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La obra: Historia de los Agustinos Recoletos




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Ángel Martínez Cuesta: 50 años de historiografía moderna en la Orden de Agustinos Recoletos
» El horizonte desde la atalaya del investigador «
Abril 2016

Ángel con su familia en Brullés.

Ángel preside la celebración en las fiestas de Acedillo, localidad natal de su padre.

Acompañando la visita de unos familiares en Roma.

La persona:
¿Cómo han influido en ti tus orígenes e infancia en un pequeño pueblo de Burgos?

Estoy convencido de que aquellos años y aquellas experiencias en Brullés formaron el cañamazo sobre el que se ha ido tejiendo mi propia existencia. Nací en un pueblecito de apenas 70 habitantes, sin grandes diferencias sociales, con alcalde pedáneo y maestro.

El sacerdote solo nos visitaba en domingos alternos. El domingo en que no le tocaba venir el pueblo recorría en grupo compacto los dos kilómetros largos que nos separaban de la aldea más cercana para oír la misa. Esa experiencia se clavó en mi alma y me ayudó a palpar la importancia de la misa.

Ni en mi casa ni en la de los vecinos se pasaba hambre, pero en todas se sufrían estrecheces y se vivía sobriamente. Todos dependían de la agricultura. Mi padre completaba sus ingresos con los de un molino hidráulico, que le tenía ocupado especialmente durante el invierno. Políticamente todos se alinearon con entusiasmo con el bando militar, en el que veían la salvación de España y de los valores que regían su vida.

El paisaje era el típico de las zonas castellanas de transición: terreno ondulado, seco, escasamente arbolado y surcado por pequeños arroyuelos. Un río, humilde pero fiel y rico en cangrejos, atravesaba el pueblo entre hileras de chopos y regaba las huertas en que las familias cultivaban patatas, alubias, cebollas, lechugas, coles y alguna otra verdura. Los tomates, pepinos y pimientos apenas llegaban a madurar. También crecían en ellas manzanos, perales, ciruelos y algunos nogales y moreras. Todo en pequeña cantidad.

Sus colinas anunciaban el fin de la Tierra de Campos y el comienzo de la montaña. Un paisaje ascético, fuera de la primavera en que los trigales y cebadales verdeaban y las ovejas y vacas lo alegraban con el tintineo de sus esquilas. Los campos solían asegurar la cosecha anual de los cereales que constituían, con las patatas, el cerdo, las gallinas, los corderos y ovejas, el núcleo de la alimentación. Un entorno natural y espiritual de esas características deja huellas indelebles en el alma.

En mi familia, como en tantas de la España de la primera mitad del siglo xx, el influjo de la madre era determinante, al menos durante la infancia. Yo salí de casa sin haber cumplido los once años. Por tanto, el influjo de mi madre sobre mí era total. Mi madre era, además, una madre segura de sí, enteramente dedicada a sus hijos y con una formación religiosa, y también cultural, superior a la común en los pueblos.

Durante algunos meses había sido alumna del padre Manjón, don Andrés para ella, y en ellos había adquirido una serie de conocimientos realmente notable y, sobre todo, había desarrollado una actitud religiosa ante la vida, que supo comunicar a todos sus hijos y aun a los nietos que trató con más asiduidad.

También mi padre era algo más culto que sus compueblanos, que a menudo acudían a él a la hora de redactar una carta, rellenar un impreso o entender un papel oficial. Durante muchos años fue concejal del ayuntamiento al que pertenecía mi pueblo. En alguna ocasión se le ofreció el cargo de secretario. El desinterés, la generosidad y la laboriosidad son los tres substantivos que mejor definen su personalidad.

En la escuela encontré un maestro excepcional, don José Otero, un joven andaluz de Almería que recaló en Brullés en espera de mejor destino. De carácter serio y exigente, recurría raramente al castigo físico y sabía enseñar e incluso trasmitir el amor a las letras. Su amor a las glorias patrias –era falangista y recién egresado de las normales de aquella España que se sentía victoriosa– puede haber influido en mi amor por la historia. Otro vínculo con esta, aunque muy tenue, fue la figura del padre Enrique Flórez, cuya estatua se alzaba en el centro de la plaza de Villadiego, el pueblo al que se acudía para toda clase de necesidades. Posteriormente su ejemplo y su recuerdo me han acompañado con frecuencia.



La localidad burgalesa de Brullés, donde nació Ángel Martínez Cuesta en 1938:




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