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La obra: Historia de los Agustinos Recoletos




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Ángel Martínez Cuesta: 50 años de historiografía moderna en la Orden de Agustinos Recoletos
» El horizonte desde la atalaya del investigador «
Abril 2016

Ángel Martínez Cuesta desde la madurez reflexiona sobre la actualidad de la vida consagrada.

Ángel Martínez Cuesta con su hermana Anuncia el día de su profesión solemne, en Marcilla (Navarra) el 14 de septiembre de 1960.

Ángel Martínez Cuesta en compañía de miembros de las Fraternidades Seglares Agustino-Recoletas.

El religioso:
¿Cómo ha influido la historia social en la historia vocacional de las personas? ¿Han sido muy diferentes los religiosos a lo largo de tantos siglos de historia?

Casi todas las vocaciones recoletas han surgido en los estratos populares de la sociedad, especialmente en los de carácter rural, sin mayores diferencias entre una época y otra. Eran sociedades ascéticas, con recursos limitados y una vivencia diaria de la trascendencia y de la dignidad del sacerdocio.

El aprecio de esos valores, potenciado por la escasez de alicientes terrenos y la presencia y ejemplo de los frailes de la comarca, movía a muchos jóvenes a llamar a las puertas de los conventos. La mayoría ingresaban directamente en el noviciado, con una preparación similar a la que actualmente proporciona la educación secundaria más unos conocimientos algo más extensos de la lengua latina. No faltaban quienes ingresaban con una educación más rudimentaria, que debían perfeccionar durante el noviciado.

En el siglo XIX se advierte la necesidad de mejorar su preparación y se favorece la creación de preceptorías, encomendadas, primero, a párrocos, sacerdotes o maestros locales, y luego dirigidas por la comunidad en sus propios colegios. A fines de siglo se da un paso más con la apertura del primer colegio apostólico en San Millán de la Cogolla.

La vida diaria ha variado más. Durante dos siglos prevaleció el modelo conventual, con sus prácticas típicas: recogimiento, liturgia, oración prolongada, prácticas ascéticas abundantes, sobriedad, cercanía al pueblo, apostolado limitado, aunque en continua expansión, cierta marginación del estudio. En los primeros decenios hasta los misioneros trataron de seguir ese modelo.

Con el paso del tiempo y el consiguiente debilitamiento carismático perdió fuerza y poco a poco comenzaron a vivir aislados, entregados a su misión y con escasas relaciones con la comunidad que los había enviado. En el siglo XIX este modelo, cada día más radicalizado y más individualista, se extendió a toda la Recolección.

Dentro de esos dos modelos generales se dieron diferencias temporales y espaciales. Al principio el primero gozó del aprecio general y los frailes lo siguieron con fervor y sin reservas. Después se fue haciendo rutinario y perdiendo la adhesión cordial de muchos frailes.

A finales del siglo XVIII la disciplina externa, el sentido ascético y la fuerte jerarquización de la vida común fueron perdiendo fuerza ante el avance de las nuevas ideas sobre la igualdad, la libertad y responsabilidad personal, dando pábulo al individualismo y a la búsqueda de una vida más cómoda y más libre, incluso fuera de los muros conventuales.

La guerra de la Independencia, tanto en España como en Colombia, la inestabilidad política con sus periódicos arrebatos anticlericales y el consiguiente deterioro de la formación religiosa y académica de los religiosos, dieron nuevo vigor a esas tendencias disgregadoras.

En Filipinas los padres antiguos contemplaron con sorpresa las ideas de los jóvenes formados en Alfaro y Monteagudo y las tildaron de mundanas y poco «religiosas». Quizá eran simples diferencias generacionales. Pero quizá también denunciaban una mentalidad tocada del liberalismo incipiente, por más que ellos se consideraran y eran considerados como conservadores y antiliberales. No es tan infrecuente que las ideas comiencen a reflejarse en las costumbres aun sin ser totalmente asumidas.





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