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La obra: Historia de los Agustinos Recoletos




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Abril 2016

Literatura del siglo XX y cristianismo, de Charles Moeller.

Graham Greene.


La persona:
¿Profundizaste hasta tal punto de hacer de esta afición algo más intenso y dedicado?

Fue precisamente en Marcilla donde comencé a interesarme por la literatura e incluso a sentir cierto despego hacia los libros de historia.

Primero fueron los gruesos volúmenes que la Biblioteca Ribadeneira dedica a los escritores del Siglo Oro. Lope de Vega, Calderón y Tirso de Molina me acompañaron durante meses y aun años. Luego pasé a autores más modernos, con especial predilección por Azorín, autor obligado en aquellos años, y, en menor grado, Valle Inclán.

Poco después llegaron a Marcilla los tomos de Charles Moeller, Literatura del Siglo XX y cristianismo, que causaron un auténtico revuelo entre los jóvenes teólogos. Yo los leí con pasión, especialmente el primero, y me entusiasmé con las figuras de Albert Camus y Graham Greene. Sobre el primero hasta me atreví a pergeñar un ensayo, movido también por su muerte prematura.

Habría querido leer las obras de esos autores, pero no tuve acceso a ellas hasta más tarde. Por entonces hube de contentarme con cuanto sobre ellos encontraba en las revistas disponibles –Razón y Fe, Religión y Cultura, Nuestro Tiempo, Índice, etc.

Las aficiones de un compañero, que tenía una pariente amiga de literaturas, puso en mis manos algunas obras de esos y otros autores: El Doctor Zhivago de Boris Pasternak, la trilogía de José María Gironella sobre la Guerra Civil, algunas novelas de François Mauriac y André Maurois

El padre Serafín Prado me recomendó la lectura de dos obras, que entonces me entusiasmaron: Los orígenes de Europa del inglés Christopher Dawson y Erasmo y España del hispanista francés Marcel Bataillon. A la vez cayeron en mis manos ensayos de Gregorio Marañón y Pedro Laín Entralgo, que durante varios años fueron parte de mis lecturas preferidas.

Otros libros más ligeros, pero que entonces me entusiasmaron, fueron las Memorias de la Infanta Eulalia, a la que había visto de lejos durante sus visitas al colegio de Fuenterrabía, y Francisco de Cosío. Desde entonces he sido siempre un apasionado de este género literario, por más que el tiempo disponible no me permita gozar de él y la historiografía académica lo mire con desconfianza.

Antes, durante el noviciado, un compañero me prestó otro libro que también leí con pasión: El valor divino de lo humano de Jesús Urteaga Loidi. Este joven sacerdote del Opus encarecía el valor de las así llamadas virtudes humanas –la sinceridad, el valor, la lealtad, la cortesía– y presentaba una visión positiva y optimista de la vida. Un profesor de Marcilla lo consideraba un poco pelagiano. A mí su mensaje me pareció distinto y, a la vez, muy adecuado para nuestro mundo. Nunca lo he olvidado.

Mis primeros contactos culturales con gente ajena a la Orden datan de los meses que pasé en Manila. Muy pronto entré en relación con la Historical Conservation Society, gracias al interés de su presidente –Dr. Alfonso Félix Jr.– y de algunos de sus miembros por el padre Diego Cera y su órgano. Ellos me indicaron campos de trabajo y hasta me pusieron en contacto con el vicepresidente de Filipinas, con quien compartí una comida en el Casino Español de Manila. Luego se encargaron de traducir al inglés y publicar mi tesis doctoral. La muerte prematura de su presidente frustró la realización de otros planes.

En esos meses apareció mi primer artículo en la prensa diaria de Manila. Lo publicó El Debate el 13 de marzo de 1962, el día en que Ramón Menéndez Pidal cumplía 93 años. La noche anterior Alfonso Díaz me había acompañado para entregarlo furtivamente en la redacción del periódico. Nunca pensé que lo iban a publicar al día siguiente y en primera página. Su aparición me animó a seguir cultivando los estudios. Don Ramón era por entonces uno de mis ídolos. No tanto por sus obras históricas cuanto por sus estudios sobre los orígenes de la épica hispana y del teatro del Siglo de Oro.





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