, el padre Nicolás Casas. Y, tras él y hasta el presente, todos los obispos han sido recoletos. El último de ellos, monseñor Olavio López, vio con claridad que lo que venía siendo territorio misional había llegado a la madurez, y el Vicariato podía hacerse diócesis formal. En octubre de 1999 consiguió de la Santa Sede que, con parte del territorio casanareño, se creara la diócesis de Yopal. El resto formaría el Vicariato Apostólico de Trinidad, con sede en la población de este nombre.

Al año siguiente, concretamente el 24 de noviembre de 2000, se dio a conocer el nombramiento del primer obispo Vicario de Trinidad. Era el padre Javier Pizarro, también agustino recoleto. Había nacido en Medellín en 1951 y, a lo largo de su vida religiosa, se había dedicado principalmente a la formación de los jóvenes aspirantes. Lo mismo que san Ezequiel, fue consagrado en la catedral de Bogotá, el 27 de enero de 2001, para tomar posesión de su sede en Trinidad el día 11 de febrero. Con él conversamos.


—Monseñor, ¿cuántos habitantes tiene el Vicariato de Trinidad? ¿qué tipo de población es?
En su mayoría, los pobladores de esta zona son llaneros autóctonos que se han ido mezclando con colonizadores venidos del interior del país. Se calcula que la población aproximada puede llegar a los 75.000 habitantes, para una extensión de más de 27.000 km2, bastante mayor que la de la Comunidad Valenciana.
En el Vicariato hay también una cierta población indígena. De hecho, contamos con dos reservas indígenas: la de El Duya, en el municipio de Orocué, y la de Caño Mochuelo, en Paz de Ariporo y Hato Corozal. Son en total ocho etnias distintas, aunque procedentes todas, probablemente, del tronco común de los guahivos.


— ¿Cómo está organizado el territorio, tanto en lo civil como en lo eclesiástico?
A la vista de los datos que acabo de dar, es claro que nuestra población está sumamente dispersa. En todo nuestro territorio sólo hay cuatro municipios enteros, más parte de otros tres. Cada municipio se compone del pueblo propiamente tal, lo que llamamos “la cabecera”, y multitud de agrupaciones de casas desparramadas por los campos, lo que en Colombia se llama “veredas”. Por ejemplo, el municipio más poblado es el de la sede eclesiástica, Trinidad. Pues bien, la cabecera de Trinidad no tiene más de 7.000 habitantes. El resto de la población, hasta un total de 15.000, se reparte en unas 50 veredas o comunidades veredales.
Nuestro Vicariato Apostólico de Trinidad se compone de seis parroquias que suman todas juntas cerca de 190 veredas. Las atienden, además del obispo, otros ocho sacerdotes recoletos y dos diocesanos. Con ellos colaboran otros agustinos recoletos: un hermano no clérigo y, esporádicamente, varios jóvenes en fase de formación.
Aportan también lo suyo en el desarrollo pastoral cuatro comunidades religiosas femeninas: las Misioneras Agustinas Recoletas y las Religiosas de la Presentación, que atienden sendos internados; y, ya en áreas más particulares, las Religiosas de la Madre Laura -recientemente beatificada- y las Hermanas Marianitas. Además, están también los Hermanos de la Salle, que tienen un colegio en Orocué.


—¿Hay buenas comunicaciones, por lo menos?
No podemos decir que siempre sean buenas. Existe una vía central que comunica a Yopal, la capital del departamento, con San Luis y Trinidad; son 115 Km., de los cuales 13 aún están sin pavimentar. La comunicación entre Yopal y Maní se hace a lo largo de 50 Km. en excelente estado. De las cabeceras municipales hacia el interior del Llano las vías son caminos en muy malas condiciones de mantenimiento, que se vuelven casi imposibles de transitar durante la época de lluvias -desde Abril hasta Noviembre-. En esos meses se hace uso de las vías fluviales, que son numerosas; pero no se puede llegar por este medio a todos los rincones de la geografía. Esta gran dificultad hace que escasee la presencia del sacerdote en muchas comunidades veredales.


