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La obra: Historia de los Agustinos Recoletos




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Ángel Martínez Cuesta: 50 años de historiografía moderna en la Orden de Agustinos Recoletos
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Abril 2016

Ángel, junto a otros religiosos en Roma, siendo recibido por Pablo VI.

Ángel participando como asesor en un capítulo provincial.

Ángel durante un curso de formación propia a jóvenes religiosos.

Ángel en su despacho de Roma.

El religioso:
¿Dónde hemos de situar a la vida consagrada agustino-recoleta en la sociedad actual?

En el pasado nuestra respuesta a los retos no siempre fue la adecuada o, al menos, no llegó a tiempo. El peso de la religión en la sociedad es hoy mucho menor que en el pasado. A veces resulta casi imperceptible.

Otra cosa sucede en el fondo de las conciencias. En ellas siempre ha bullido, bulle y bullirá el sentimiento religioso, por más que las sociedades opulentas traten de adormecerlo. ¡Cómo suena a profética la denuncia de Graham Greene y otros novelistas católicos de la primera mitad del novecientos sobre el desvalimiento de las conciencias en esas sociedades!

San Juan de la Cruz afirmó en Subida al Monte Carmelo que cuanto más se posee, menor capacidad y posibilidad de esperar hay, y, cuando se desvanece la esperanza, el hombre es incapaz de relacionarse con Dios.

Mucho antes había denunciado ese peligro el salmo 48,13: «El hombre rico e inconsciente es como un animal que perece». En nosotros está el despertar ese sentimiento y ayudarle a aflorar, avivando nuestra imaginación para dar con los resquicios que nos permitan asomarnos al interior de las conciencias y remover su sensibilidad religiosa.

En el pasado la Orden ha afrontado obstáculos provenientes del poder político, de gobernantes y caciques anticlericales, de enfrentamientos ideológicos e incluso de las multitudes embravecidas. Pero en el fondo la sociedad era religiosa y comprendía a los frailes. Por tanto, era posible el diálogo y, pasado el contraste, se restablecía la armonía. Si a veces estos enfrentamientos se prolongaron, se debió, las más de las veces, a que no se supo ir más allá de las apariencias, no se quiso escuchar las razones del otro o no se dio con el lenguaje adecuado.

En cuanto a la consagración religiosa, el voto de castidad, tan contrario a la mentalidad que nos rodea, en el futuro encontrará dificultades aún más graves. Pero ha acompañado siempre a la vida religiosa y no parece que se llegue a prescindir de él, aunque quepa vivirlo de formas diversas. Algunas ya se están experimentando.

La obediencia también ha sido compañera inseparable de la vida religiosa. En su ejercicio se deberá tener más presente el ejemplo de Jesús y otras razones teológicas, las únicas capaces de desmontar las tendencias de una psicología racional que persigue con obstinación creciente objetivos poco conformes con la madurez cristiana. Parece indubitable que adoptará expresiones y formas diversas. San Agustín nos llama a colocarla de lleno en el ámbito de la caridad, de la caridad para con el superior, cuya carga contribuye a aligerar, y a la comunidad, a la que facilita el cumplimiento de su misión.

El voto de pobreza, a pesar de que nunca se ha hablado de esa virtud con tanta frecuencia y con tantos argumentos teológicos, se encuentra muy debilitado, desvaído y reducido a subordinar el uso de las cosas a la voluntad del superior.

El Concilio Vaticano II, haciéndose eco lejano de la mentalidad de los frailes mendicantes, declaró insuficiente esa concepción de la pobreza: «En lo que se refiere a la pobreza religiosa, no basta con depender de los superiores en el uso de los bienes. Es necesario que los religiosos sean pobres real y espiritualmente» (PC 13).

Hoy la incidencia de la pobreza es mínima tanto en la vida del individuo como en la de la comunidad. A veces causa rubor hasta referirse a él. Sin embargo, si hemos de escuchar al papa actual y a los mejores tratadistas de la vida religiosa, la vivencia de la pobreza está llamada a reconquistar un puesto relevante en la vida religiosa.



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