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La persona

El religioso

El historiador

La obra: Historia de los Agustinos Recoletos




¿Y tú que opinas?

Ángel Martínez Cuesta: 50 años de historiografía moderna en la Orden de Agustinos Recoletos
» El horizonte desde la atalaya del investigador «
Abril 2016

Iglesia de San Sebastián, Manila, Filipinas.

Ángel firma el libro de profesiones el día de su profesión.

El religioso:
Además de historiador, eres sacerdote. ¿Qué ha supuesto para ti la actividad pastoral, tan radicalmente distinta de la actividad investigadora?

En Filipinas estuve plenamente dedicado al estudio del inglés y a las clases de la Universidad. Apenas quedaba tiempo para más. La actividad pastoral se reducía a alguna homilía suelta, a alguna misa en la capilla de las hermanas recoletas y, en las últimas semanas, cuando comencé a sentirme medianamente preparado, a oír confesiones en la iglesia de San Sebastián, entonces muy frecuentada por los fieles, especialmente por los visayas. Los sábados por la tarde siempre había tres o cuatro religiosos oyendo confesiones.

El sermón que me tocó predicar en la histórica iglesia de San Agustín de Manila ante representaciones de las órdenes religiosas y de la embajada española terminó en fracaso. Aún lo recuerdo con rubor. Comencé con tono solemne y terminé azorado, precipitado y agarrado a un lenguaje vulgar impropio de la ocasión. Nunca he olvidado aquella experiencia que me ha ayudado a no saltar al ruedo sin una preparación adecuada.

Durante los años de estudiante en Roma tampoco tuve actividad pastoral. No era de los que cada día festivo salían a ayudar a los párrocos de Prima Porta o Malborghetto, dos suburbios del norte de Roma. En el EUR, el barrio donde está la curia general y donde residía, encontré una capilla con mucho culto, pero también con abundancia de sacerdotes. Jenaro Fernández, Jesús Berdonces y José Abel Salazar, primero, y, luego, Luis Garayoa y Marco Tulio Mejía eran suficientes para asegurar a los fieles un excelente servicio.

Yo apenas colaboraba en las confesiones dominicales, que entonces eran muy abundantes, y en un ejercicio piadoso que se tenía todas las tardes. Consistía en el rezo del Rosario, la exposición del Santísimo y una breve lectura espiritual.

A partir de 1972 y quizá algo antes, me envolví —o me envolvieron— algo más en las actividades pastorales de la capilla. Siguieron las confesiones dominicales, comencé a predicar la homilía, me hice cargo de la dirección de un praesidium de la Legión del María, al que todavía sigo atendiendo, y, poco después, me buscaron para acompañar a un grupo femenino de Rinascita Cristiana (renovación cristiana), un movimiento de origen francés que trata de evangelizar a la burguesía. En los largos años que lo seguí crecieron en mí de modo insospechado la percepción de la necesidad de familiarizarme con la Biblia y la voluntad de mirar las realidades terrenas desde una perspectiva cristiana. Eran los dos objetivos del movimiento.

También guardo buen recuerdo de los cinco o seis años que acompañé a los scouts de la parroquia de Nuestra Señora de la Consolación. No se me daban muy bien las tareas de montar y desmontar tiendas y menos aún las de preparar los spaghetti y sazonar con chistes y cantos las largas sentadas nocturnas al calor de la hoguera, pero siempre me sentí muy cercano tanto a los dirigentes y a los jóvenes como a sus padres. Hasta participaba con gusto en la preparación de las liturgias y en los partidos de fútbol. Como ya era mayorcito, me asignaban la portería, donde no me resultaba salir airoso en los encuentros o encontronazos con aquellos mozalbetes.

No guardo tan feliz recuerdo de mi experiencia con los Cursillos de Cristiandad. Ingresé en ellos con entusiasmo, movido por el que por ellos mostraba el padre Ángel Legorburo. Durante dos o tres años participé en las ultreyas con fidelidad y fruto. Pero cuando me tocó pasar a dar los «rollos», me vi obligado a retirarme. La tarea era incompatible con mi agenda de trabajo. Alguna vez tuve que incumplir mis compromisos por viajes inaplazables al extranjero.



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