—Según esto, la actividad apostólica no ha de resultar nada fácil: ¿cómo consiguen atender a una población tan dispersa?
Sirviéndonos de lo que llamamos “correrías”. Durante dos épocas al año, los sacerdotes se distribuyen por rutas. La gente previamente avisada los espera con ansia, y en día y medio de trabajo el ministro despacha de un solo plumazo bautismos, confesiones, primeras comuniones, matrimonios y aun confirmaciones. La reunión comienza en las horas de la tarde, se hace la catequesis de adultos y se termina con el rezo del santo rosario. Al día siguiente bien temprano, catequesis para niños, celebración de la santa misa… y compartir con los campesinos el suculento plato en el que las aves de corral siempre llevan las de perder. Así se ha hecho famoso el refrán: “Cuando llega el misionero, revolotea el gallinero”. Luego se pasa a otra vereda, y así sucesivamente durante 20 días o un mes.


—Monseñor, sabemos de la aparición, estos últimos años, de dos fenómenos que rompen la imagen idílica que teníamos de Casanare: nos referimos al petróleo y a la guerrilla. ¿Qué nos puede decir sobre ello?
Fue durante la época de monseñor Olavio López (1977-2001) que comenzó en serio el progreso de Casanare. A él le tocó ver la llegada del alumbrado público, la telefonía, la pavimentación de las carreteras, el boom petrolero, el crecimiento de las plantaciones de arroz, la industria. Con la aparición del petróleo, la región entra en una etapa de modernización y desarrollo, aunque se generan también todos los problemas y conflictos que estos procesos traen consigo. Uno de ellos, y el más visible, ha sido el de la violencia generalizada -guerrilla y paramilitares-, que se introdujo desde el año 1986 y que ha generado un sustrato económico bien diferente al que se podría suponer: campesinos desplazados, comerciantes y ganaderos obligados a pagar un impuesto de guerra, disminución de las regalías petroleras a los municipios por causa de la frecuentes voladuras de los oleoductos…
En el Vicariato es permanente la presencia de los grupos paramilitares, que se han constituido en autoridad en la región, controlan la entrada y salida de la gente, de los productos, de la venta de animales etc. Así mismo, se presenta el fenómeno del desplazamiento forzado por causa de la violencia armada. Todo esto ha hecho que se merme ostensiblemente la generación de empleo, trayendo como consecuencia la disminución del ingreso per capita y el aumento de la pobreza generalizada de los habitantes.


—¿No se ha experimentado, al mismo tiempo, un fuerte crecimiento de las sectas religiosas?
Así es, en efecto. En este mismo período, las sectas se han desarrollado muchísimo. Se multiplican a granel, invaden hasta las regiones más apartadas y son de la más variada gama de nombres. Han creado una gran confusión doctrinal en las mentes de los campesinos, a quienes después del lavado cerebral correspondiente, los envenenan y los vuelven agresivos contra los católicos. A la base de todo este problema está la falta de presencia continua de los evangelizadores católicos. La gente tiene necesidades espirituales, y las sectas llenan el espacio que nosotros no hemos sido capaces de cubrir. Éste es verdaderamente uno de los grandes retos que tendremos que afrontar en los años venideros.


—Tenemos entendido que una de las prioridades de la acción social del Vicariato es la educación de los jóvenes.
Esto ha sido una constante de la actividad de la Iglesia en Casanare. Monseñor Arturo Salazar (1965-1976) abrió escuelas por cuantos rincones podía y las dotó de maestros cualificados en el campo religioso. Monseñor Olavio, su sucesor, promovió la construcción de un centro educativo en Yopal, además del centro catequístico de Santiago de las Atalayas.
Los niños y jóvenes con edades comprendidas entre los 8 y 16 años, estudian primero en sus propias veredas hasta acabar la primaria. Pero, al no tener allí centros de educación secundaria, deben acudir a núcleos más grandes, con el consiguiente gasto para sus padres, que no siempre pueden permitírselo. De ahí que muchos de ellos no tengan acceso a la educación secundaria, por falta de recursos económicos, y se conviertan en presa fácil para los grupos armados. Esa es la razón de que hayamos ido incrementando el apoyo a los internados, que dirigen las religiosas. Los internados, en esta parte del país, son una de las formas de solución al problema educativo de la juventud.


