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La obra: Historia de los Agustinos Recoletos




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Abril 2016

Catedral de San Carlos, en la isla de Negros.

Rafael García.

Fachada principal de la Universidad Gregoriana.

El historiador:
¿Qué anécdotas recuerdas de aquel tiempo de estudiante?

De aquellos tiempos de estudiante en la Facultad recuerdo con mucho cariño tres anécdotas. La primera sucedió en el examen de Historia del Derecho, al final del primer semestre. Desde el principio noté que el profesor, un holandés que alcanzó cierta notoriedad pocos años después, me miraba con extrañeza. Y no era para menos. Me veía vestido de negro mientras que en la foto oficial aparecía con hábito blanco; en las respuestas me pasaba de continuo del latín al inglés y en el carnet aparecía como español. Me pidió explicaciones que a gusto se las di, porque con ellas se acabó el examen. Le resultó todo un poco chusco, pero me regaló un 10.

La segunda me sucedió al año siguiente, en el examen de historia del catolicismo social. El profesor era el padre Paul Droulers, un francés enamorado de su materia e indulgente con los alumnos, pero que hacía poco honor al genio cartesiano de sus paisanos. Yo llegué al examen final sin sospechar en qué laberinto me iría a meter.

Me preguntó sobre hechos concretos del catolicismo social en Bélgica, que en aquel momento ni siquiera me sonaban. Pero no me asusté. Tomando ejemplo del maestro que tenía delante, comencé a desembuchar cuanto recordaba de Bélgica y alrededores. No me interrumpió y salí del examen con la casi seguridad de haber cosechado una calabaza. Nada de eso. Droulers se mostró otra vez imprevisible y me regaló un 10, el 10 más inmerecido de mi expediente académico.

La tercera y más sonada tiene relación con la defensa de la tesis doctoral. Ya he aludido a mis relaciones con el director. Los primeros tres capítulos los leyó con atención y me dio pistas que nunca olvidaré. Luego apenas se molestó en leer el manuscrito. Cuando quise entregarle los capítulos finales, él estaba en Madrid, donde solía pasar largas temporadas. Se los dejé en su habitación.

Pero como veía que el tiempo pasaba y que él no aparecía por Roma, comencé a preocuparme, temiendo que llegase el fin de curso sin poder defender la tesis, cosa que ya deseaba con todas mis veras. Le escribí y me contestó a vuelta de correo diciéndome que entrara en su habitación, recogiera las cuartillas, aunque todavía no las había leído, las encuadernara con las precedentes e hiciera los trámites en la secretaría de la universidad para defender la tesis a fines de junio. Además, me decía que le dejara escritas cinco o seis preguntas que, según mi parecer, podría hacerme en la defensa de la tesis.

Así lo hice y cuál fue mi sorpresa al ver que solo me hizo las preguntas que yo le había señalado. Luego se empeñó en que me dieran la medalla de oro y lo consiguió sin mayores dificultades.

En la elección del tema de la tesis doctoral no tuve la menor duda. Desde el primer momento decidí hacerla sobre el estado de la isla de Negros a mediados del siglo xix y la obra de la Orden en ella.

El amor a esa isla me lo había inculcado el padre Rafael García en Marcilla en los larguísimos monólogos que conmigo tenía en su celda. Era un hombre pesimista con cierta fama de huraño. Como sucede a menudo, su aparente desabrimiento escondía un carácter tímido, agravado por una percepción negativa de la aceptación de su obra en la comunidad. Con quien mostraba interés por Filipinas, donde había pasado veinte años de su vida, o por lo que le ocupaba en el momento, se explayaba largamente y se mostraba tierno y agradecido.

Aquellos interminables monólogos confirmaron mi amor a la historia y encendieron en mi alma el deseo de conocer más a fondo las cosas de la Orden.

También me atrajo la posibilidad de conjugar en la tesis las diversas facetas de la vida. La actividad de los frailes en la isla había rebasado el campo estrictamente misional para abrazar otros mil aspectos de la vida humana, desde la agricultura, el urbanismo y la economía a las comunicaciones, la sanidad y la cultura. En los profesores noté siempre seriedad, competencia y, sobre todo, amor a su trabajo. Las relaciones entre profesores y alumnos eran distantes, al menos en la clase y en los pasillos. Pero se humanizaban apenas se entraba en contacto con ellos y se tenía ocasión de visitarlos en sus habitaciones, que, dicho sea de paso, eran modelo de sobriedad religiosa.



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