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El historiador

La obra: Historia de los Agustinos Recoletos




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Ángel Martínez Cuesta: 50 años de historiografía moderna en la Orden de Agustinos Recoletos
» El horizonte desde la atalaya del investigador «
Abril 2016

Enrico Medi.

Giancarlo Rocca, editor del Dizionario degli Istituti di Perfezione.

El historiador:
¿Y con otros autores fuera de la historiografía?

Durante los estudios romanos tuve ocasión de escuchar a literatos, teólogos y pensadores notables, que, aunque de modo a veces imperceptible, fueron configurando mi mundo mental. Luego no siempre he acertado a conjugar sus enseñanzas con otros valores presentes en mi mente.

Esa dicotomía a menudo ha dado pábulo a conflictos interiores. La paulatina afirmación, en los últimos decenios, del pensamiento tradicional, unida al poso de la educación recibida y al influjo de nuestra tradición recoleta, profundamente asimilada y convertida en parte de mi entraña, han terminado por reducir al mínimo el influjo de aquellos años esperanzadores, que por un motivo u otro no han llegado a cuajar en las realidades que anunciaban.

Recuerdo el entusiasmo con que los estudiantes de las universidades romanas asistíamos en el Angelicum a las charlas semanales del belga Charles Moeller, el sacerdote que hablaba como los seglares, y del italiano Enrico Medi, el físico que hablaba como los sacerdotes.

También tuve ocasión de escuchar a literatos como Rafael Alberti y Alejo Carpentier, a ensayistas como Salvador de Madariaga o Eugenio Montes, a pensadores como Julián Marías y Adolfo Muñoz Alonso y a teólogos como Yves Congar, la star de la teología de aquel tiempo. Una vez le escuché semioculto, tras la puerta del Aula Magna de la Gregoriana, sin apenas posibilidad de ver su rostro. También escuché al padre Ricardo Lombardi, el promotor del Mundo Mejor, ya en fase decadente, y a alguna otra personalidad de la época. Pocas para las que entonces vivían en Roma.

Todos ellos desplegaban ante nosotros horizontes nuevos, hablaban de tolerancia, cantaban la belleza de la naturaleza o analizaban las pasiones que anidan en el fondo del ánimo humano. Sus reflexiones sobre la inercia del pensamiento tradicional suscitaban reacciones entusiastas en los jóvenes.

Su influjo en mí fue más bien débil, al menos si he de atenerme a su presencia a la hora de hacer opciones prácticas. La vida me llevaba por otros derroteros y a la hora de elegir pocas veces les prestaba atención.

Con todo, algún poso no dejaron de depositar en mí. Aprendí a mirar con otros ojos al movimiento obrero y al colonialismo occidental, a relativizar las culturas, a apreciar la tolerancia y a atravesar la dura corteza que a menudo recubre las ideas, ocultando parte de la bondad que encierran en su interior. Aunque muchas de sus ideas me sonaban a revolucionarias, entonces no llegué a captar plenamente su influjo tanto en el replanteamiento de la teología como en la configuración de la vida religiosa.

En épocas posteriores recuerdo las conversaciones amistosas en casa de Antonio Linage Conde con el médico Villagrán, un cardiólogo que defendió en latín su tesis doctoral en teología y coleccionaba anáforas de todas las confesiones cristianas, o el lingüista Félix Fernández Murga, que hacía placenteros los más abstrusos análisis gramaticales.

La colaboración en diccionarios y enciclopedias —Dictionnaire de spiritualitè, Dizionario degli Istituti di Perfezione, Biblioteca Sanctorum— me ha puesto en comunicación con teólogos, tratadistas de la vida religiosa, postuladores de las causas de beatificación…, pero siempre en proporciones modestas.


  • Instituto Angelicum de Roma.

  • Yves Congar.

  • Dictionnaire de spiritualitè.


Testimonio: Antonio Linage Conde
Historiador y medievalista

Hace ya muchos años que la amistad fraterna del padre Ángel está enriqueciendo mi vida, a la vez en sapiencia y en fraternidad. Muchos, pero no puedo precisar cuántos. Esta incertidumbre cronológica, en este caso, es un indicio de la hondura de nuestra relación.

Intervención de Antonio Linage Conde durante la presentación del Volumen II de la Historia de los Agustinos Recoletos en diciembre de 2015 en Madrid:


Antonio Linage Conde, durante la presentación en Madrid del II Volumen de la Historia de los Agustinos Recoletos de Ángel Martínez Cuesta.

De Ángel quiero empezar recordando una peculiaridad de su habla, tal y como yo la veo, sin que me extrañe si otro de sus conocidos o amigos no la reconoce como yo voy a describirla o incluso le parece extraño lo que voy a decir.

Ángel da la sensación de hablar un poco hacia adentro. Ahora bien, lo que con esto quiero expresar es precisamente lo contrario de lo que a la primera lectura podría deducirse. Pues en él ese hablar hacia adentro no es hacerlo para sí, ni mucho menos desdeñando al interlocutor. Al contrario, es una señal de lo que él siempre valora, por eso empeñado quizás en darse un segundo, no más, de reflexión, antes de aportar a la conversación algo.

Y esta particularidad yo la he experimentado tanto cuando hablamos de su menester erudito como sencillamente de la vida que pasa y la impronta que los años y sus eventos van dejando en ella.