—Junto con la educación de la juventud, ¿no será otra de sus prioridades la promoción de la mujer?
Ciertamente, así es. Nos preocupa mucho la vida de familia, sobre todo las madres solteras o los hogares rotos -frecuentemente, por culpa del alcohol-. Estamos estudiando cómo ayudar de la mejor manera posible a las madres cabeza de hogar, de forma que puedan allegar recursos para el sostenimiento de sus familias. La idea es poder en un futuro construir un lugar donde funcionen talleres de modistería, bordados, cocina, artesanías etc.


—Hablando de prioridades, y vista la escasez de operarios evangélicos, ¿no será la de las vocaciones la primera de las urgencias?
En este punto, el panorama es esperanzador. Debo bendecir a Dios por el regalo de vocaciones sacerdotales para el Vicariato. En estos dos últimos años nos hemos visto beneficiados con la llegada de varios aspirantes a la vida sacerdotal. Como exigencia básica, les estoy pidiendo que vengan a vivir un año con nosotros, antes de ingresar al seminario. Así tengo la oportunidad de conocerlos un poco mejor y, a su vez, ellos conocen y perciben el alcance del servicio sacerdotal al que aspiran. Son en total seis seminaristas: cinco en teología y uno en filosofía. Además, hay otros siete jóvenes que llegaron nuevos este año para empezar la experiencia de conocernos, viviendo en una de las parroquias.
Preocupado también por la falta de presencia de Iglesia en varios rincones de esta ardua geografía, hemos conseguido que cinco jóvenes pertenecientes al movimiento “Corporación de Misioneros Laicos”, vengan a colaborar con nosotros en la catequesis, al menos por un año.


—Monseñor, usted es agustino recoleto y el representante de la presencia secular de su Orden en estas tierras. ¿Qué queda en Casanare de sus hermanos de hábito? ¿Cómo han encarado la creación del Vicariato de Trinidad?
En estas regiones, los agustinos recoletos lo han sido todo: padres, maestros, paño de lagrimas, consuelo en las horas difíciles, arquitectos y albañiles de iglesias, escuelas, puentes y caminos. Aquí se han escrito muchas de las más importantes páginas de la historia candelaria, y a “los Padres” se les quiere, se les respeta, se les recuerda con cariño. El agustino recoleto todavía tiene un puesto en las misiones que ellos mismos construyeron y que sabiamente no quisieron abandonar cuando ya se sabía que se estaba gestando una nueva diócesis.
La división del territorio casanareño en dos nuevas jurisdicciones eclesiásticas, no supuso para los frailes mayor dificultad a la hora de escoger en cuál quedarse. El lema de su vida era claro: “Vamos adonde la Iglesia nos necesita”. La zona menos desarrollada era nuestro natural hábitat misionero. Se trata ahora de continuar la invaluable labor de nuestros mayores, seguir escribiendo en el libro dorado las nuevas gestas de héroes revestidos con la coraza de la Nueva Evangelización. Son otros tiempos y otras situaciones, pero el deseo de llevar a los sitios más recónditos el mensaje de salvación sigue vivo en la conformación genética de los agustinos recoletos. Las nuevas generaciones de frailes no podrán ser inferiores a los llamados del Espíritu y con tesón misionero seguirán dando lustre a la amada Orden que los ha engendrado.


—Y, finalmente, respecto a la celebración del IV Centenario de la Recolección colombiana, ¿está teniendo o va a tener alguna repercusión aquí, en el Vicariato?
Amén de las diferentes programaciones litúrgicas, culturales y literarias que cada una de las parroquias está elaborando, lo más importante es palpar el fervor misionero que se ha despertado entre los religiosos en período de formación. Antes he aludido a que algunos de ellos colaboran en varias de nuestras parroquias. Su presencia como colaboradores de los veteranos, hace soñar desde ahora con una buena camada de misioneros que seguirán los pasos de quienes antes se entregaron, con la sencillez de su vida, a las gentes de estas tierras. Tengo el firme convencimiento de que su presencia y su trabajo, sobre todo con los jóvenes, será causa de nuevas vocaciones a la vida religiosa y sacerdotal.


Que Dios le oiga, monseñor, y le premie así la entrega generosa de tantos misioneros a lo largo de los siglos. Es lo que a Él le pedimos en pago por su amabilidad al atendernos.



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