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La obra: Historia de los Agustinos Recoletos




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Ángel Martínez Cuesta: 50 años de historiografía moderna en la Orden de Agustinos Recoletos
» El horizonte desde la atalaya del investigador «
Abril 2016

Diego Izurzu.

Túmulo de Jenaro Fernández, hoy en proceso de beatificación.

El historiador:
Tu llegada a Roma fue casi instantánea. ¿Era tanta la urgencia?

El vicario prefirió acelerar los trámites. Nada de exámenes, y Jesús podría venir a Manila. Al día siguiente ya estábamos preparando los papeles. Nunca he sabido con seguridad quién estaba al origen de esa decisión, pero siempre lo he atribuido al padre Diego Izurzu, entonces secretario general, que había sido mi maestro de novicios y debía de estar al tanto de mis gustos históricos. Él sería quien dio mi nombre cuando en la curia se trató de reforzar con nuevos miembros el naciente Instituto Histórico de la Orden.

Yo acogí la noticia con alegría, aunque quizá sin excesivo entusiasmo. Se me abría un horizonte que consideraba más acorde con mis inclinaciones que la actividad académica y pastoral en Filipinas. Los compañeros me compadecían. Uno hasta me dio cinco dólares para que endulzara un poco la noticia. Entonces no se consideraba apetecible meterse en Roma para toda la vida.

Apoyo encontré en toda la comunidad de la curia general. Me acogieron con cordialidad, me inscribieron en la Facultad de Historia Eclesiástica de la Universidad Gregoriana y me concedieron libertad a la hora de elegir las materias secundarias.

Tanto el padre Jenaro, presidente del Instituto y vicario general de la Orden, como el nuevo general, padre Ángel Almárcegui, me dejaron cursar los estudios a mi gusto, sin intervenciones ni imposiciones de ninguna clase. Conmigo Almárcegui nunca mostró el semblante adusto que se le atribuye.

Cuando al fin del segundo curso tuve que pedir permiso para pasar las vacaciones en España –al depender del general, no las tenía automáticamente aseguradas–, únicamente me preguntaron si había aprobado. Igual comprensión encontré durante los años que dediqué a la investigación, incluso cuando vieron que me retrasaba demasiado en la defensa de la tesis doctoral. Habrían querido una elaboración más rápida. Pero respetaron siempre el ritmo lento, pero exigente, que yo había elegido.

Lo que no encontré fue un guía en sentido estricto, quizá porque no me interesó buscarlo, quizá también porque desde el principio confiaron demasiado en mí. Con la petulancia propia de la juventud, no me sentí en la necesidad de buscarlo.


  • Jenaro Fernández, a la derecha, durante la celebración del Concilio Vaticano II.

  • Ángel Almárcegui.




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