Por otra parte, se trata de una coincidencia obligada. Pues la magna obra intelectual de fray Ángel está en su designio, elaboración y llegada a cogüelmo, tan entroncada en su vertiente sencillamente humana, como las pequeñas historias y los grandes recuerdos de familia.

Como historiador, a Ángel se le puede definir, ni más ni menos que cual un servidor de la integralidad de su oficio. No sólo por la primacía de la verdad en su búsqueda, sino por la consideración de todos los aspectos de la conducta humana, ¡uy, eclesiástica!, en el pasado, en que la Historia consiste.

Está pues tan lejos de las buenas almas cándidas de los claustrales que sólo estimaban la historia cuando resultaba edificante, como de los prepotentes universitarios que tenían por desdeñable cuanto no fuera traducible a los datos de la plusvalía económica y su destino o a ciertas propagandas de uno u otro signo. No hacen falta ejemplos.

En cambio los propósitos de Ángel llevan consigo la exigencia de una inquisición y una exposición de lo que ha sido sin limitación alguna. Su condición religiosa únicamente ha influido en su tarea intelectual en cuanto la observancia puede facilitar la plena dedicación y la liberación de ciertas servidumbres que acarrea el mundo seglar.

De su humanidad voy a citar un ejemplo muy significativo. Yo le presenté un amigo, ya fallecido, para mí de trato y recuerdo entrañable, pero personaje a cual más curioso y difícil. Era médico en ejercicio hospitalario y doctor en teología.

Tenía mucho interés por los orientales y Oriente. Escribía y hablaba latín no sólo con corrección sino con fluidez. Su característica definitoria más aparente era la extremosidad de sus tomas de postura y opiniones, tanto que a veces llegaba a dar la sensación de ser extremado sí, pero del polo contrario a su polarización y preferencias.

Ello iba unido a un lenguaje virulento, que daba una sensación de intolerancia y defecto de humanidad. Siendo así que sus cualidades eran las opuestas, la entrega a la amistad, la plenitud del humanismo y la humanización de la medicina.

Pues bien, a muchas personas a las que también le presenté, les costó llegar a su conocimiento y a la primera impresión se retrajeron. Como que la única excepción ha sido Ángel. Esas peculiaridades al principio impertinentes y antipáticas, no fueron obstáculo alguno para que valorara su relación desde los comienzos y descubriese las virtudes ocultas del personaje. Todavía le recordamos de vez en cuando los dos. Un botón de muestra, pues, revelador del talante de Ángel la tal apertura.

Ángel es vecino de Roma. Conserva la última guía de teléfonos ordenada por calles que allí se publicó. Yo guardo también la equivalente madrileña.

Un francés romano, el Decano que fue de la Rota, Julien, escribió un libro titulado Estudios eclesiásticos a la luz de Roma. La biografía de Ángel podría titularse Una vida religiosa continuamente alumbrada por la ciudad eterna.

Pero si Ángel es vecino de Roma todos los días del año y todos los años, vive en Roma o alrededor de Roma. Y ese alrededor se llama unas veces la isla de Guam o el archipiélago filipino, otras México y su frontera, y otras cualquier lugar de la España ultramarina donde no se ponía el sol.

Su actividad en ese sentido me recuerda la del benedictino Jean Leclercq en la segunda fase de su vida. De una parte, la inmersión en los manuscritos de las bibliotecas de la vieja Europa, la de los viajes literarios de sus antepasados benedictinos de San Mauro; de otra, la vuelta al mundo de monasterio en monasterio, con una estabilidad postal en el suyo que a veces decía.

Cuando yo hablo con Ángel de sus andanzas sacras, a veces me viene a las mientes un recuerdo muy remoto, de mucho antes de que nos conociéramos, casi de la infancia. Los libros de la biblioteca del Ayuntamiento de mi pueblo que trataban de Cuba y Filipinas, y que allí yacían desde que fueron enviados merced a la tarea distribuidora del Ministerio de Ultramar. Esos libros trataban de la paz, de la guerra, de la vida, apenas de materias religiosas. Pero la conversación de Ángel es tan integralmente humana, que me permite recordarlos de cuando en vez.

Así las cosas, la reciente presentación del volumen de su historia de la Orden que se ocupa del siglo XIX, ha sido una apoteosis. Para mí, y no por el inmerecido honor, debido ante todo a su amistad, de ser uno de los presentadores, una jornada de tanto gozo que me parece de cuento de hadas. Y sin embargo, una realidad en la que había de desembocar toda la trayectoria biográfica de mi amigo.

Pues no era sino la encarnación integral tanto de los valores de su intelecto como de los afectos de sus caminares por la vida y el mundo. Ahí estaban los hábitos de esa juventud que es la esperanza de su familia religiosa y de la Iglesia sin más, venidos del continente y las islas que cantó Rubén Darío, la América católica, la América española, la América fragante de Cristóbal Colón.

Y esos recoletos ya peinando canas, madurados en el servicio a la Orden de toda la vida. Y esos vecinos del barrio y del colegio. Y esos estudiosos representando el tributo de otros ámbitos fraternos, la prueba de que el polvo de las bibliotecas no seca el corazón. Haciéndonos entre todo sentir la verdad del versículo de lo bueno y alegría que es habitar en uno los hermanos.

Cuando al día siguiente fui al Archivo Histórico Nacional a llevar un ejemplar del libro, me sentía portador aquel santuario de una buena nueva. Y confortado por el recordatorio de que no todo está perdido en este mundo tan bronco y tan débil que nos ha tocado vivir.



La obra: Historia de los Agustinos Recoletos
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