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Ángel Martínez Cuesta: 50 años de historiografía moderna en la Orden de Agustinos Recoletos
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Abril 2016

La “historia de Filipinas” de Antonio M. Molina.

Antonio M. Molina, en el centro con corbata, en la Universidad de Navarra, junto a Ángel Martínez Cuesta (a su derecha) y otros recoletos y autoridades universitarias.

Gregorio Armas.

El historiador:
¿Cuándo y cómo recibiste la encomienda de dedicarte a la Historia?

Imposible olvidar un momento que cambió mi vida. Yo estaba plenamente insertado en Filipinas, con los ojos abiertos a un mundo que comenzaba a fascinarme, con relaciones incipientes con el mundo de la cultura e ilusionado con el trabajo que allí me esperaba: lector de filosofía en el futuro colegio de Baguio.

Con los primeros pesos que cayeron en mis manos había adquirido un mapa del archipiélago y la Historia de Filipinas de Antonio Molina, recién salida de la imprenta. A su autor tuve la fortuna de escucharle en su cátedra universitaria. Luego me distancié algún tanto de su posición declaradamente pro hispana. Pero sus clases eran pura delicia para oídos acostumbrados a no poner nunca en duda las grandezas de la Patria.

Antonio M. Molina, historiador e hispanista filipino.

Don Antonio, the little brown Spaniard, era un gran conocedor de la historia de su país. Apreciaba como ninguno el aporte español a la formación de su patria y defendió sus ideas aun a costa de sacrificios personales. En 1998 me di el gusto de invitarle a participar en la jornada que la comunidad de Marcilla celebró en la Universidad de Navarra con motivo de la Revolución filipina.

Recibí la noticia un poco más tarde de lo que habría deseado el vicario de Filipinas. Fue un día de mediados de septiembre de 1962 por la tarde, en el coro, durante la recitación del rosario. El vicario habría querido entregarme la carta horas antes, pero yo aquel día no aparecí en vísperas y luego hasta me negué a abrir la puerta de mi celda a uno que llamaba con insistencia y que yo ignoraba que era el vicario.

Cuando al fin me pudo entregar la carta, la metí en el bolsillo y fui con la comunidad al coro para la meditación y el rezo del rosario. Pero allí me picó la curiosidad y saqué la carta del bolsillo. Era un papel firmado por el prior general, padre Gregorio Armas, en la que sin preámbulos me mandaba presentarme en Roma a la mayor brevedad posible. Lo leí con la natural sorpresa y el regocijo malicioso del vicario que seguía mis movimientos con curiosidad.

Al salir del coro, me reconvino amablemente y me dijo que me preparara para salir inmediatamente. Yo estaba terminando el primer semestre en la facultad de Social Sciences de la Universidad de Santo Tomás con especialidad en filosofía y podría haberme examinado –alguna profesora sintió que no lo hiciera– y tenía en Bacólod a mi hermano Jesús, de quien deseaba despedirme en su destino.





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